Nunca había tenido nada con un tío casado, pero llegó Miguel a mi vida y mis principios se fueron a la mierda. Entró de ingeniero en mi empresa, en mi departamento, y en la mesa de al lado me lo pusieron. Fue un flechazo total por mi parte, con el correspondiente bajón cuando me dijo, al segundo día, que estaba casado recientemente. Si hubiera sido otra persona, alguien del gimnasio o que hubiera conocido en un bar, no le habría vuelto a ver la cara, pero siendo mi compañero de curro, con el que hacía los proyectos mano a mano, la relación se fue estrechando, y el roce hace el cariño, y para cuando nos dimos cuenta ya teníamos una complicidad increíble. Todavía no ha pasado nada, pero él me hablaba mucho de su vida en pareja; de que no estaba nada bien y pensaba que ella tampoco. Estaban en terapia de pareja, pero tampoco les estaba funcionando. Yo iba a trabajar con la ilusión de cuando estás embobada con alguien, no quería ni admitírmelo a mí misma, pero me lo decía todo el mundo que se me notaba, era feliz. En una de estas, Miguel me contó que había seguido las sesiones con la psicóloga él solo porque su pareja ya pasaba de ir, y que le había hablado a la psicóloga de mí. Con aquello me vine muy arriba, la verdad. Me pesaba muchísimo la existencia de Ana, su mujer, pero mentiría si dijera que no estaba dispuesta a lo que fuera con tal de acabar teniendo una relación con él.
Mientras tanto, apareció una chica nueva en mi gimnasio, muy mona y muy maja, y coincidía conmigo en spinning y en body balance, por lo que de repente en la misma semana la vi cuatro veces, y en el vestuario me vino a hablar con la típica conversación normal. Se presentó como Rebeca, que era maestra de infantil, y no sé qué más cosas básicas me dijo, y yo, pues lo mismo, mi nombre, donde curraba, etc. Algo super normal, vaya.
Al día siguiente, Miguel y yo nos quedamos a tomar un café después del trabajo, y del café pasamos a las cervezas, y con las cervezas ya vino la desinhibición típica del alcohol, que nos llevó a su coche a enrollarnos en un polígono industrial, como dos adolescentes. Fue increíble, fue como si nunca me hubiera enrollado con nadie, brutal. En ese momento, supe que aquella historia no iba a pasar por mi vida así como así, y le pregunté por sus intenciones. Si él iba a seguir con su mujer, si no estaba decidido a dejarle, yo quería saberlo. No me apetecía ser la típica amante siempre esperando a que el hombre deje a su pareja, ni por ella, ni por él, ni por mí. Él fue muy sincero, y me dijo que no era tan fácil como parecía, que Ana era una chica con problemas psicológicos que se negaba a recibir ayuda, y que le daba miedo sus reacciones porque no sería la primera vez que se le fuera la olla y cometiera alguna locura.
Al día siguiente en el gimnasio, Rebeca se mostró tan amigable y habladora que casi fue un poco invasiva contándome sus confianzas y preguntándome a mí por cosas personales. Empezó con una historia que estaba teniendo con otro profe de la escuela que estaba casado, que no sabía qué hacer… Un rollo sospechosamente parecido al que estaba teniendo yo, vaya. Sospeché inmediatamente, porque no se estaba comportando con normalidad, hablaba como nerviosa, y no parecía que estuviera bien.
Al día siguiente le pedí a Miguel que me enseñara una foto de Ana. Miguel no entendía nada y tardó bastante en enseñarme nada porque le daba un poco de mal rollo, que lo entiendo. Yo no le estaba explicando el por qué, y le mosqueaba. Pero cuando me la enseñó y vi que era Rebeca, la del gimnasio, flipé en colores, y él me vio. Esa tía se estaba haciendo pasar por otra persona para ver si yo le contaba mis intimidades con su marido. O sea, qué mal rollo, y qué de peli de Antena 3. En realidad aquello fue la gota que colmó el vaso, y lo que hizo que Miguel se decidiera a divorciarse, así que en el fondo estoy agradecida de que pasara, pero tengo que confesar que, durante un tiempillo, pasé miedo.
Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real
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