Como buena mamá millenial que soy he leído libros sobre crianza, sigo a varios psicólogos infantiles en Instagram y por supuesto, he sanado mis heridas de la infancia para criar a mis hijos desde el amor y el respeto. Pero he de decir que el tema de la crianza respetuosa se nos está yendo de las manos.

Que sí, que está fenomenal eso de hablarle a tu criatura con calma, sin gritos, como si fuera un mini adulto con emociones complejas. Me parece bien fomentar su autonomía y dejarle que se vista solo; pero cuando dejamos a un niño de cuatro años ponerse un pantalón corto porque lo ha decidido él, aunque fuera haga 15 grados, pues igual tú como adulto responsable tienes que saber donde parar esta locura.

Lo que empezó siendo un enfoque sensato para criar sin traumas, de criar niños felices para que de mayores fueran adultos funcionales, se ha convertido en una anarquía infantil donde no hay reglas ni límites.

Ahora el niño es un pequeño dictador que hace lo que le viene en gana.Y no, no estoy exagerando. Yo he visto con mis propios ojos niños insultando a sus madres y ellas, con una sonrisa, decirles muy dulcemente “eso no se dice”. Que al pequeño monstruito le entra por un oído y le sale por el otro.

Está bien que no le grites, que le hables con respeto, que valides sus emociones y que no le metas un zapatillazo como hacía contigo tu madre. Pero no confundamos respetar con darle poder absoluto a un ser humano que no puede limpiarse el culo aún solo. Porque sí, tendrá emociones, tendrá necesidades, tendrá un universo interno riquísimo, pero también tiene cuatro años.

Porque una cosa es dejar que el niño exprese su frustración, y otra es que te monte una escena en el Carrefour porque quiere que le compres unas galletas y le has dicho que no. Y ahí estás tú, intentando regular sus emociones, intentando respirar hondo con él, como si fueras monje tibetano, mientras el niño grita y te llama de todo porque no le compras galletas con dinosaurios. Y luego en casa le das un discurso de diez minutos sobre el consumo responsable y la alimentación saludable, como si el niño entendiera una sola palabra de lo que le estás contando.

Vale, es cierto que a veces esas rabietas no se pueden evitar, son niños y punto. Pero ahí estas tú para pasar el mal trago como puedas y luego en casa explicarle que no se puede comportar así. Y si es necesario aplicar el castigo correspondiente.

Yo no era muy partidaria de los castigos, hasta que vi que de alguna manera tenía que atajar las cosas que mi hijo hacía mal. Pero claro, luego ves el otro extremo: madres que castigan a sus hijos y a los cinco minutos les levantan el castigo porque “ay, me da penita, es que me miró con esa carita…”. ¿Perdona? Entonces no era castigo, era una pausa dramática. Un descanso publicitario entre rabieta y rabieta. Y el niño, que no es tonto, ya sabe que, si pone ojitos de gato de Shrek y dice “mamá, te quiero”, se acabó el drama y vuelve a hacer lo que le da la gana.

Si decides establecer un límite y castigar a tu hijo, tienes que sostenerlo. Porque si no, el mensaje que le llega al niño es confuso. Sabe que da igual si le castigas porque al final se saldrá con la suya.

 

Autonomía no es libertinaje

Sí, fomentar su autonomía está genial. Que aprendan a vestirse solos, que elijan si quieren camiseta roja o azul. Yo también tengo su ropa colocada de una forma accesible para que mi hijo escoja lo que quiere ponerse. Que a veces va hecho un cuadro, pero mientras sea adecuada la ropa a la climatología, me da igual que se ponga un pantalón rojo con una camisa rosa.

Pero creo que es importante que los niños cumplan con sus horarios y que sepan que tienen una responsabilidad, que en su caso es ir al colegio. Yo a mi hijo no le pregunto si quiere ponerse los zapatos ahora o en diez minutos, porque los horarios del colegio no son negociables.

Conozco algún niño que ha faltado al cole porque no tenía ganas de ir, y la mamá se lo ha permitido. Cuando ese niño tengo 30 años y se de cuenta de que no puedo faltar al trabajo porque ese día se ha levantado de bajón, pues se va a llevar una sorpresa.

Yo con 41 años no decido si voy al trabajo según mi estado emocional. Voy, con el alma rota o con dolor de regla, pero voy. Porque hay una cosa llamada realidad, y a los niños también hay que prepararlos para eso.

Y ojo, no se trata de caer siempre en el “porque lo digo yo” o recurrir al cachete en el culo. Pero es que ahora parece que si le dices NO a un niño, lo estás maltratando. Pues mira, a veces el NO es lo más respetuoso que puedes decirle. Porque le estás enseñando a tolerar la frustración, a entender que el mundo no gira a su alrededor y que las cosas no siempre salen como uno quiere.

Lo dicho, que a los niños hay que tratarlos con respeto y hablarles con sentido común, nunca jamás voy a justificar que se les levante la mano, aunque sea muy de vez en cuando, o gritarles por sistema. Pero hay que poner límites o esto se nos va a ir de las manos del todo.