Ahora mismo hay un debate con las pantallas que no es normal. Vale, todos sabemos que no son buenas para la salud de nuestros hijos, pero que ni para la nuestra tampoco. Pero me parece excesivo demonizar a los papás que le dan el móvil a sus hijos para que les dejen en paz un ratito.
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Me hace mucha gracia cuando una mamá te dice que en su casa no hay pantallas, que no hay tablet y que el móvil es de uso exclusivo de los papás, pero luego te enteras de que el niño llega del cole y se pasa la tarde delante de la tele.
Y lo mejor de todo es que te lo dice con ese tono orgulloso, sintiéndose superior a ti. Que casi le falta llamarte mala madre porque tienes una tablet en casa para que tu hijo vea sus dibujos. ¡Pues que sepas que la tele también es una pantalla, amiga!

Hemos creado una especie de jerarquía absurda de las pantallas que a mí me da hasta risa. Parece que a menor tamaño, más peligroso. Por eso, los que tienen una televisión de no sé cuantas mil pulgadas, pueden usarlas libremente con sus hijos y está bien hecho. Parece que la tele es como el tabaco de las drogas: es legal y aceptada por la sociedad, aunque sea igual de dañina que otras pantallas.
Por lo visto, el móvil es el demonio; la tablet es el primo del demonio; pero la televisión es una niñera que trabaja gratis y educa a tus hijos con valores.
Con la excusa de que “a mí también me ponían la tele de pequeño y he salido bien”, aparcamos a los niños en el sofá durante horas. Eso sí, sólo les ponen Doraemon, Oliver y Benji o Pokémon, dibujos de nuestra época, que son los que de verdad enseñaban valores como la amistad, el compañerismo y el respeto.
Claro, pero recordad que los dibujos que veíamos nosotros de pequeños, también enseñaban a levantarle la falda a las niñas para ver si llevaban bragas blancas, rosas o de dibujitos. Pero mejor Chicho Terremoto no se lo ponemos a nuestros hijos. Y de Sinchan mejor ni hablamos…

El caso es que nos agarramos a ese argumento de que antes veíamos la tele y no pasaba nada. Pero se nos olvida un pequeño detalle: antes había una hora de dibujos al día, no plataformas con temporadas infinitas que se reproducen solas mientras tú haces la cena o recoges el salón. Que cuando te quieres dar cuenta, a tu hijo le ha salido la pantallita de Netflix de “¿Aún sigues viendo tal programa?”. Y cuando eso aparece es porque lleva ya unas cuantas horas enganchado a la caja tonta.
Ahora el siguiente capítulo empieza solo. Y luego otro. Y otro más. Y cuando te quieres dar cuenta, tu hijo ha visto más episodios seguidos que tú de adolescente por las mañanas en verano.
Pero oye, tranquila, que no es el móvil con videos de Youtube, que eso si que es peligroso.
Luego está el clásico: “es que al menos la tele no es tan adictiva como la tablet”. Perdona, pero cuando tu hijo entra en modo estatua durante dos horas seguidas, con la mirada fija y sin responder ni a su nombre, igual la diferencia no es tan grande como te gustaría pensar.

Que aquí nadie está diciendo que haya que criar a los niños en una cueva sin tecnología. Ni que haya que sentirse culpable por ponerles dibujos un rato. Yo soy la primera que ha tirado de tablet o de tele para poder hacer las cosas de la casa o simplemente para sentarme cinco minutos en el sofá a relajarme. A relajarme mirando TikTok en el móvil, por supuesto.
El problema no es usar pantallas. El problema es el discurso que nos montamos alrededor.
Ese postureo de madre perfecta que no necesita pantallas para entretener a sus hijos. Ese juicio silencioso a la que saca el móvil en un restaurante. Esa mirada de “yo eso no lo hago” que luego se diluye en cuanto cruzas la puerta de casa y enciendes la tele casi por inercia.
Porque seamos honestas: todas necesitamos momentos de tregua. Esos pequeños truquitos que usamos alguna vez para no perder la cordura, para conservar la paz mental. Y uno de ellos es ponerles la tele un rato, la tablet o dejarles el móvil.
Yo creo que todo, con unos límites sanos, puede ser beneficioso. Incluso las pantallas. Porque en Youtube también hay videos educativos o en Netflix pueden ver documentales.
Y otro día hablaremos de las videoconsolas que eso da para otro artículo…