Para consternación de mi pobre madre, he decidido no tener hijos. Lo siento por mi hermano, que se queda con toda la presión de darle nietos a esta mujer que lleva pidiéndolos desde hace ya unos años. Le cedo toda la responsabilidad porque yo ya lo tengo claro.
Llevaba un tiempo dándole vueltas al tema, ya que reconozco que no soy la típica que ha sabido desde siempre si quería ser madre o no. Por un lado, tal vez debí interpretar eso como una señal, ¿no? Si nunca he sentido esas ganas, esa cosa que te dice que quieres ser mamá, quizá sea porque lo cierto es que no quieres. Bueno, pues por lo que sea, yo no lo pillé. De hecho, en realidad he decidido no tener hijos para no divorciarme.
Sé que suena heavy, pero es que es lo que hay. Estoy casada con un hombre al que amo con locura y que tampoco tuvo nunca claro esto de tener descendencia. Hace mucho tiempo que me dijo que no sentía especial ilusión por ello, que lo haría si era lo que yo quería. Vamos, que descargó en mí esa responsabilidad. Aunque se lo agradecí, la verdad. No sé qué habría sido de nosotros si me hubiera presionado en uno u otro sentido.

En fin, la cuestión es que, al margen de todo lo anterior, hubo dos cosas que hicieron decantar la balanza por el platillo del ‘hijos no’. Una: las experiencias de las parejas de mi entorno. Hasta las uniones más consolidadas se tambalearon a raíz de ser padres. Y dos: nuestra propia incompatibilidad en cuanto a los hijos. No necesitamos vernos con un bebé en los brazos para saber que tenemos opiniones muy diferentes en cuanto a la crianza y a la educación. Somos muy diferentes en general, si bien hemos conseguido adaptarnos el uno al otro y ser felices juntos. Aunque estas diferencias se volverían irreconciliables si metiéramos un hijo en la ecuación.
Mi marido es como superhippie y flowerpower, yo soy más… conservadora. Es una mezcla que conllevaría ciertas movidas aseguradas, lo sé porque ya hemos vivido algún spoiler con familias de nuestro entorno. Sé que él es partidario de la lactancia materna, yo de que son mis tetas y de que el biberón ayuda a mitigar la ‘esclavitud’ de las madres durante los primeros meses. Yo querría bautizarlo, él no entra en una iglesia desde su comunión (y la hizo obligado). Él es de colegio público, yo de privado. Él de disciplina positiva, yo… digamos simplemente que no.

Si hasta sé que la tendríamos y gorda si tuviésemos una niña, porque yo querría ponerle pendientes ya en el hospital, y él no lo haría hasta que la criatura pudiera decidirlo por ella misma. Somos polos opuestos de la crianza, no cabe duda.
Así las cosas, si de verdad hubiera sentido en algún momento la existencia de instinto maternal en mí, supongo que me obligaría a intentarlo. Imagino que incluso a riesgo de terminar con la relación… Pero como no es así… mamá, lo siento, pero paso. A pesar de que sé que no estamos exentos de acabar rompiendo por cualquier otro motivo, tengo claro que no pienso forzar la situación.
Anónimo
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