La cleptomanía de mi hija de 4 años que empieza a preocuparme
Al principio, os juro que tenía gracia. Con el paso del tiempo, la diversión ha dado paso a la preocupación. Mi hija de cuatro años tiene un hobby de lo más peculiar: llenar la mochila de todo lo que se va encontrando. Según ella, son cosas que “están en el suelo, sin dueño”. Palabras literales. Para ella, lo que está en el suelo es de todos. Aplica un concepto similar al de “aguas internacionales”, no hay ley. Desde el momento que algo toca el suelo, ya pasa a estar a disposición pública o, de lo contrario, haber estado más atento: “No pierdas tus cosas”, repite.

El origen
He intentado rebuscar en los recuerdos del pasado y localizar el origen de este problema. Creo tener una respuesta: se remonta a su afán por regalar flores a las personas que quiere. En su época, le comenté que las flores no se arrancan, se aprecian arraigas en su tierra y la satisfacción era verlas creer, no marchitar en un jarrón. Eso sí, le permití coger las flores y hojas secas que ya habían cumplido su ciclo de vida y caían al suelo. Ahí está.
Lo que ha ido robando
Empezó con las flores y poco a poco fue evolucionando. El siguiente paso fueron las pinzas del pelo, de aburridas horquillas a clips de Frozen con brilli-brilli. Ella decía que se las encontraba en el patio del colegio. Tras limpiarlas, al día siguiente las devolvía al centro en el interior de la mochila de la niña, pero la maestra siempre me las enviaba de regreso porque decía que en su clase nadie había reclamado esos accesorios. Así mi hija se fue creando su propio Claire’s.

Después pasamos a los colores: lápices, rotuladores o ceras. De crayón en crayón se ha hecho accionista de Alpino. “¿Dónde lo encontraste?”, a lo que responde: “En el suelo”. Ella todo lo guarda y custodia, pero recuperé los lápices robados y los volvimos a entregar al colegio con el consecuente discurso moralista acerca de la propiedad ajena.
Por una oreja le entra y por otra la sale. Al colegio he tenido que devolver hasta tuppers y botellas de agua, pero es que en el campamento de verano ha dado un pasito más. Un día me vino con la mochila llena de gorras. No eran gorras de promoción, de algún producto o evento, eran gorras buenas: de Harry Potter, de NBA e incluso de marcas tipo Under Armour. Cuatro o cinco, qué sé yo. Al día siguiente, apareció con un arsenal de pistolas de agua. También juegos de cartas o juguetes.
El fin de semana pasado la vi jugar con unos muñequitos que no había visto jamás y al preguntarme de dónde los había sacado me contó que los había escondido para que no se los quitara. Me dijo que los había encontrado “en el suelo” del campamento y se interesó por devolvérselos al dueño, pero nadie lo reclamó y decidió quedárselo. Como yo devuelvo todo lo que trae, decidió esconderlo en el interior de las cajas de los juegos de mesa para que no se lo quitara.
Pero es que, además…
Recientemente, he descubierto que no solo ha robado accesorios del pelo, prendas de ropa o juguetes… También ha robado dinero. Limpiando su habitación, moví la hucha de sitio y ¡joder, cómo pesaba ese cerdito! La hucha se la regalaron en Navidad y a día de hoy, euro a euro, la niña tiene para pagarse un viaje a Disneyland. Mis cálculos no pasaban de 15/20 euros y aún no he terminado de contar lo que lleva ahorrado esa niña.

Temiéndome la respuesta, quise saber de dónde había sacado el dinero que guardaba en su hucha y me respondió que a la abuela se le caen las monedas de la cartera por todo el bolso y ella las recoge y se las queda. Me contó que revisa los bolsillos de los pantalones del abuelo.
Y ojalá la historia quedase ahí, pero no. Hace lo mismo en casa de otros familiares o amiguitos. Hoy mismo, minutos antes de compartiros estas líneas, vino con “un regalo para mami” envuelto entre pañuelos. Descubrí un colgante de oro que no sé de dónde diablos se ha sacado. “Del suelo, mami, estaba en el suelo”. Ni Winona Ryder ni Rossy de Palma, mi hija es una ninja de lo ajeno.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.