¿No os pasa a vosotras que cuando os quejáis de algo que ha hecho vuestro hijo, os tildan de exageradas? Siempre hay alguien que te suelta: “¡Ay mujer! No es para tanto, son etapas”. Pues yo empiezo a estar un poquito harta de que me digan que son etapas. O que no es para tanto, o que ya pasará. Ya sé que pasará, no soy idiota.
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Sé que las rabietas no duran para siempre, que dejarán de tirarse al suelo en mitad del supermercado como si estuvieran protagonizando un drama griego. Sé que algún día dormirán del tirón, que no necesitarán que les dé agua a las tres de la mañana, que no me llamarán desde el baño para que vaya a limpiarles el culo porque han hecho caca.
Pero es que ese día no es hoy. Y yo estoy agotada.
Hoy llevo doce horas seguidas resolviendo conflictos con mi hijo de dos años y medio, ya sabéis, los terribles dos. Se supone que cuando cumpla tres años se acabarán estas cosas, ya veremos, en medio año os lo cuento.
Hoy llevo todo el día recogiendo cosas que no he tirado yo, mediando peleas entre hermanos que empiezan por “no quiero jugar con él” y terminan en llantos desconsolados. Hoy he perdido la paciencia más veces de las que me gustaría admitir. Hoy he sentido que no puedo más… y aun así he tenido que poder.
Tengo dos hijos, uno de dos años y medio, como ya os he dicho, y el otro tiene siete, recién cumplidos. Y hay momentos en los que no los soporto.

Entonces acudo a mi madre, a mi suegra, a una amiga o a quien sea. Sólo para quejarme, solo para desahogarme y contarles lo mal que se están portando mis hijos. Y ellas me vienen con la frasecita… “Ya pasará, son etapas”
¡Pues yo me cago en las puñeteras etapas! Porque cuando crees que todo ha pasado, llega la siguiente etapa, y siempre es peor que la anterior.
Mi hijo mayor ya no se tira al suelo en el supermercado. Ahora me suelta unas contestaciones que parece un adolescente. Porque yo soy pacifista y no creo en la violencia, pero hay veces que me entran ganas de cruzarle la cara. Ahora negocia, discute, cuestiona. Y oye, muy bien, está desarrollando su personalidad, maravilloso, pero ¿puedo decir que a veces me saca de quicio sin que alguien me suelte lo de que es una etapa?
Que ya me imagino lo que viene: “Mamá dame dinero que me voy con mis amigos”. O aquello de “mamá déjame en paz que eres muy pesada”. Que ojalá se quedaran bebés para siempre, cuando solo dormían, comían y cagaban. Aunque aquella etapa, también tela marinera. En ese momento yo pensaba que superar con éxito la época de recién nacido era lo más difícil que había hecho en mi vida, y ahora me gustaría volver atrás en el tiempo.

“Es normal, es que son pequeños”.
Ya, ya lo sé. Pero es que ahora soy yo la adulta. Ahora soy yo la que tiene que gestionar el caos, la que no puede tirarse al suelo a llorar cuando algo no sale como quiere.
O como cuando te dicen: “Disfrútalos, que crecen muy rápido”. Sí, claro que crecen rápido. Demasiado rápido. Pero eso no hace que el día a día sea más fácil. Es como si te dijeran que disfrutes de una maratón mientras la estás corriendo con una piedra en el zapato. Pues mire, igual cuando llegue a la meta lo valoro, pero ahora mismo me duele el pie.
Para mí, la que se lleva la palma es aquella frase de mi madre que dice: “¡Ay hija! Pues tú también lo hacías”. Y el karma me está castigando, por lo que se ve.

Por lo visto yo también me levantaba a las 7 de la mañana sábados y domingo, yo también hacía rabietas, yo también contestaba mal con cierta edad, yo también… ¡TODO!
A veces siento que lo que más cansa no son mis hijos, sino todo lo que hay alrededor. Las expectativas, los juicios, las frases hechas, la presión constante de hacerlo bien, de no quejarse, de disfrutar cada segundo como si fuera mágico. Pero no todos los segundos son mágicos.
Algunos son horribles. Y en esos momentos, lo último que necesito es que alguien me diga que “ya pasará”. Necesito alguien que me escuche, que valide mis emociones, que me diga que me entiende. Sentir que no estoy sola, que a veces podemos sentirnos desbordadas y eso no está mal.