Tengo una casa preciosa con terraza y jardincito. Enhorabuena, me diréis. Gracias. La cosa es que una, que tiene complejo de Preysler en pequeño, siempre ha sido la que ha puesto la morada para que amigos y familia pasen las veladas, sobre todo las de verano. Hasta aquí todo normal. Pero claro, de cuatro quedadas, tres son en mi casa: el 75% de las veces, pringo. Y digo pringo porque ya la gente no da ni las gracias.
Punto número uno: la limpieza. Cuando viene gente a casa te gusta que esté todo perfecto. Así que, para ello, invierto gran parte del día en limpiar a fondo, colocar, ventilar… Que lo hago porque me da la gana, sí, pero no me apetece que la gente venga a mi casa y esté la cama sin hacer, la vajilla pendiente de meter en el lavavajillas y el suelo con migas del desayuno.
Punto número dos: la compra. Si viene gente a casa hay que comprar. Y, aunque se dé el caso de que se pida comida, hay que tener bebida, algo de picoteo y postre (porque es raro que se pida el postre). El problema es que todo eso corre de mi bolsillo. Lo normal sería que nos repartiéramos entre todos: unos, bebida; otros, picoteo; otros, postre… Pero yo jamás he logrado que sea así. Alguna vez lo he propuesto: “¿Qué os parece si cada uno trae una cosa?”. Cri-cri, cri-cri… Alguna vez alguien ha traído una botella de vino o una tarta, pero han sido las menos.
Punto número tres: poner la mesa y hacer la cena. Cuando viene gente a casa te conviertes en camarera, cocinera, limpiadora y te sientas poco en la mesa. Y esto es una verdadera mierda porque disfrutas poco de estar con la gente. En mi caso, rara vez alguien se ofrece para echar una mano.
Punto número cuatro: recoger. Todos se van y ahí se quedan los platos sucios, la mesa hecha un asco, el suelo con restos por todos los lados…
Yo ya he llegado a mi límite y he cortado porque, la verdad, aunque siempre hay un par de personas que echa una mano, la mayoría se queda sentada esperando a que todo llegue.
Muchas diréis que es algo que hay que hablar. Igual tenéis razón, pero, para mí, es una cuestión de educación: yo no tengo que decirle a nadie que me ayude, tiene que salir de él. En mi caso ha sido fácil: cuando alguien pregunta si hacemos una cena, digo que claro, pero ya no ofrezco mi casa. Hay mil restaurantes por descubrir y, a mí, me va a salir mucho más barata pagar esa cena que montarla yo en casa.
Los chicles, a base de estirarlos, se rompen. Así que si os invitan a una casa, poneos en el lugar del anfitrión y, si es la vuestra la que se usa y os pasa como a mí, lo siento mucho…