Tengo muchos defectos, pero hay uno en concreto que me lleva por la calle de la amargura. No es mi inseguridad ni tampoco mi alto nivel de autoexigencia, sino algo mucho más mundano: no soy capaz de guardar la compostura cuando la cosa se pone seria. Siempre he sido una chica muy tranquila y en el instituto siempre saqué buenas notas, pero perdí la cuenta de las veces que me echaron de clase por no ser capaz de contener mis ataques de risa. No entiendo muy bien por qué, pero cuando más callada tengo que estar, más cómica me parece la situación y más me río.

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Dicho lo dicho y habiéndoos puesto en contexto, iré al grano. Nos presentaron unos amigos en un festival de música electrónica. Era imposible no fijarse en él. Ya no sólo por sus casi dos metros de estatura o porque fuera guapo a rabiar, sino porque tenía algo, un aura especial que hacía que todo el mundo, incluida yo, quisiera estar cerca de él. Cuando a lo largo de la noche pudimos conocernos un poco más, supe que nunca había conocido a un tío tan interesante. Hablamos tanto y de tantas cosas que se nos hizo de día y el festival echó el cierre, pero nosotros no teníamos suficiente y queríamos seguir con nuestras conversaciones sobre arte, música, literatura, historia, feminismo, filosofía… Y sí, siendo sinceros, la charla estaba fenomenal, pero lo que de verdad nos apetecía a ambos, aunque no lo dijéramos abiertamente, era arrancarnos la ropa. Por eso, aquel día cuando fuimos a su casa y ya nos estábamos quedando sin temas sobre los que debatir, me besó y entre beso y beso, nos acostamos.

Después de una jornada maratoniana de polvos con aquel dios, me fui a mi casa creyendo que aquello había sido simplemente un rollo de una noche. Pero para mi sorpresa, Manu volvió a llamarme a los pocos días y volvimos a repetir hasta que, cuando quisimos darnos cuenta, lo nuestro se había convertido en algo parecido a una relación. Si bien es cierto que la mayor parte del tiempo la pasábamos en la cama, poco a poco empezamos a cambiar nuestra rutina habitual de revolcones salvajes y duchas post coitales antes de volver a casa por cines, paseos, cenas, llamadas telefónicas largas y esa clase de cosas.

Una noche, Manu me propuso cenar en un sitio muy chulo del que yo le había hablado y al que me moría de ganas por ir desde hacía tiempo. Íbamos paseando y hablando de camino al restaurante, cuando de repente, Manu, que me sacaba cinco cabezas, pegó un grito y quedó a mi altura y luego desapareció de mi campo de visión. Cuando miré al suelo, el pobre estaba tirado en el suelo de rodillas. Resulta que sin querer, había pisado en uno de esos hoyos donde plantan los árboles en las aceras, con tan mala suerte que bajo el montón de hierbas y hojas secas, había un agujero importante. El tío por poco se cuela en la madriguera de Alicia en el País de las Maravillas.

Cuando le vi levantándose del suelo, tuve que morderme el labio para no echarme a reír, porque supuse que se habría hecho daño. Le pregunté cómo estaba lo más seria que pude, porque a él no parecía hacerle gracia. Juro que intenté contenerme con todas mis fuerzas, porque no quería ofenderle, pero la imagen de aquel tío de dos metros metiéndose en un hoyo en mitad de la acera y rodando por el suelo, vivía gratis y en bucle en mi cabeza. Exploté, me dio un ataque de risa que no pude controlar, aún sabiendo que él estaba molesto, pero es que era precisamente por ello que todo me resultaba más gracioso.

Él me dijo que ya era suficiente, que se había hecho daño. Conseguí recuperar la compostura aunque me costó mucho y de vez en cuando se me escapaba una risita ahogada. Yo me disculpaba todo el tiempo. Fue la cena más silenciosa y violenta de toda mi vida. No abrimos la boca nada más que para comer. Al salir, me dijo que era mejor que dejáramos de vernos por un tiempo, que se había dado cuenta de que no buscábamos lo mismo. Yo creo que, en el fondo, aquella noche no fueron sus rodillas y su tobillo lo único que salió herido, sino también su ego al reírme de él. Sea como fuere, a día de hoy no puedo evitar descojonarme cada vez que me acuerdo de esa caída.