Creo que todas escuchamos desde muy jóvenes historias sobre “el gran momento” de la noche de bodas. Es como el culmen del romanticismo y la pasión todo en uno. De adolescente soñaba con ese momento y lo imaginaba lleno de besos, pasión, energía sexual, miradas cómplices y “te quieros” susurrados al oído. Era lo que nos vendían, al fin y al cabo, un momento idílico que marcaría un antes y un después en nuestras vidas.

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Luego vas cumpliendo años y te das cuenta que te lo han vendido así porque se da por sentado que no vas a hacerlo antes, y eso ya no te hace tanta gracia. Eso de “guardarse” para la noche de bodas siempre me ha sonado muy a tiempos de mi abuela y su famoso «si regalas la leche sin más, luego no querrá comprarte la vaca». Pero oye, que tengo amigas que lo han hecho así y lo respeto, por mucho que a mí me parezca una locura casarme sin saber si conectamos bien en la intimidad y la convivencia. Aquí cada cual toma sus decisiones libremente.

Pero a lo que íbamos. La noche de bodas. El Everest de la pasión, el goce y el disfrute. Esa gran mentira. Y para muchos, esa gran presión. Hacerlo la noche de bodas se ha convertido hoy por hoy en una especie de norma no escrita. Durante años me parecía inconcebible la idea de saltarse ese paso el día de la boda. Hasta que di con él.

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Ni Patrick Dempsey en La Boda de mi Novia, ni Ryan Gosling en El Diario de Noah. Cuando le conocí supe de verdad lo que era sentirse atraída por alguien de forma casi primitiva. No fue el primero, por supuesto, pero sí el definitivo. Cinco años después de conocernos nos dimos el sí quiero y montamos la fiesta más memorable de la historia. Una ceremonia preciosa en la que lloramos de alegría mirándonos a los ojos, seguida de una celebración perfecta en una finca en la que posteriormente dormiríamos nosotros dos y nuestros familiares más cercanos.

Cuando llegó la hora de irnos a dormir recibimos las típicas bromas y risitas sobre la noche de bodas, y nos fuimos a nuestra habitación entre vítores. Cerramos la puerta a nuestras espaldas y se hizo el silencio.

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El primer orgasmo de la noche lo tuve cuando finalmente me quité los tacones, catorce horas después de ponérmelos. El segundo al desabrocharme el vestido y el sujetador, cosa que hizo mi recién estrenado marido mientras me besaba con ternura en el cuello. Nos miramos y ambos sabíamos cuál sería el próximo paso: una ducha caliente y relajante. No nos cerrábamos a nada, pero la presión había quedado fuera de nuestra habitación y de nuestra relación. No hizo falta que lo hablásemos, nos entendimos sin necesidad de palabras. Compartimos una ducha llena de mimos y nada más, nos fuimos a la cama y nos quedamos dormidos, abrazados bajo las sábanas, con una sonrisa de calma y felicidad enorme. Y eso fue todo. Y lo fue todo para mí.

Al final, la noche de bodas es lo que cada uno quiera que sea. Y así debería ser. Es absolutamente ridículo pensar que después de un día entero de preparativos, emociones y drenaje de energía vamos a estar divinos y en la mejor forma física para hacer realidad las pretensiones sociales de una noche de bodas llena de sexo salvaje. Oye, que si te da la vida después de todo eso y os apetece, allá vamos, pero que sea algo sincero. Que la primera vez que lo hagamos después de casarnos sea por compromiso y un mero trámite es una manera tristísima de empezar un matrimonio, ¿no creéis?

La pasión desenfrenada la dejamos para la luna de miel, mientras que nuestra noche de bodas fue el mayor momento de conexión, paz, comprensión mutua y amor que recuerdo entre nosotros. Todo un tesoro. Sí, nuestra noche de bodas no tuvo sexo como tal, pero fue más mágica y especial de lo que habría podido imaginar en mil años. Así que, si vas a casarte próximamente, olvídate de exigencias y convenciones sociales y dejaos llevar por lo que os pida el cuerpo. Al fin y al cabo, solo es la primera noche de muchas.

Carol M.