Desde que empecé mi andanza en el mundo sexual, la comunicación con mis amigos ha sido total. De ahí que nos hayamos formado el álbum de lo estrafalario. Nuestras experiencias más bizarras, desde insinuaciones a auténticos cuadros de encuentros. Y es que tenemos personalidades muy variadas, y al final, cada uno puede aportar algún nuevo tema que debatir mientras zampamos una pizza con extra de aceitunas y salsa. La verdad es que en cuanto a personajes, mi mejor amigo y yo siempre nos hemos estado disputando el paso de ser el que atrae a más personajes dignos de salir en Cuarto Milenio, pero lo cierto, es que yo le otorgo el puesto desde que salió con su primer novio. 

El chaval era cuanto menos peculiar. No hay más que recordar aquel día que viendo una película nos informó con tono desprovisto de emoción que él en realidad nunca usaba con nosotros su verdadera voz, porque le gustaba más la actual. Debo decir que un repelús me recorrió entera. Eso sumado a su manía de comportarse como un crío de cinco años y su pasivo agresividad con gente que no conocía (sumada a la directamente agresividad que usaba con los que sí conocía) hacía que no fuese mi persona favorita, pero que lo tolerase por respeto a mi amigo. 

Así fue que un día, en estas reuniones de la pizza, estaba contando yo que un tío me había dicho que se había dado cuenta de que me quería porque había descubierto que pensaba en mí mientras cagaba, y que según su padre, si piensas en alguien hasta cagando es amor. Yo tenía mis reticencias al respecto, porque a mi parecer, no es que se nos abran los sentimientos a la par que el ojete, si no que en ese rato de liberación, cualquier chorrada nos sirve de distracción. 

De repente, cuando aún debatíamos el tema del amor, mi amigo soltó la frase. “ Fulanito me ha hecho una mamada vibratoria”. Fue como tirarte un pedo en misa. Todas nos quedamos calladas, mirándolo. Entonces nos descojonamos mientras yo exigía saber qué coño era eso y por qué. 

Él, con gesto de cansancio nos informó de que la noche anterior, mientras estaban tonteando, el chico se puso a temblar sobre él, y que cuando le preguntó, le dijo que él podía hacer vibrar cualquier parte de su cuerpo. Siguió demostrándolo haciendo vibrar su mano, y después un único dedo. Mi amigo, pensando que era una broma, le alentó diciendo que eso era muy guay. ERROR.

Él, envalentonado, comenzó a besarlo en dirección a su nabo. Mi amigo, pensando que tocaba jugar a cosas mejores que a ser una varilla de montar nata, se relajó. Entonces, cuando comenzó a comerle esa parte en concreto, dice que lo miró con gesto de decisión, se la sujetó perturbadoramente fuerte y comenzó a vibrar la mano, para después, metérsela en la boca y comenzar a hacer lo mismo ahí, con su correspondiente choque con los dientes. Nos contó que si bien no resultó doloroso, si incómodo y  raro de cojones, y que le pidió parar al momento. Contra todo pronóstico, y pese a que mi amigo le pidió que nunca jamás en su vida volviese a hacer eso follando, el chico le informó con una sonrisa de superioridad de que podía hacerlo también con la polla.

Mi amigo nos informó de que se le había desbloqueado un nuevo miedo: el de vivir la experiencia del rabo vibratorio. Fue el momento en que decidí ofrecerme a comprarle un vibrador como el mío, para que fuese preparándose ante esa posibilidad.

M. Lancaster