Hace cosa de un año acompañé a mi amiga Marta a su primer día de trabajo en un restaurante a las afueras. Tenía el coche en el taller y justo la cogieron en ese trabajo que tanto llevaba esperando. Serían solamente dos semanas, después ya podría recoger su coche e ir por su cuenta. Sin embargo, el segundo día me escribió: “Hoy no hace falta que me vengas a buscar a la salida, gracias, nos vemos mañana”. Al día siguiente me contó que un compañero vivía un a un par de calles de su casa y se había ofrecido a llevarla al salir para no tener que molestarme a mi tan tarde. Era un chico simpático, bastante guapo y que la hacía reír todo el rato durante el turno. Aunque me aseguró que no le gustaba en absoluto, no la creí, e hice bien.

No podía llevarla a la hora de entrada porque a esa hora su novia también entraba a trabajar y, aunque no le cuadraba de camino, debía llevarla para poder estar un rato juntos. El salía de casa casi una hora antes, la dejaba a ella y luego perdía casi tres cuartos de hora en esperar a su hora de entrar. Hasta que Marta recuperó su coche, entonces ella empezó a llegar con algo más de media hora de antelación y así “perder” ese tiempo juntos.

Todo podría parecer inofensivo hasta que él le empezó a contar que su novia era una persona controladora, absorbente y, cómo no, la palabra de moda: Tóxica. Le revisaba el móvil como rutina nada más llegar a junto de ella, le calculaba los km recorridos del coche para ver si al salir de trabajar se desviaba y si había alguna alteración tenía que justificarla. Todo el mundo conocía la mala leche de la novia de aquel muchacho, siempre enfadada, con cara de mala leche y tratando a su pareja como un despojo. Sin embargo, él no se atrevía a dejarla. Su familia lo trataba muy bien. Él estaba solo en la ciudad y había encontrado en la familia de su novia un verdadero apoyo. Pero estar con ella era cada vez más difícil y Marta se puso como objetivo ayudar a aquel chico que tan amable había sido desde el principio.
Él grabó el número de Marta con el nombre de otro compañero y pasaban horas escribiéndose de noche a través de una de esas apps secretas donde las conversaciones se borran sin dejar rastro. Ella lo negaba, pero era evidente que se estaba ilusionando con aquel chico que, se sabía perfectamente que jamás dejaría a su novia.

No me sorprendió en absoluto cuando me contó que, antes de entrara en el turno del viernes, él la había besado. Había sido algo mágico, aunque fugaz. Habían decidido verse al día siguiente. Irían en el coche de ella al salir del trabajo a tomar algo y charlar de lo que había pasado. Cuando ella lo recogió él le pidió que le dejase conducir. Al rato alucinó al ver que aparcaba su coche en uno de esos moteles donde escondes el coche casi dentro de la habitación. Le dijo que allí podrían hablar tranquilos, que le había hablado un amigo de aquel sitio y que parecía una buena opción. Claramente, a veces de ingenua que era, parecía tonta.


Ese chico no tenía muchas ganas de hablar. En cuanto Marta le empezó a decir que había muchas opciones para intentar ser feliz lejos de aquella chica que criticaba cada cosa que él hacía, él ya le estaba besando el cuello y desabrochando la camisa. Ella se sentía bastante atraída por él y sentía mucha lástima por la situación. Aunque fuera en contra de sus principios, se dejó llevar y esa noche la pasó con su compañero de trabajo que juró estarse enamorando de ella y que esa era la motivación que necesitaba para dejar aquella bruja.

