Hay momentos en la vida en los que una se da cuenta de que por mucho que haya vivido, todavía le quedan situaciones por experimentar que no estaban en ningún manual ni en ningún grupo de WhatsApp de amigas.

Esta es una de ellas.

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Todo empezó como empiezan casi todas las historias que luego acaban siendo anécdota incómoda. Con un compañero de trabajo. Sí, ya sé. Error número uno. Pero bueno, tampoco vamos a fingir ahora que no pasa nunca, porque pasa y mucho. Mensajitos tontos, risas de más en la oficina, miradas cachondonas… Y un viernes salimos todos a tomar algo. Unas cañas que se alargan. Unas copas que sobran. Y de repente tú y él besándoos por media ciudad como si fuerais protagonistas de una peli de sobremesa de Antena 3. Yo iba contenta, ilusionada, con ese punto de calentón que mezcla ganas y curiosidad y pensando que una noche tonta tampoco mata a nadie.

Acabamos en su casa. Besos, risas, ropa al suelo, ambiente que sube. Y entonces llega el momento clave, ese instante en el que todo se define.

Me doy cuenta de que el tema no viene especialmente sobrado, pero oye, que a estas alturas una ya sabe que eso no es lo importante. Que lo importante es la actitud. Que aquí hemos venido a pasarlo bien y no seré yo quien juzgue a un señor o deje de chingármelo por tener pequeño el pituto.

Se pone el preservativo. Todo parece ir hacia adelante. Y justo cuando pienso que ya estamos en faena, va y me suelta que si me puedo poner de espaldas.

Yo, inocente de mí, pienso que será una preferencia y le digo que prefiero otra postura para empezar. Y entonces llega la frase. LA FRASE SEÑORAS.

“Es que míramela… la tengo pequeña. Si no es por detrás se me sale y no siento nada.”

Yo me quedé unos segundos en silencio, intentando procesar lo que acababa de escuchar. En ese momento mi cabeza iba a mil. Pensaba si reírme. Si levantarme. Si aplaudirle por la sinceridad. Si preguntarle si había traído un PowerPoint para terminar la explicación. De verdad es que pocos momentos más fucking surrealistas en mi vida.

Según él, era pura lógica aplicada a su realidad. Chica mira “esto es lo que hay y así funciona mejor”. Según yo, era una excusa muy cutre para ir por la puerta trasera. Porque a ver, la tenía pequeña pero no era un meñique, en otras plazas similares he toreado y cero problemas. Sobre todo me ofendió esa propuesta sin tan siquiera haberme comido el coño, también os tengo que decir.

Tras mi negativa intentamos seguir con los besos pero la cosa ya no fluía. Las semanas de calentón y miradas furtivas se fueron a tomar por saco y acabamos la noche rajando del jefe. Jamás se repitió y el ambiente en el curro nunca volvió a ser el mismo, por eso repito… donde tengas la olla… ya sabes nena.

anónimo

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