No sé, a veces no entiendo cómo he llegado a hacer ciertas cosas. Tampoco es que me arrepienta, pero créeme si te digo que me he visto involucrada en auténticas guarradas. Y hoy voy a contaros la cosa más cerda que he hecho en la cama.
¿Alguna vez has tenido la típica relación en la que no te da vergüenza hacer o decir absolutamente nada? Bueno, yo sí. Nos regalábamos pedos, nos dedicábamos chorongos y bueno, el concepto de pudor básicamente no existía.
Un día, después de comer, mi chico y yo nos pusimos a hablar de los grandes placeres de la vida. Y allí, en nuestro sofá y en pleno momento de franqueza y normalidad, hablamos de lo placentero que puede resultar cagar. Sí, cagar ¿Lo que hacemos todos los días? Pues eso: cagar.
“No sé qué tiene, pero cuando llegas con ganas de cagar y por fin consigues hacerlo es como darle la mano a Dios. Hay pocas cosas más placenteras que cagar” Me dijo mi chico mientras masticaba un muffin de chocolate.
“¿Sabes lo que sería la hostia? Comer chocolate, mientras cago y me comes la polla” Me dijo.

No me preguntes cómo pasamos de comentarlo a tomar la decisión de hacerlo. Son cosas que jamás entenderé ¿En qué momento? ¿De verdad? ¿Cómo puedo ser tan cerda?
Por a o por b, acabamos los dos corriendo al baño como niños dando saltos por el pasillo. Como si estuviéramos a punto de embarcarnos en la mayor de las aventuras, como si estuviéramos a punto de descubrir una poción para la juventud eterna.
Llegamos al baño y entonces mi chico coloca una toalla a los pies del váter, se baja los pantalones y se sienta. Abre las rodillas, apoyo mis manos sobre sus muslos y empiezo a comerle la polla como si no hubiera un mañana. El estaba allí sentado gozando mientras yo estaba de rodillas delante de él.
Por un momento me olvidé de lo que estábamos haciendo hasta que oí un “Chof”. Paré, le miré y tenía la típica cara de alivio que todos ponemos después de soltar un truño. Yo intenté continuar pero es que joder ¡Empezó a oler fatal!

Mi chico me cogía de la cabeza para marcarme el ritmo. Yo tenía la frente dando botes contra su tripa cuando oí el segundo “chof”. Yo no estaba del todo convencida de lo que estábamos haciendo, el olor era terrible. Claro, yo tenía la nariz a la altura del váter, la fragancia que degustaba era pura fragancia de mierda fresca recién salida del ano.
Allí estaba yo, con el ceño fruncido comiendo polla cuando llegó el tercer “chof” y entonces, no sé qué tipo de truño soltó, pero al caer al agua me salpicó el cuello. ¡Qué puto asco joder! ¡QUE AS-CO! Salí de allí corriendo y no volví a mirar atrás. ¡No más! ¡Se acabó lo que se daba!
La situación era ya como para cuestionarse ciertas cosas. Habíamos cruzado con creces los límites del pudor, el auto respeto y la decencia humana en términos generales.
Cuando él vino a la habitación nos empezamos a reír a carcajadas hasta que concluimos “Se nos ha ido de las manos”. ¿De las manos? Se nos había ido de las manos, de los pies y visto lo visto, se nos fue hasta del culo.
Aquella experiencia fue como mezclar chorizo con nutella. Son ideas creativas las que te incitan a mezclar cosas que te gustan en una misma experiencia. Bueno, pues déjame decirte lo siguiente: NO FUNCIONA.
Anónimo