Cuando comencé a salir con mi actual pareja nunca habría podido imaginar que el mayor de los problemas entre nosotros no saldría de ninguno de los dos, sino de alguien ajeno a la pareja: su madrastra.

Hoy por hoy tengo claro que no me soporta. Si por ella fuera, yo desaparecería de la faz de la tierra sin dejar rastro. Ella va de amorosa, de cándida, de dulce. Pero yo conozco bien lo que hay detrás de esa fachada: una bruja grande como una casa. De hecho, internamente, yo la llamo «la brujastra».

Cuando cumplimos los cuatro meses de relación, mi pareja me invitó a comer a casa de su padre. Su madre murió muy joven y él se había casado de nuevo con esta mujer cuando mi chico aún era pequeño. Prácticamente lo había criado y él la adoraba como a una segunda madre. Yo iba hecha un manojo de nervios. Quería que todo fuese bien, al menos tan bien como salió la presentación de él a mis padres, de la que habíamos escapado bastante airosos la semana anterior.

Desde que crucé el umbral de la puerta y mi pareja me la presentó, sentí que algo no marchaba bien. Durante el almuerzo comencé a sentirme incómoda, sus ojos se clavaban en mi cada dos por tres y, aunque su boca sonreía, la sonrisa se volvía extrañamente gélida cuando solo yo la miraba. Me sentía como si estuviera presentándome a un examen y ella ya hubiera decidido que iba a suspender. No ocurrió nada explícito, todo quedó en esas extrañas sensaciones y miradas y por supuesto mi chico no se dio cuenta de nada. Pero a mí todo eso me dejó un poco alerta. No obstante, decidí aparcar esa mala vibra que se había instalado en mi y darle una segunda oportunidad. Quizás solo era una mujer muy protectora. Al fin y al cabo, ella había criado a ese niño como si fuera suyo y quizás quería asegurarse de que yo era de fiar y buena para él, ahora que había otra mujer en su vida.

hate

Pero nada más lejos. A medida que nos seguimos viendo con ella y su padre, iba notando como ella, desde su sonrisa y su aparente simpatía, avanzaba terreno y se volvía veladamente más agresiva. Curiosamente, todo lo que yo hacía estaba mal o, como mínimo, peor de lo que lo habría hecho ella. Mi comida siempre estaba sosa, mis postres demasiado dulces, mis gustos siempre eran opuestos a los suyos y mis decisiones o elecciones nunca eran las acertadas. Si compraba un regalo para mi chico, decía que no era de su estilo o que el color no le favorecería; si le regalaba un circuito de spa, decía que cómo iba a llevar a su hijo a un sitio así, que estaba lleno de gérmenes porque los jacuzzi eran, y cito textualmente «sopas de culo». Y así, con todo. Pero no podía ponerla en evidencia públicamente porque todo lo decía con esa maldita sonrisa en la cara y esos modos tan ñoños.

lol

Al final, tras aguantar mucho en silencio, lo acabé comentando con mi novio pero, para sorpresa de nadie, él no veía nada raro. «Es su forma de ser, no te lo tomes como algo personal, le caes genial, de verdad», me dijo. Por supuesto, si mi novio no se daba cuenta de nada, mi suegro menos. Así que estaba sola en esta batalla.

Así que tomé una decisión. Aproveché que un domingo nos invitaron a comer a su casa para enfrentarme a ella. Era hora de que la brujastra y yo nos quedásemos a solas. Mi suegro tiene la costumbre de salir a por el pan poco tiempo antes de sentarnos a comer, para que así esté recién hecho y calentito. Cuando anunció que iba a la panadería, le dije a mi chico que lo acompañase y así pillaba algunos dulces para la merienda. En cuanto se cerro el portón, decidí abrir la caja de Pandora. Fui a la cocina, donde la brujastra estaba ultimando el almuerzo, y le dije que teníamos que hablar. Ella se giró para mirarme y por primera vez se quitó la máscara. La sonrisa falsa dio lugar a una mueca de fastidio y a una mirada que destilaba aires de superioridad. No me lo esperaba, lo reconozco, pero no consiguió que me achantase.

Le dije que sabía que no me soportaba, que notaba cómo trataba de humillarme y hacerme sentir mal constantemente en publico y que esa sonrisa falsa quizás engañaba a su marido y a su hijastro, pero que conmigo no funcionaba. Me dijo que era consciente de ello, pero que tenía muy claro que yo no era suficiente para su hijastro, al cual consideraba como un hijo propio, y que sabía que tarde o temprano él encontraría alguien mejor que yo. Le dije que eso ya lo veríamos, pero que mientras tanto tendría que aguantar mi presencia y respetarme de cara a la galería, al menos. Entonces escuché el portón de la casa, mi chico y mi suegro habían vuelto. Y fue ahí cuando hice mi actuación: ante su atónita mirada, comencé a fingir un fuerte dolor de estómago, lo suficientemente alto como para que me novio me escuchase. Apareció por la cocina, preocupado. Le dije que estaba con la regla y que no podía aguantar los calambres, que necesitaba urgentemente que me llevase a casa. No se lo pensó dos veces y nos fuimos de inmediato. Ya en la puerta, me dirigí a la brujastra y dije «discúlpanos, de verdad, últimamente tengo unas menstruaciones terribles. Qué pena que debamos irnos cuando ya tenías todo el almuerzo preparado». Ella insistió a Carlos para que me dejase en casa y él le dijo que no quería dejarme sola cuando me encontraba así de mal. «Doble victoria», pensé al ver cómo me miraba cargada de rabia cuando nadie más que yo la veía.

Fue así como aplaqué a la bestia. A partir de ese día la brujastra se lo piensa un poco antes de meterse conmigo. Sabe que Carlos y yo estamos felices juntos y que esto va para largo, así que parece haber preferido no jugarse su cariño con una rival como yo, cosa que agradezco. Porque aunque no lo creáis, por muy mal que me caiga la señora en cuestión, prefiero que mi chico no tenga problemas con alguien a quien quiere tanto y menos por mí, por mucho que sea una brujastra.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.

Envía tus movidas a [email protected]