Voy a decir algo que nadie se atreve a confesar: criar a un bebé puede ser un soberano coñazo. Sí, lo dije. Monótono. Desesperante. Hay días en los que no pasan las horas; días en los que lo único que haces es cambiar pañales, dar biberones y menear al bebé para que se duerma.
Adoro a mis hijos, son el amor de mi vida, me los como a besos, los protegería con mi cuerpo si hiciera falta. Pero la etapa de recién nacido… mira, es que me dan escalofríos. Qué aburrimiento, qué agotamiento, qué bucle sin sentido. Es como meterte en un día de la marmota en el que todo huele a leche agria y caca de bebé.
Ellos sólo duermen, hacen sus necesidades y se despiertan cada tres horas para comer. Mientras tú no descansas, apenas has dormido dos horas seguidas y encima no tienes tiempo para hacer nada. La casa está hecha un desastre, tú sin ducharte y malcomiendo cuando puedes.
¿Y qué hay del glorioso momento en el que el bebé se duerme en tus brazos? Ahí empieza una batalla interna que ni Frodo con el anillo. ¿Lo dejo en la cuna y me arriesgo a que se despierte y empiece otra vez el circo? ¿O me quedo aquí, inmóvil como una estatua, siendo un cojín humano durante una, dos, quién sabe cuántas horas más? Yo lo llamaba el bebé de Schrödinger, cabe la posibilidad de dejarlo en la cuna, que siga dormido y tú tener tiempo para hacer cosas, o que se despierte y ya no puedas hacer nada. Pero hasta que no dejes al bebé en su cuna no lo sabrás.

Al final, yo solía optar opción de quedarme con él encima y aprovechaba para echarme una cabezadita mientras mi nene dormía. Ante la duda de poder tener tiempo para ti o de que se despierte y no hacer nada, mejor descansamos los dos.
Pero claro, durante esas eternas sesiones de ser una mamá cojín, tu cerebro empieza a echar humo porque, aunque cierres los ojos un rato, la mayoría de las veces no te duermes. Y empiezas a pensar en todo lo que tienes que hacer, en el cubo de la ropa sucia hasta arriba, en la ropa por planchar, los cacharros sucios aún en la pila… ¡Y te desesperas!
Tú, que eras una persona con intereses e inquietudes, ahora te descubres observando a tu bebé dormido a ver si está respirando. Tú, que antes de ser madre disfrutabas de tomarte una copa de vino, que ahora no te puedes permitir porque das el pecho. Tú, que pasabas horas leyendo; ahora tu cerebro ha perdido facultades, y las poquísimas veces que puedes ponerte delante de un libro, te lees la segunda página y ya no te acuerdas de lo que pasaba en la primera.

¿Sabéis lo que yo más echaba de menos cuando estaba en casa con mi hijo recién nacido? Tener conversaciones con adultos. Con frases completas. Con subordinadas. Con temas que no incluyan el color de la caca o si el bebé ya se da la vuelta.
Echo de menos hablar de series, de libros, de política, de lo idiota que es mi jefe o de si mi amiga, la eterna soltera, se ha tirado a uno nuevo que conoció en Tinder.
Y sí, hay momentos bonitos. Claro que sí. Esa sonrisa sin dientes que te derrite el alma, ese olorcito a bebé recién bañado, el olor a crema de Mustela. Esa sensación de tener entre tus brazos a algo tan tuyo y esos ojitos que te miran porque eres su mundo.
La maternidad es eso: amor y rutina. Cansancio y ternura. Repetición y culpa. Porque encima, si te atreves a decir que estás hasta el moño de estar encerrada en casa con tu bebé, siempre hay alguien que te suelta la frasecita estrella: “pues no haberlo tenido” o aquello de “disfrútalo, que crecen muy rápido”. Pues chica, no sé tú, pero cuando me he pasado tres noches sin dormir y tengo un pezón en carne viva, me cuesta un poco disfrutar de nada. A no ser que por disfrutar entendamos llorar en silencio mientras el bebé duerme.

¿Sabéis que es lo peor de todo? Que cuando te das cuenta se te acaba la baja por maternidad y tienes que volver al trabajo, y sientes un gran alivio (y la culpa otra vez) porque por fin vas a salir de casa y a tratar con adultos.
Entonces tienes que dejar a tu bebé con los abuelos o en una escuela infantil y piensas que ojala os hubierais quedado para siempre en aquella etapa aburridísima en la que parecía que no hacías nada, pero si hacías, estabas cuidando de tu peque tranquila en tu casa.