Al día siguiente, cuando llegó al trabajo, temprano como siempre, él no estaba. Llegó a cinco minutos de entrar, su novia lo dejó en la puerta y se fue. Era su día libre y podía estar con él más tiempo. El entró como si nada. Ese día no hubo confesiones, coqueteo, apenas hubo más que monosílabos.
Estando ya en cama él le escribió para disculparse, ya que la conciencia le había jugado una mala pasada. Pero al día siguiente la dejaría. Para sorpresa de nadie, no lo hizo. A veces se besaban al salir del turno y quedaron alguna vez más en aquel motel para infieles, pero ella empezó a cansarse y le dijo que lo apoyaría, pero que hasta que no fuera un hombre soltero no habría más sexo. Entonces todo cambió. Él empezó a llamarla a todas horas para preguntarle donde estaba y con quien. Cada vez que un cliente le sonreía iba a preguntarle si estaba ligando otra vez, se comportaba como un clásico novio celoso y posesivo. Su actitud había cambiado tanto que parecía otra persona. Ella quiso hablar con él, explicarle que no había nadie, pero que él precisamente no podía exigirle la exclusividad que no le estaba dando a ella. Entonces se rio muy fuerte y le dijo que quien se creía para hacer que dejase a su novia de toda la vida. Que había sido un polvo divertido, demasiado fácil para dejarlo escapar, pero nada más.


Marta salió corriendo al vestuario a llorar y una compañera veterana la vio y la siguió. Entonces le dijo que había caído, que no se sintiese mal, que no era la primera. Hubo dos chicas anteriores a ella a las que él había hecho creer que era un alma castigada por las desdichas y, cuando se cansó de ellas, les hizo la vida imposible para que se fueran. Así que la avisó, venían tiempos difíciles y tenía que ponerse seria si quería conservar el trabajo.

Su compañera no exageraba. Lo oía hablar con sus compañeros de lo claramente promiscua que era “la nueva”, que se veía que era una “guarrilla” y que era demasiado fácil para él, que prefería seguir pagando para satisfacer esas fantasías que su novia no le concedía que tirarse a una desesperada. Ella salía llorando cada día. Sentía una enorme culpa por el daño que le había hecho a otra mujer por confiada y veía que acabaría abandonando por no poder con la presión. La obsesión de él por Marta era cada vez más exagerada, la seguía al salir hasta casa y le lanzaba besos desde su coche, le escribía por las noches para decirle que la echaba de menos y, como ella no volvió a contestarle, al día siguiente sus comentarios eran más hirientes todavía. Varios compañeros le llamaron la atención, pero de esa forma casi imperceptible que tienen algunos hombres que se preocupan mas por la camaradería que por no formar parte de un acoso.

Hasta que un día, al salir del vestuario al cierre ella estaba despistada y él le agarró el culo y le susurró al oído que todavía soñaba con sus nalgas contra su cintura. Ella no dijo nada, se giró, le dio un guantazo en la cara con toda la mano, le quitó el teléfono de las manos y llamó a su novia. Él empezó a gritar y amenazar con darle una paliza si hablaba con ella, pero sus compañeros salieron al oír el revuelo y solamente lo sujetaron a él. Ella habló con aquella chica y le contó con pelos y señales todo lo que había pasado, le pidió disculpas y se fue. Al día siguiente apareció ya empezado el tuno a presentar su dimisión. No podía seguir en un trabajo donde, no sólo había recibido acoso por parte de un compañero, sino que el resto lo sabía, sabían que lo había hecho más veces y no hacían nada para impedirlo. Al entrar vio a ese malnacido. Lo de que su novia era de armas tomar debía de ser cierto; tenía un ojo morado, la nariz hinchada y varios arañazos en el cuello y los brazos. El jefe pidió a Marta que no se fuera, era una camarera excelente, pero ella se fue.


La llamaron una semana más tarde. El dueño del restaurante había indagado sobre la razón del abandono de las camareras anteriores y había despedido a aquel cabrón. Ella igualmente no quiso volver, todos sabían lo que había pasado y se sentía mal. Ahora, con terapia, aprendió a perdonarse por lo ocurrido, pero ha sido un año muy duro para ella. Perdió un trabajo que adoraba y manchó su moralidad por salvar a alguien que solo quería aprovecharse de ella.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en hechos reales.