No soporto a mi suegra. Creo que lo de no aguantar a la suegra es muy común, pero es que en mi caso va más allá. Me da ansiedad saber que voy a verla, me irrita todo lo que hace o dice, cuando la escucho hablar me sale hasta un sarpullido. Y no es broma, mi cuerpo reacciona mal a mi suegra. Me dan mareos y ganas de vomitar solo de pensar que va a venir a mi casa.

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Le comenté a una amiga que es psicóloga y me dijo que eso que me pasa tiene un nombre técnico: PENTERAFOBIA

La cosa empezó cuando fui madre. Antes de eso mi suegra me caía… bueno, ni bien ni mal. Era la típica señora sobreprotectora que no deja a su hijo en paz y que se quiere acoplar a tus planes de pareja. Se pensaba que éramos una trieja: su hijo, ella y yo.

Fueron cinco años de noviazgo bastante intensos con la madre de mi novio mintiéndose en nuestras cosas. Menos mal que mi pareja sabía ponerla en su sitio. Con todo el cariño del mundo, pero la mandaba a la mierda si hacía falta.

Cuando le dijimos que nos íbamos a vivir juntos fue un drama. Le estaba robando a su bebé de treinta años. Pero es que fue quedarme embarazada, y la sensación de rechazo que ya le tenía se agravó. Me molestaba que me tocara la tripa, que opinara de los nombres que le íbamos a poner a nuestra hija, o que me diera ya lecciones de maternidad cuando mi hija aún no había ni nacido.

Me negué en rotundo a que estuviera en el paritorio, que quería entrar y si la dejas corta ella el cordón umbilical. Pero no pude librarme de que viniera al hospital a conocer a su nieta, eso fue una pelea perdida. En cuanto su hijo la avisó del nacimiento de la niña, allí de plantó. Y yo recién parida, con las tetas fuera y sangrando como un cochino en el matadero, pero ella con el móvil haciéndole fotos a la bebé. Y fotos con flash.

Pero en casa empezó lo peor. Cuando venía de visita, no quería que cogiera a mi hija en brazos. Me incomodaba solo de pensar que iba a venir a casa y empezar con el “dámela, que la cojo yo”. Me generaba una ansiedad brutal verla acercarse a mi bebé, como si fuera a arrebatármelo. Y yo me sentía un bicho raro, porque ¿cómo podía ser que sintiera rechazo hacia la abuela de mi hija, que además estaba ilusionadísima con el nieta?

Me convencí de que era el posparto, las hormonas, la falta de sueño. Pero pasaron los meses y la cosa no mejoraba. Al contrario: cada vez la soportaba menos. Cada comentario suyo sobre cómo debía alimentar a la niña me hervía la sangre. Cada sugerencia sobre cómo debía vestir a mi hija para que no tuviera calor o frío, sobre cómo debía cogerla o cuantas veces a la semana debía bañarla, me daban ganas de mandarla cerca.

 

Señora, no me dé usted consejos de maternidad, que su hijo es mi marido y ya conozco los resultados de su labor como madre.

Yo he pasado por fases. La primera fue de rechazo absoluto: no quería verla, ni que viniera, ni que opinara. Luego llegó la fase de culpabilidad: me sentía mal por sentir eso, porque ella en el fondo no me había hecho nada malo, más allá de ser pesada y metomentodo. Y ahora estoy en la fase de aceptación: me cae mal, me incomoda, me altera.

Y entonces, un buen día hablando con mi amiga la psicóloga, me dijo lo de la penterafobia. Y casi me da un ataque de risa. Porque parecía una palabra inventada, pero no. El término viene del griego pentheras, que significa suegra, y de phobos, que significa odio o miedo. Si juntamos las dos, era exactamente lo que me pasaba: manía y aversión hacia la suegra. Tal cual.

Y de pronto entendí que no estaba loca, ni era un monstruo sin corazón por no querer a esa señora cerca de mí. Simplemente tengo un trastorno.

Porque seamos sinceras: decir que no soportas a tu suegra suena fatal. Nadie quiere ser la nuera histérica. Nadie quiere parecer la mujer que aparta a la abuela de su nieta. Pero decir que padeces penterafobia suena bien.

Si, por ejemplo, tienes miedo a volar en avión, o lo que es lo mismo aerofobia, nadie te va a juzgar ni te va a obligar a subirte a un avión para que lo pases mal. O si tienes pánico a las arañas, o aracnofobia, no creo que nadie sea tan hijo de fruta de regalarte una tarántula metida en una jaula de cristal.

Pues eso es lo que yo quiero, que mi marido entienda que lo que tengo con su madre es una fobia y no me obligue a ir los domingo a comer a su casa.