Siempre he sido bastante precavida con las aplicaciones de citas. Usaba Tinder de vez en cuando, pero hasta ahora mi historial se resumía en un puñado de rollos esporádicos que duraban poco tiempo y se desvanecían. Soy bisexual, pero confieso que nunca me he atrevido a ligar con tíos por la app. Sencillamente, no me fío. Los informativos están plagados de noticias desgarradoras de mujeres que confiaron en hombres que luego las violaron o mataron, y no quiero arriesgarme a acabar así. Sé que quedar con desconocidos siempre entraña sus riesgos, sea del género que sea, pero sentía que filtrar solo a mujeres me daba una mayor sensación de seguridad.
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Fue así como un domingo empecé a hablar con una chica con la que acababa de hacer match. Estaba acostumbrada a conversaciones superficiales que se agotaban muy rápido, pero con ella conecté a otro nivel desde el primer instante. La charla fluía tanto que ese primer día pasamos horas tecleando sin parar, saltando de un tema a otro, hasta darnos el WhatsApp. La chica era muy de mi estilo: morena, con ojos grandes y un toque rockero en su forma de vestir, según se veía en las fotos que me mandaba, al menos. Había tanta química entre las dos que decidimos quedar para conocernos en persona el fin de semana siguiente.
Al ser domingo cuando empezamos a hablar, tuvimos muchos días por medio para seguir conociéndonos. Y vaya si lo hicimos. La tensión fue aumentando a lo largo de toda la semana. Pasamos horas hablando, intercambiando fotos y descubriendo nuestros gustos. Y a la vez, la tensión sexual también crecía a pasos agigantados. A esas alturas, sin habernos visto aún, yo me ponía a cien solamente con nuestras conversaciones, que subían de tono por día de una manera muy descarada.

Quedamos el sábado en una cafetería que elegí estratégicamente, situada muy cerca de mi piso, por si todo iba tan bien como parecía y nos podían las ganas de estar a solas y en privado. Llegué con bastante tiempo. Solía hacerlo siempre en estas citas para poder ver a la otra persona llegar antes de que me viera a mí, por si algo me chirriaba o no me cuadraba. Y entonces la vi aparecer. Pero no venía sola, la acompañaba un chico.
Cruzamos las miradas y le sonreí. Pensé que entonces se despediría de su acompañante para quedarse conmigo, pero ambos se dirigieron hacia mi mesa sin vacilar. Nos dimos dos besos y traté de suavizar la expresión de desconcierto que sabía que tenía en la cara. Ella me lo presentó como Raúl, sin dar más detalles, y ambos tomaron asiento. Yo no entendía absolutamente nada. Pensé que quizás ella era aún más desconfiada que yo y había llevado a un amigo a la primera cita por si yo no era quien decía ser o algo parecido. Aquello me estaba cortando un poco el rollo, pero decidí respirar hondo y ver qué tal iba todo.
Pedimos algo de beber y empezamos a hablar. El chico resultó ser bastante simpático y, aunque me sobraba claramente allí, me cayó bien. Ella, por su parte, me gustaba muchísimo más en persona; era justo como la imaginaba y se ponía colorada si yo la miraba fijamente más de dos segundos, lo cual me volvía loca. El tonteo entre ambas empezó a notarse de nuevo y yo no veía el momento de que el chaval se despidiera y se fuese para que pudiéramos empezar a comernos la una a la otra. Iba todo estupendamente, pero seguía sin entender por qué él seguía allí plantado.

Entonces, la chica se inclinó y me preguntó directamente si había hecho un trío alguna vez. Llevábamos un rato tocando temas un poco subidos de tono, así que, aunque me sorprendió, no me pareció del todo fuera de contexto. Le dije que sí, que lo había hecho una vez. En ese instante, ella le cogió la mano a él, entrelazando los dedos, me miró con un gesto extremadamente sugerente y me soltó si me apetecía hacer uno con ellos esa misma tarde.
Me quedé completamente helada y decidí preguntar de qué iba aquello. Entonces me contó, con total tranquilidad, que ella solía hablar con chicas por Tinder para proponerles un trío con ellos. Me explicaron que eran pareja y tenían una relación abierta, pero que él solo se animaba a tríos con otras chicas, no con chicos, porque la bisexual de la relación era ella. Por eso era ella quien se encargaba de buscar en la app a las chicas que le gustaban para luego proponérselo.
Me quedé a cuadros. Mi excitación se pinchó de golpe, como un globo al que le clavan un alfiler. Me sentía engañada y expuesta a una situación que yo no había aceptado en ningún momento, y así se lo hice saber a ambos. Les solté que eso de engañar a la gente por apps de citas era de ser unos imbéciles, y que deberían decirlo desde el principio en lugar de embaucar a chicas que iban a las citas pensando que solo habían quedado con otra chica.

Lo peor de todo es que me dijeron que no entendían mi reacción, que si no me apetecía solo tenía que decir que no y ya está, sin tanto drama. Vi que, por mucho que les dijese, no iban a darse cuenta de la cagada que habían hecho, así que simplemente me levanté y les dije que se fueran a la mierda. Añadí que, si lo hubieran dicho desde el principio y de cara, les habría dicho que sí encantada, porque ella me había gustado mucho y él me parecía muy guapo. Pero que por muy guapos que fueran ambos, no quería tener absolutamente nada con dos gilipollas manipuladores. Me marché de allí a paso rápido sin dejarles ni contestar.
Nada más alejarme dos calles la bloqueé en WhatsApp y desinstalé la app. Volvería a instalarla más adelante y conocería a una chica increíble que a día de hoy es mi actual novia, pero esa, como suele decirse, es otra historia que contar.