Mi novio y yo llevamos juntos nueve años. Empezamos a salir desde muy jóvenes, yo tenía dieciséis y él diecisiete. Íbamos juntos a clase en el instituto, ya que él había repetido un curso. Desde entonces, hemos estado presentes en todos los momentos importantes de la vida del otro: nuestra graduación conjunta, mis años de universidad y sus años de FP, la muerte de su padre, la de mis abuelos, nuestros primeros trabajos, cumpleaños, navidades en familia, viajes, etc.
Hace año y pico dimos el paso de irnos a vivir juntos, pero esto ha supuesto un antes y un después en nuestra relación. Debo admitir que nada fue como me lo imaginaba. En mi cabeza tenía idealizado ese momento en el que por fin compartes nidito de amor con tu pareja: sexo desenfrenado en cualquier lugar de la casa, noches de maratones de series y películas, copas de vino y cenas con velas que acaban en pasión desenfrenada. Pero la verdad es que nada de esto pasó como esperaba. Las cosas cambiaron entre nosotros, y no para bien, porque la convivencia comenzó a dificultarlo todo. Discutíamos mucho más, a veces por auténticas tonterías, pero todos esos roces, por pequeños que fueran, acababan haciéndose una bola y magnificándose. Esto tuvo como consecuencia que el sexo se convirtiera casi en un tabú bajo nuestro techo. Si no estábamos enfadados, estábamos cansados, y si no, alguno de los dos no tenía ganas. Y si lo hablábamos, nos volvíamos a enfadar buscando algún culpable.
Un día, hablando sobre todo esto con una amiga, me sugirió una idea: abrir la pareja. Al parecer a unos amigos suyos les había dado resultado a la hora de revitalizar su relación. Ahora soy capaz de ver que aquello solo iba a servir para empeorarlo todo, pero en ese momento de desesperación me pareció una posible solución. Sólo sabía que algo había que hacer, no podíamos seguir así.
Así que esa misma noche se lo propuse a mi novio. Reconozco que me sorprendió, e incluso me dolió un poco, la rapidez con la que él aceptó la idea. Establecimos unas reglas: nada de traerlos a casa pero nos contaríamos todo el uno al otro, que fueran personas de fuera de nuestros círculos íntimos y tomar siempre precauciones a la hora de tener sexo. Y sobre todo, que solo fuera eso, sexo, algo carnal, sin sentimientos.
Aquello fue el principio del fin. Las primeras dos semanas la nueva dinámica nos tenía emocionados e intrigados y hasta teníamos relaciones con bastante frecuencia de nuevo. Ambos tuvimos un par de citas que no llegaron a nada y bromeábamos sobre lo mal que se nos daba ligar. Parecía que todo estaba saliendo bien.

Pero entonces llegó el día en que mi novio me contó que se había tirado a una de Tinder. Sentí una especie de espinita punzante en el estómago, pero no lo manifesté. Aquello había sido idea mía y al fin y al cabo era normal sentir celos, pensé. Me contó todo, charlamos sobre ello, y me dije que se me pasaría cuando yo también tuviera algo con otra persona. Y solo dos días después, él se acostó con otra chica. Y una semana después, con otra más. Y, mientras tanto, yo no conseguía pasar de un café con ninguna de mis citas. Me sentía frustradísima. Pero un día, en medio de una de esas citas y mientras el chico me contaba algo que no estaba ni escuchando, me di cuenta de algo: no iba más allá del café porque no me apetecía. Acudía a las citas pensando en mi novio, pasaba la cita pensando en mi novio y en cómo le haría sentir si al final ocurría algo con otro chico, si sentiría los mismos celos que yo o no, y al final me pasaba la mayor parte del tiempo casi sin hablar con el chico en cuestión porque estaba pensando en si mi pareja estaría acostándose con alguien en ese momento.

Fue entonces cuando quise volver a cerrar la relación, pero ahora él no quiere ni oír hablar de volver atrás. Se que esto tiene fecha de caducidad, que vivimos una situación insostenible e injusta para mí, y que no me quedan más opciones pues sólo aguanto así por no perderle. Y cada noche me acuesto reuniendo valor para dejarle al día siguiente, pero cada mañana el valor sale por la ventana cuando le veo dormir a mi lado y me doy cuenta de que sigo enamorada. Se que al final lo tendré que hacer, pero no será hoy. Quizás mañana.
Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.