Pocas cosas duelen más en esta vida, que le pase algo a tu hijo.
Mi teléfono sonó a las tres de la mañana. Me desperté acelerada y antes de contestar, ya sabía que había pasado algo terrible.
Nadie te llama por nada bueno a esa hora.
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Me llamó mi nuera llorando, avisando de que mi hijo había tenido un accidente con la moto y estaba en el hospital.
En ese momento dejé de escuchar. Ella siguió hablando, pero yo solo pude quedarme paralizada y empezar a llorar. Desperté a mi marido y le dije como pude que nos teníamos que ir.
No era capaz de encontrar nada, ni la ropa, ni las llaves del coche ni mi teléfono. Solo lloraba y temblaba. El suelo parecía moverse bajo mis pies. Le pedí a mi nuera que me enviase la ubicación del hospital y nos fuimos corriendo para allí.
Yo no soy creyente, pero mientras iba hacia allí, me vi suplicando a un Dios en el que no creo, que por favor salvase a mi hijo.
No podía ser, eso no nos podía estar pasando a nosotros. Mi hijo tenía que estar bien.
No podía respirar ni ver bien, las manos me temblaban y tenía náuseas. Creía que me iba a desmayar en cualquier momento y solo necesitaba que alguien me dijera que mi hijo estaba bien.
Me di cuenta que ni siquiera le había preguntado a mi nuera qué le había pasado, si se había roto algo o si estaba consciente. Todo pasó muy rápido y yo solo quería llegar al hospital.
Cuando llegamos, me fui directa a la ventanita y a la que pronuncié el nombre de mi hijo. Me quebré.

Tuve un ataque de pánico o de ansiedad y no fui capaz de seguir hablando. Me sentaron en una silla y empezaron a moverse rápido a mi alrededor. Mi marido les explicó lo que pasaba y ellos me tomaron las constantes y después me dieron una pastilla para tener debajo de la lengua.
Nos pusieron en una habitación a esperar y apareció mi nuera, con los ojos hinchados y vestida casi en pijama. Nos abrazó llorando y nos explicó que estaban operando a mi hijo.
No sabían qué había pasado, pero su moto se había salido de la carretera y había chocado con la mediana. Le habían metido en quirófano de urgencia.
El tiempo se paró y las horas no pasaban. Cada minuto que pasábamos ahí, era más desesperante. Nos recomendaron dormir un poco, pero era imposible. No fuimos capaces de movernos de ahí hasta que apareció un doctor, y nos dijo que mi hijo había superado la operación.
Quise tirarme al suelo llorando y agradecer de rodillas al médico haber salvado a mi hijo, pero solo me quedaron fuerzas para llorar y repetirle gracias mil veces.
El doctor nos explicó que mi hijo había tenido un traumatismo craneoencefálico muy fuerte y que por eso le habían operado. Todo había ido bien, pero mi hijo tenía la cabeza demasiado inflamada y eso le provocaría mucho dolor, así que le habían inducido un coma hasta que bajase toda la hinchazón con las medicinas.
Oír que estaba en coma, me paró el corazón. Los médicos nos tranquilizaron y nos ofrecieron ayuda con una psicóloga del hospital, pero en ese momento no quisimos.
No me dejaron ver a mi hijo hasta unos días después, y creo que esa fue la peor parte de todas. Verle en esa cama, tan magullado, tan inflado y con tanto cable, me dejó el pecho frío.
Los siguientes días no estuve viviendo. Solo sobrevivía esperando una buena noticia. No fui yo misma hasta que él se despertó.
Hace ya más de medio año del accidente y él ha avanzado muchísimo. A penas le van a quedar secuelas, pero podría haber sido fatal.
Durante las semanas siguientes que él volviera a casa. Tuve pesadillas.
Soñaba que el teléfono sonaba y me decían que mi hijo había muerto. Me despertaba gritando y preguntando por mi hijo. Tuve que estar con medicación durante un tiempo.
A día de hoy aun se me acelera el corazón cuando me llaman por teléfono, me da pánico que pueda ser una mala noticia y a veces, hasta me ha costado contestar.
Estamos muy agradecidos de que al final, todo quedase en un susto horrible. Ahora solo me queda superar este miedo.
Anónimo