Reconozco que INTERNET ha sido todo un bombazo para este siglo: La mejor herramienta para TODO, ¿no?

¿O la peor?

Obviando todos los avances y facilidades que nos han aportado, vamos a centrarnos en el mal uso y el abuso de las mismas. Sobre todo en la pequeña infancia, la adolescencia, y sus efectos a largo plazo.

Hoy voy a compartir dos casos concretos de familias que conozco, las cuales han acudido a nuestro centro en búsqueda de apoyo y acompañamiento para salir del bucle. Situaciones que han ido en aumento a raíz (y después) de la pandemia y el confinamiento.

Durante el confinamiento, para que los estudiantes pudieran seguir con su proceso de aprendizaje, se brindaron todas las facilidades para que pudieran hacerlo a través de aplicaciones de forma online. Eso implicó que muchas familias que no tenían acceso o no las utilizaban, se quedaron fuera de juego.

En nuestro centro decidimos repartir los dispositivos necesarios a aquellas familias que más lo necesitaron: Una arma de doble filo. No la utilizaron para estudiar. Además, pudieron tener acceso al gran abanico de posibilidades que ofrece Internet (juegos, vídeos, blogs, etc.) sin ningún control. Al volver en septiembre, muchas familias afirmaron que sus hijos habían focalizado su atención e invertido más tiempo en la tablet o el móvil que en otras actividades que hacían anteriormente (salir a jugar, leer, estar en el comedor, escuchar música o bailar).

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Otros casos que han aparecido en adolescentes o pre-adolescentes es la dependencia y obsesión por el uso de redes sociales e internet (exponiéndose al peligro de tomarlas como ejemplo) y también al juego compulsivo (videojuegos u online) llegando a perder rutinas y hábitos.

En algunas situaciones se ha dado también indicios de violencia y confrontación contra sus familiares al imponerles un límite, volviéndose desafiantes e incontrolables.

 

Estas situaciones más extremas se ha dado en aquellos/as adolescentes que han desarrollado cierta tendencia adictiva hacia las nuevas tecnologías (juegos online, consolas y ordenador, móvil o tablets). Eso no ocurre exclusivamente a partir de «vivir un confinamiento», sino que suele darse a menudo por un abuso y falta de control en edades más tempranas (ya sea por el tiempo que invierten, porque los padres no les acompañan cuando las utilizan o por otros motivos).

Los estudios confirman que el uso apropiado y el acceso a pantallas para cada edad es: NINGUNO para los bebés de entre 0-2 años, entre media hora y una hora al día para los que tengan entre 2-6 años, una hora máximo al día y siempre acompañado por un adulto para los de 7-12 años, y una hora y media a partir de 12 años (sin tener acceso a redes sociales). A partir de los 16 años de esa edad se recomiendan dos horas moderadas y ninguna pantalla en su habitación para evitar excesos y situaciones peligrosas.

 

Ahora seamos sinceros: ¿Quién lo cumple?

Porque confieso que en mi casa (o en mi trabajo o en mi día a día) me lo paso por el forro de los cojones. ¿Lo intentamos? Sí. ¿Pero lo conseguimos? Casi nunca. ¿Por qué? Pues debido al uso habitual que todos ejercemos y a la poco perceptible dependencia al móvil que tenemos, es difícil poder definir un ejemplo a seguir de cara a los más pequeños o influenciables.

¿Quién se pondría a mirar ahora un mapa del estado para llegar de Barcelona a Málaga por autopista teniendo Google Maps? ¿O iría a la estación de tren a por unos horarios? ¿O a la biblioteca a consultar una receta o cualquier información? Tenemos un móvil al alcance de la mano y ahí está todo lo que necesitamos.

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Por eso es necesario que se utilice de forma correcta y auto-imponiendo un límite tanto a nosotros mismos como a los demás.

¿Cuántas os habéis quedado desveladas una hora más con el teléfono sin hacer nada?

Yo antes leía, ahora miro Instagram en bucle. El primer paso es gestionarnos a nosotros mismos y convertirnos en el ejemplo que pretendemos que los demás sigan: Aprender a diferenciar entre un uso saludable y el vicio, tener presente el tiempo que queremos invertir al día y después valorar qué uso le damos realmente: ¿Prefiero ver una serie con mi familia o quedarme en el baño a oscuras leyendo un blog?

Después será necesario concienciarnos de los peligros que esconde Internet en todas sus formas: ¿Queremos que nuestros [email protected] adolescentes tomen [email protected] influencers como ejemplo a seguir? ¿O que confíen que el sexo es tal como se muestra en las películas pornográficas? ¿Queremos que se informen o que se desinformen? Es por eso que cabe remarcar la importancia de la comunicación y confianza, el utilizar pantallas con un acompañamiento del adulto, o conversar sobre lo que se está viendo: ¡Ojo! NO digo que le pongáis un hentai al niño y le digáis que eso es irreal, un poco de cabeza, por favor.

Hablo de enseñarle a ser crítico con la información que está recibiendo, que sepa diferenciar realidad de ficción y poner en valor sus opiniones.

Llegada la edad incluso que conozca qué es la Deep Web y la Dark Web, del mal uso que puede llegar a hacerse y de los engaños que existen en la red (estafas, mentiras, bullying, maltrato y engaños).

Cuando consigamos esto podremos habremos puesto los límites necesarios desde más pequeños (empezando por un “prefieres jugar media hora con el móvil o que veamos un capítulo después?”) y poco a poco iremos evitando futuras situaciones de riesgo. Un niño que sabe utilizar internet con control, será un adolescente crítico. Y un adolescente crítico, será un adulto independiente.

 

Moreiona