Nunca he sabido por qué, pero desde que puse un pie en casa de mis suegros me di  cuenta de que nunca iba a ser capaz de entrarles por el ojo ni mucho menos de estar a la  altura. Era muy jovencita y no tenía aún un par de narices para plantar cara a los demás,  así que por querer encajar aguanté muchos pero que muchos feos por parte de toda mi  familia política. Cada vez que llegaba les cambiaba la cara, apenas me dirigían la palabra  e incluso algunas veces me llegaron a mandar callar porque según ellos yo era una cría y  no tenía ni idea de la vida. Este tema trajo cola en la relación con mi chico, que nunca se  metía a dar la cara por mí porque no quería discutir con sus padres. 

Cuando llevábamos unos meses viviendo juntos, recibí la noticia de que estaba  embarazada. Éramos muy jóvenes y si bien es cierto que al principio nos invadió el  pánico, finalmente decidimos seguir adelante con toda la ilusión del mundo. Obviamente y como no podía ser de otra manera, a la familia de mi chico no le hizo ni pizca de gracia;  yo pensaba que comunicarles que iban a ser abuelos era una de las mejores noticias que  les podíamos dar y que por fin iban a tratarme con cariño, que las cosas iban a cambiar  teniendo una criatura de por medio, pero claramente me equivoqué.  

En honor a la verdad he de decir que cuando nació mi hija, mis suegros y mis cuñados se  enamoraron de ella al instante y la trataron con mucho cariño. Yo, por supuesto, me  alegré mucho de que los abuelos paternos de mi niña la quisieran tanto, aunque a mí  continuaran tratándome con tanto desprecio y poniendo pegas a todo lo que hacía o  decía. Yo seguí mordiéndome la lengua como una idiota, hasta que un día que vinieron a  mi casa a ver su nieta, mi suegro se metió donde le llamaban y todo saltó por los aires. 

Me preguntó si ya había avisado en mi trabajo de que no iba a volver. Yo, sorprendida, le  dije que no sabía de qué me hablaba, que después de la baja mi intención era volver al  trabajo y que su hijo se encargaría de la niña porque por motivos laborales tenía más  tiempo que yo y él estaba de acuerdo. Mi suegro montó en cólera y me dijo que dónde se  había visto eso, que era el padre quien tenía que traer el dinero mientras la madre  cuidaba de la casa y de sus hijos, de toda la vida; me acusó de intentar «castrar» a su hijo, de tenerle obnubilado y de lavarle el cerebro. Y no sólo eso, sino que además, insinuó  que era una golfa. Por primera vez, le levanté la voz a aquel hombre y le dije que si había  venido a mi casa a acusarme y a insultarme, que hiciera el favor de largarse y no volver.  

Cuando mi chico volvió a casa y fui a ponerle al día sobre lo sucedido, resulta que mi  suegro se me había adelantado y le había contado su versión de los hechos: que era yo  quien había insultado a la familia y le había faltado al respeto. Les exigió que me pidieran  disculpas y que no volvieran a meterse en nuestra forma de criar a nuestra hija porque si  la cosa continuaba yendo por aquellos derroteros nuestra relación se vería perjudicada.  Para total sorpresa de mi chico, lejos de disculparse, le dijeron básicamente que yo era el  demonio y que tenía que elegir entre su familia o yo. Él les dijo que le dolía en el alma que pensaran así pero que yo nunca le habría dado a elegir y que por eso, me elegía a mí. 

El pobre lo pasó fatal durante mucho tiempo. Le vi tan triste que tonta de mí, intenté que hiciera las paces con su familia, aunque mucha gente en el barrio nos contaba  que mis suegros iban diciendo por ahí que la culpa era mía, que yo les había prohibido  ver a su nieta. Mi chico se negó en rotundo, decía que no iba a consentir que me tratasen  de aquella forma y mucho menos que fueran contando mentiras sobre mí, sobre la madre  de su hija. Y así pasaron quince años. Quince años sin cruzar palabra por ambas partes,  sin una llamada, nada.  

Hasta que un día, mi cuñada llamó para decirle a su hermano que su padre estaba muy  enfermo y que a esas alturas poco se podía hacer. Mi chico enseguida fue a ver a su  padre y después de ver que, efectivamente, estaba en las últimas, hicieron las paces y  retomaron el contacto. De vez en cuando mi hija, que ya era una adolescente y no  conocía a su familia paterna, le acompañaba. Aun con todos los feos y con todas las humillaciones que me hicieron pasar, me dio mucha pena que no hubieran querido  disfrutar de su nieta y por supuesto, de que mi hija no hubiera podido tener una relación  normal con su abuelo desde pequeñita. Y un día, sucedió lo que menos esperaba: mi  suegro se disculpó conmigo y me pidió que yo también fuera de visita cuando quisiera. 

No soy un ogro, así que acepté sus disculpas puesto que no quise tener cargo de  conciencia y fui a visitarle y a pasar algunas tardes con ellos en familia. Cuando mi suegro falleció, mi suegra y mis cuñados quisieron seguir manteniendo el contacto con nosotros y aunque nunca hemos tenido una relación muy cercana, sé que a mi chico le hace ilusión  volver a tener lazos con su familia de nuevo. He de decir que no han vuelto a tratarme  mal, sino todo lo contrario y que sobre todo, mi suegra está desconocida conmigo.  

Escrito por Mar Martín basado en una historia real.