Me enamoré perdidamente de él a los diecisiete años. Ambos nos conocimos en los grupos de catequesis de la parroquia. Habíamos crecido en núcleos familiares muy religiosos, ya que nuestros padres habían hecho amigos entre las familias que acudían a la Iglesia los domingos. Así que nuestras relaciones sociales fuera del colegio estuvieron muy marcadas por esos lazos. Mi infancia fue feliz y completamente normal, tenía mis amigos de la escuela y mis amigos de la parroquia. Lo cierto es que lo pasábamos muy bien, se hacían excursiones, convivencias, campamentos de verano, etc. En definitiva, planes normales para niños pero enmarcados en ese entorno religioso. Por eso, cuando hice la confirmación, varias amigas y yo nos apuntamos como monitoras de catequesis para niños. Fue allí donde conocí a mi perdición. Él era dos años mayor que yo y también era monitor. Me quedé prendada de él a los dos días. Nos fuimos conociendo y todo empezó como una amistad, amistad que fue evolucionando y dando lugar a algo mas.
Un año después de conocernos, comenzamos a salir. Nuestras familias estaban encantadas, se conocían de vista y al ser todos de la misma comunidad todavía se alegraron más. Yo me sentía pletórica, lo amaba con cada trozo de mi ser, y siendo mi primer novio y con dieciocho años, podéis imaginar el mar de hormonas que vivía en mi interior.
Siempre nos habían dicho que había que preservar la virginidad hasta el matrimonio, pero lo cierto es que nunca fue mi intención. El problema es que sí era la intención de mi chico. Así que, feliz y enamorada, decidí continuar con la relación y esperar con él al momento adecuado.

En cuanto acabé mis estudios en la universidad y él tuvo trabajo, me pidió matrimonio. Nos casamos teniendo veinticuatro y veintiséis años respectivamente. Cómo podréis imaginar, la convivencia previa a la boda no entraba tampoco en sus planes. Por mi parte, como mi familia también era muy religiosa y pensaban del mismo modo, lo acepté sin más. Y me casé con él.
Empezamos nuestra vida de casados en un piso no muy lejos de la parroquia. Habíamos planeado un futuro bastante parecido al de nuestros padres: casarnos, tener hijos e involucrarnos en la vida parroquial del mismo modo en que ellos lo hicieron.
Al principio todo fue bien. Para mí era como un sueño hecho realidad. Había esperado mucho tiempo para llegar a ese momento en la vida. Por fin había perdido la virginidad, y lo cierto es que lo hacíamos mucho, aunque una vez hecho tampoco me parecía para tanto. Siempre era parecido: duraba unos cinco minutos y a veces me dolía porque era muy brusco. Él terminaba y yo me quedaba con la sensación de que me faltaba algo.

En casa yo me hacía cargo de todo: cocinaba, limpiaba, fregaba, lavaba la ropa, planchaba. El no hacía nada, nunca. Y si se lo decía, me respondía que él llegaba muy cansado de trabajar y que esas eran mis obligaciones. Yo quería trabajar, pues para eso había estado estudiando, pero él me dijo que era mejor que no, que si queríamos tener familia yo debía cuidar de ellos en casa. Siempre que sacaba el tema se acababa enfadando y pasaba unos días sin hablarme, así que al final dejé de hacerlo.
Un año después de la boda, yo era como una esclava para él. Todo tenía que estar preparado cuando él llegase a comer, la casa debía estar perfectamente pulcra y yo dispuesta a acostarme con él cuando le apeteciese. No importaban mis ganas, ni si me encontraba mal o estaba enferma. Todo debía ser así porque «era mi obligación». Esos primeros meses de cariño y amor de recién casados habían dado paso a frialdad y reproches porque aún no había conseguido quedarme embarazada. «Algo estarás haciendo mal», me decía, malhumorado.
Por aquel entonces, yo aún conservaba un par de amigas de la universidad. Una mañana, mientras él estaba en el trabajo, salí a tomar café con ellas. Debía aprovechar ese momento, porque no le gustaba que saliera sola de casa y hacía mucho que no las veía, casi desde la boda.
Cuando me vieron se quedaron mirándome preocupadas y me preguntaron si iba todo bien. Había adelgazado mucho en los últimos meses y tenía unas ojeras enormes porque apenas descansaba, ya que el apetito sexual de mi marido solía surgir en mitad de la noche y luego ya no podía dormir. Estaba devastada física y psicológicamente. La vida que había soñado durante tantos años se había desmoronado en pocos meses y ahora era un infierno del que no sabía cómo salir. Al verlas tan preocupadas me rompí y lo conté todo.

No voy a mentir, no fue fácil salir de ahí. El divorcio no estaba bien visto en la comunidad y él se resistió hasta tal punto que llegó a ponerse violento. Ese día salí de la casa y volví a casa de mis padres. Les conté lo que había estado viviendo y lo que acababa de ocurrir. No tenían ni idea, pues la imagen que dábamos públicamente era de pareja feliz e ideal, y llegaron a culparse por no haberlo visto. Me dieron su total apoyo, lo cual les supuso más de una mala mirada y la retirada de la palabra entre algunos miembros de la comunidad.
Hoy por hoy soy otra persona. Cuando lo pienso ahora, me doy cuenta de que realmente yo no planeé nada de nuestro futuro, sino que me fui adaptando a lo que él decidía y programaba para nosotros, sin llevarle la contraria en nada, ciega de amor y conformismo.
Si hubiera sabido entonces lo que sé hoy por hoy, no habría cometido el que considero el mayor error de mi vida hasta ahora. Pero me consuelo pensando que haber vivido aquella experiencia me ha convertido en la mujer fuerte que soy ahora, una mujer que jamás volverá a dejar que nadie maneje su vida por ella.
Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.
Envía tus movidas a [email protected]