Soy la pequeña de tres hermanos. Ellos, dos hombres, me llevan unos cuantos años, así que yo no solo era la pequeña, sino que era la MUY pequeña. Siempre dije que mis hermanos fueron como dos padres más. Cuando yo fui adolescente ellos ya tenían sus vidas hechas y cuidaban de mí más como adultos responsables que como cómplices de aventuras.
Cuando era pequeña no recuerdo jugar con ellos. Teníamos intereses muy diferentes y, aunque yo quería acoplarme a sus planes para estar a la altura y pasar tiempo con ellos, para dos adolescentes no es un plan apetecible cargar con su hermana pequeña.
No disfruté de mis hermanos como tal, pero también tuvo su parte buena. Pronto, muy pronto, empecé a sentir admiración por ellos. Veía lo que lograban, cuanto se esforzaban, lo listos que eran… Me parecía irreal que compartiéramos genes, pues me parecían algo inalcanzable. Fuentes eternas de experiencia y conocimientos (muy flipada yo, lo sé, pero era pequeña y todo se ve desde una perspectiva mucho más baja).

Luego me fui haciendo mayor yo también y la diferencia de edad, aunque era la misma, se notaba mucho menos ahora siendo todos adultos. Sin embargo, la admiración seguía ahí. Esas ganas de ver orgullo hacia mí en sus ojos cuando conseguía algo complejo, ese sentirme tenida en cuenta en su presencia, ese interés real por mi opinión me seguía (y sigue) haciendo ilusión.
Ahora miro atrás con la perspectiva del tiempo y de mi propia maternidad y veo cuanto de todo eso fue gracias a mi madre. A sus valores y su cariño. Cuanto fue también simplemente por ellos, por lo que son y por sus hermosos corazones. Y disfruto mucho del poco tiempo que todavía pasamos juntos.

Yo soy madre de tres. Cuando mis hijos mayores tenían 8 y 5 años me quedé embarazada de nuevo. Estaba a punto de desistir, porque me negaba a tener un bebé que se llevase una década con sus hermanos. Yo había estado allí y no me apetecía ni que el bebé creciese como hijo único sin serlo ni que mis hijos cargasen con una responsabilidad que no les correspondía. Pero el positivo llegó antes de tirar la toalla.
Una niña. Igual que yo, era la tercera de los hermanos y la única niña.
Pronto, muy muy pronto, vimos cómo la voz de su hermano mediano la calmaba más y mejor que cualquier cosa que le pudiéramos ofrecer. Presenciamos cómo esos dos críos multiplicaron la capacidad de su enorme corazón para acoger dentro a la pequeñita de la casa. Cómo se preocupaban por cosas que jamás hubiese pensado que se les pudiera ocurrir.
Ellos quieren estar con ella, a ella le encanta estar con ellos y yo siento un enorme orgullo al verlos y una enorme satisfacción cuando tengo la sensación de que no le hemos hecho tan mal.
Pero hace poco, volviendo del cole los tres, ella se empeñó en no ir de la mano conmigo como siempre, sino ir con sus hermanos unos pasos más adelante. Ellos al verla, sin decir nada, le hicieron un hueco en el medio de ambos y le ofrecieron la mano. Ella, sin saber a cuál escoger, le cogió una mano a cada uno y caminaron los tres por la acera hacia casa.

Yo, ante aquella imagen tan bonita, aproveché para sacar una foto por detrás, que me parece una perspectiva muy bonita. Entonces ella dijo algo, o al menos lo intentó. Su hermano mayor agachó ligeramente la cabeza hacia ella, muy contento de verla esforzarse por intentar hacerse entender. Su hermano mediano la felicitó enérgicamente por aquel pequeño logro, insignificante para muchos, pero que él sabe apreciar como nadie. Ella lo miró con admiración, con unos ojos tan tiernos, una mirada con tantos matices… Era orgullo propio de haber conseguido algo, era admiración porque su hermano es un super héroe para ella, pero era sobre todo esa sensación de haber logrado esa admiración de vuelta hacia ella misma por las personas a las que más admira.
Os parecerá una tontería, pero al llegar a casa y ver aquella foto tan tierna, aquella imagen que desprendía tanto amor, recordé mi infancia. Recordé la parte más bonita de ser pequeña. Recordé a mi hermano mediano retándome a sacar buenas notas, a mi hermano mayor dándome consejos para poder salir airosa de algún problema. Recordé lo bonito que fue cada vez que ellos me miraron con una sonrisa en los ojos y vi que se había repetido de nuevo, que mis niños serían esa luz, esa guía para ella que fueron mis hermanos para mí y lloré porque me di cuenta de que había tocado el cielo, de que lo había logrado, tengo tres hijos felices que se adoran. Puedo estar tranquila.
Escrito por Luna Purple
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