Siempre he tenido confianza y fe ciega en mi marido. Llevamos juntos 15 años y hemos construido nuestro hogar en torno al amor, tanto el que existe entre nosotros como el que le profesamos a nuestras dos hijas. Pero hace poco ocurrió algo que hizo que los cimientos de nuestra realidad se tambaleasen, al menos para mí.

Llegué del trabajo cansada pero feliz, pues esa noche íbamos a salir a cenar con nuestros amigos, a los que no veíamos desde hacía bastante tiempo. Y además, íbamos sin niños. La niñera llegaría a las ocho, así que tenía hora y media para dejarles la cena hecha, darme una ducha y arreglarme. No me considero Miss Puntualidad, llegar tarde es algo que odio pero que desgraciadamente me ocurre a menudo. Suelo ir con la lengua fuera a todas partes, y no por falta de planificación, sino porque intento hacer mil cosas en muy poco tiempo y al final me acabo liando. Así que esta vez me propuse ir con calma para no acabar igual.

Como podréis imaginar, dados mis antecedentes, no lo conseguí. A las ocho llegó la niñera y yo aún estaba maquillándome y con el vestido por poner. Mi marido ya estaba listo, para no variar, así que le pedí que se encargase de indicar a la niñera lo que había de cena y los horarios de las niñas ya que no era la mujer que venía normalmente, sino una amiga de ella.

Veinte minutos después, bajé las escaleras a toda prisa ya arreglada y la imagen que encontré me dejó congelada. La niñera estaba en la cocina calentando la cena mientras que mi marido, que se encontraba a su espalda apoyado en el recibidor, estaba completamente hipnotizado mirándole el trasero mientras se le escapaba una sonrisilla estúpida.

mirada

Reconozco que no supe reaccionar, seguí bajando los escalones que me quedaban como si no hubiera visto nada y él, nada más percibir mi presencia, recuperó la compostura. Nos despedimos de las niñas y de su cuidadora y nos marchamos a la cena.

No pude ni pasármelo bien, estaba completamente desconcentrada y no me apetecía nada estar allí. No se me iba de la cabeza la sonrisita de mi marido mientras miraba el culo de otra mujer. Una mujer, por cierto, bastante guapa, joven y con un cuerpo escultural, lo cual me hacía sentir aún peor. La inseguridad y la ansiedad crecían en mi interior a un ritmo alarmante. Mientras intentaba mantener las apariencias frente a nuestros amigos, en paralelo me iba dando razones mentalmente por las que no debería afectarme tanto lo que había visto. Al fin y al cabo, no estamos ciegos, por mucho que nos queramos. Y es evidente que era una mujer atractiva. Pero por más que me lo repetía a mí misma, me atormentaba esa mirada, esa estúpida mirada en su rostro, a la que sólo le faltaba que le cayese baba por la comisura.

Cuando volvimos al coche, decidí afrontar la situación y hablarlo con él. Hasta ahora jamás había desconfiado ni me había sentido amenazada por la presencia de otras mujeres frente a él. Era la primera vez. Probablemente, por eso me sentía tan mal y tan confusa al respecto. Además, no estaba pasando por una buena racha, el paso de los años y el hecho de verme envejecer me estaban pasando factura psicológica. Seguro que por eso también me había afectado más de lo normal. Hablar con él haría que me sintiese mejor, pensé, ilusa.

Cerré la puerta y le dije sin paños calientes que le había visto mirándole el culo a la niñera, que me había quedado un poco en shock y que desde entonces no podía pensar en otra cosa. Pensé que él se disculparía y le quitaría hierro a la situación pero, contra todo pronóstico, me dijo que eso no había pasado, que me lo habría parecido a mí pero que él no le había mirado el culo a nadie. Me quedé en silencio. Eso no me lo esperaba. Yo sabía lo que había visto y estaba dispuesta a compartir mis inseguridades con el que es mi marido, mientras que él había decidido afrontar la situación haciéndome luz de gas. El nudo en mi estómago se hizo notar. No iba a permitir que me hiciera creer que lo que había visto no era lo que sabía con seguridad que era.

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Discutimos acaloradamente todo el camino de regreso a casa. Él se agarraba a su estúpida y falsa excusa, seguía negándolo todo. Al aparcar en la puerta, le dije que yo me encargaría de pagarle a la niñera y me dispuse a salir del coche. Antes de cerrar la puerta, me giré y le dije que hasta que no lo admitiese no volviese a dirigirme la palabra.

Fueron las últimas palabras que intercambiamos en dos semanas. Nunca habíamos pasado tanto tiempo sin hablarnos, pero es que nunca había vivido una situación parecida con él. Era todo sumamente incómodo y triste. Las niñas empezaban a darse cuenta de que algo iba mal, por mucho que mantuviésemos cierta normalidad frente a ellas.

Un viernes, justo dos semanas después de la bronca, me llamó y me dijo que vendría a recogerme al trabajo. Acepté su ofrecimiento y a la hora acordada estaba fuera con el coche. A estas alturas ya no sabía qué esperar. ¿Iba a reconocerlo?¿Quizás se iba a disculpar?¿O quizás iba a confesarme que lo que vi solo fue la punta del iceberg y que había mucho más?¿Estaría pensando en divorciarse y yo no lo había visto venir?

Entré en el coche con una mezcla de sentimientos bastante extraña. Él condujo hasta la playa. La teníamos relativamente cerca de casa. Me dijo que quería ver la puesta de sol. Aquello me desconcertaba más aún, pero guardé silencio y me dejé llevar.

Y allí, en el coche, viendo el atardecer, mi marido me sorprendió por primera vez en mucho tiempo. Me cogió de la mano y me dijo que había sido un idiota, que no aguantaba más esa ley del silencio que había entre nosotros y que quería disculparse por no haber admitido de primeras que yo llevaba razón. Que se sintió avergonzado cuando le expuse lo que había visto y por eso lo negó todo, y que cuando se dio cuenta del error ya no supo dar marcha atrás. Le dije que había estado pensando mucho en lo ocurrido y que, para mí, el problema ya no era el hecho en sí de mirarle el culo a otra mujer, ya que todos tenemos ojos en la cara e instintos primarios por más que amemos a nuestra pareja, sino que lo que más me había cabreado y desconcertado fue que lo negase todo aún sabiendo que era cierto. Volvió a disculparse y finalmente, acepté su disculpa.

puesta

Guardamos silencio, pero esta vez fue un silencio cómodo, como los de antaño, a los que estábamos acostumbrados, al fin. Vimos el atardecer cogidos de la mano y nos besamos como si aún fuésemos esos veinteañeros que se acababan de conocer hace quince años.

Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.