Desde los 16 he estado tomando la píldora por tener unos dolores muy fuertes durante la regla. En más de una ocasión acabé en el médico retorciéndome de dolor y solo me dieron analgésicos. Me decían que era normal, que algunas reglas son dolorosas, que debía tomar paracetamol o ibuprofeno (a veces las dos) y que así sería más llevadero, pero que no tenía nada.
Cuando me iba a venir la regla, vomitaba, me quedaba blanca, tenía un dolor muy intenso y algunas veces llegué a desmayarme. El resultado siempre era el mismo, no tenía quistes, no tenía embarazo ni nada raro, así que analgésico y antiinflamatorio y para casa.
En algún momento se volvió constante. Ya no me dolía solo con la regla, me dolía todos los días y los de regla, muchísimo más. El dolor empezó a ser incapacitante y llena de rabia y desesperada, me planté en urgencias llorando y diciendo que no podía más. Que por favor me encontrasen lo que tenía por qué así no tenía ganas de vivir.
Después de un sinfín de pruebas, llegó una doctora con muy mala cara y por fin me dio un nombre a lo que tenía: endometriosis.
Me sugirió tratamiento y a medio plazo, una cirugía para retirar restos de tejido de fuera del útero y así acabar de raíz con el dolor. Yo no me lo podía creer, después de tantísimos años sufriendo, en los que me hicieron sentir una floja y que era una exagerada, habían localizado mi enfermedad e iba a poder curarme. Ese día lloré muchísimo, acepté todo y empecé con la medicación. Mi familia y yo teníamos mucha esperanza puesta en la operación, que no se hizo esperar mucho y, aparentemente, salió bien. Pero pasados un par de meses, el dolor volvió a aparecer.
La doctora nos dijo entonces que creía que la enfermedad había avanzado demasiado, que habían esperado mucho para la cirugía y que ahora era imposible retirar todo el tejido sin dañar el útero. Nos dijo que podía haber otra intervención, pero que creía que volverían a tener el mismo problema, y que, aunque sabía que era muy joven (tenía 20 años), su recomendación era una histerectomía, vaciarme entera.
Recuerdo el miedo a arrepentirme toda mi vida. El pensar en un futuro en el que no podría tener hijos de manera natural, en que, si tenía pareja, se lo tendría que explicar y quizás fuese motivo para que no quisiera estar conmigo, en sentirme rota, vacía, hueca e inútil. Pero en el otro lado, estaba el hecho de seguir viviendo con dolor crónico, retorciéndome una semana cada mes y amargada, triste y agotada.
Fue una decisión dura y dolorosa, pero al final decidí hacerme la histerectomía. Empecé a llorar desde que entré al hospital y no paré hasta que me durmieron. Puedo recordar perfectamente al anestesista diciéndome que contara de 10 a 1 y secarme las lágrimas con cariño.
La recuperación física fue lenta, pero la emocional aún más. Agradecí ver como el dolor iba desapareciendo para no dejar ni rastro y poco a poco, pude recuperar mi vida. Volví a hacer deporte, a estar feliz y a hacer planes. En esa primera etapa me convencí de que mi vida había cambiado para bien y la aproveché al máximo. El problema vino con el paso del tiempo.
Cuando cumplí 28, tres días después de mi cumpleaños, una amiga nos contó al grupo que estaba embarazada. Todas se emocionaron, la felicitaron y nuestras conversaciones pasaron a ser ecografías, posibles nombres, tamaño semanal del bebé y fotos mágicas de la barriguita.
Era la primera del grupo y se la estaba tratando como tal, todo el mundo estaba feliz y yo, me estaba muriendo por dentro.
Tenía miedo del momento en el que apareciese el instinto materno y me tuviera que enfrentar a no poder ser madre nunca, pero esto era mucho peor, porqué encima tenía que parecer feliz y animar y acompañar a mi amiga.
Un día exploté y lloré delante de todas mis amigas menos de la embarazada, les expliqué cómo me sentía y les dije que no podía seguir fingiendo. Pensé que lo entenderían y me llevé una decepción épica.
Me insinuaron que era una egoísta, que lo que me había pasado era terrible pero no por ello tenía que hacer sentir mal a nuestra amiga por estar embarazada. Que si ella quería compartir todo lo del bebé estaba en su derecho y ellas en el suyo de estar por ella. Me dijeron también que al menos ya no tenía dolor y que siempre podía adoptar. Llevo esas palabras marcadas a fuego y a día de hoy, no he podido perdonarlas.
Ninguna de ellas pudo empatizar con mi dolor y, poco a poco, me fueron excluyendo. Yo también me fui alejando y las cosas se enfriaron tanto que, en unos meses, ya ni siquiera podía considerarlas amigas.
Fue un palo tan grande que necesité mudarme y cambiar de aires. Dejé atrás a mi familia y a las pocas amistades que me quedaban por qué tuve que alejarme de todo aquello. Buscar mi sitio, empezar de cero y enfocarme en mi misma y estar mejor.
A día de hoy tengo pareja. Está al corriente de la situación desde el minuto uno y en principio, ninguno queremos hijos/adoptar. No he vuelto a ver a mis amigas ni ninguna de ellas me ha escrito para ver cómo estoy o que ha sido de mi vida. Tampoco lo echo de menos, pero sí que pienso mucho en ellas y en como me dieron la patada de una manera tan cruel.
Sé que quizás mi manera de actuar no fue la mejor, pero en ese momento de verdad que no lo pude hacer de otra manera, se me venía el mundo encima y no lo supe gestionar. Aun así, no creo que me mereciera todo aquello y aunque mi vida ahora me encante, llevo clavada esa espina que no consigo superar.
Anónimo
