Todo empezó una noche cualquiera de viernes, de esas en las que el plan es salir con el grupo de clase y olvidar un poco la semana de universidad. Nos dirigimos a nuestro pub de confianza, un lugar donde ya conocíamos a todos y donde la cerveza y la música era el pretexto perfecto para soltar tensión. Yo había tenido varias noches de bromas intensas con mi amiga de la carrera, besos que empezaban como un juego y siempre acababan siendo apasionados, ambas compartimos nuestra bisexualidad y la confianza era total.

Esa noche, tras varias cervezas y algunas risas, apareció él, uno de nuestros profesores, joven y recién llegado como docente, pero amigo de mi amiga desde la infancia. Su presencia no alteró el ambiente; al contrario, se unió a nosotras y todo parecía rodar con normalidad. 

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Bailamos, reímos y continuamos con nuestras pequeñas bromas y roces, poco a poco, la tensión empezó a subir, los comentarios subidos de tono se mezclaban con miradas cargadas de deseo, y la química se volvió palpable.

En un momento determinado, él nos agarró de la cintura a las dos y dijo con una mezcla de advertencia y provocación:

—Si os seguís liando así delante de mí, no podré controlarme y os acabaré besando.

Obviamente, no tardamos ni un segundo en reaccionar. Nos dejamos llevar por la tensión y, como prometió, él se unió a nosotras. Lo que empezó como un beso intenso y morboso terminó transformándose en un trío apasionado en pleno bar, nos besábamos los tres, él nos acariciaba los cuerpos, y cada gesto estaba cargado de morbo y complicidad.

Yo vivía a apenas cinco minutos andando, así que no tardé en hacer la sugerencia que sellaría la noche:

—Creo que esta noche vamos a acabar los tres en mi piso, ¿no?

 

La frase fue como música para sus oídos. Cogimos nuestras cosas y nos dirigimos a mi apartamento. Allí, en una cama de apenas 1,05 metros, siguió la fiesta. La intensidad no disminuyó: besos, caricias y sexo compartido que resultó más que agradable, casi mágico. Pasamos la noche juntos y, al amanecer, cada uno volvió a su rutina, dejando atrás la emoción de la noche y el recuerdo de algo que pocas veces se repite.

Días después, mi amiga me aclaró un detalle que no conocía: él estaba comprometido y se casaría pronto, pero al parecer mantenían una relación abierta, así que no hubo drama. Ese dato no cambió nuestra percepción de la noche; simplemente añadió un matiz sorprendente a lo que ya había sido una experiencia intensa y liberadora.

El tiempo siguió su curso y llegó el fin de curso. Era mi último año y me tocó presentar mi Trabajo de Fin de Grado (TFG). Para mi sorpresa, uno de los tres miembros del tribunal era él. El nerviosismo me golpeó de inmediato, pero, por suerte, nuestra experiencia pasada no interfirió en la profesionalidad de ninguno de los dos. Hice un trabajo excelente y él fue un juez justo y correcto; finalmente, mi media los tres miembros del tribunal fue de 9,5 sobre 10. Todo fue profesional, nada se mezcló con la noche que habíamos compartido, y la experiencia quedó registrada en mi memoria como una historia intensa y singular.

Esa noche sigue siendo uno de esos episodios que se recuerdan con incredulidad: una mezcla de deseo, confianza y situaciones inesperadas que se salieron por completo del guion habitual de la universidad. Y aunque el factor sorpresa y la adrenalina fueron enormes, también demostró que, a veces, lo prohibido puede convivir con la profesionalidad y el respeto, dejando un recuerdo que, aunque íntimo y explosivo, nunca interfirió con la realidad cotidiana.

**RELATO EROTICO**

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