Se acerca peligrosamente septiembre y no puedo evitar sentir cómo se me encoje el estómago.

Mi hijo mayor empieza el instituto, mi hija pequeña necesitará libros este año, el mediano seguirá en la línea del año pasado (que no es poco) y los tres han metido un estirón tan grande este verano que no sé en qué momento los he regado tanto y han hecho la fotosíntesis, pero prácticamente nada de lo del año pasado les valdrá cuando se extingan los pantalones cortos y vuelva la lluvia.
Sé que tengo suerte y podemos optar a bolsas de libros de préstamo, pero aun así la sangría en libros este curso será interesante, pues el mayor tiene muchas más asignaturas y el préstamo no cubre el total. Nadie sabe para qué necesita libro una niña de 4 años, pero he oído a madres que en otros colegios gastan tanto en libros de la etapa de infantil como de primaria. No lo entiendo.
Las editoriales tienen que vender, lo sé, pero hay cosas que se me escapan.
Septiembre es el mes que marca la diferencia de clases más claramente. Las familias que viven con ilusión las compras masivas de ropa, de material, que pueden comprar cada año nuevas mochilas de marca. Esas sí pueden ser clase media. Pero si, como nosotros, cruzas los dedos para que la cremallera de la mochila de hace 3 años pueda tener arreglo, si los pantalones del mayor todavía se ven ponibles para el mediano y sudas al ver que a la niña no le vale el mandil del año pasado; lo siento amiga, eres clase obrera.

Nos han engañado muchos años hablando de clases mal clasificadas para que defendiéramos los intereses económicos de “nuestra clase”. Pero es una a la que la mayoría no pertenecemos, es algo ficticio y engañoso. Y septiembre, en una familia numerosa, es un mes difícil para la clase obrera.
Supongo que muchas estaréis pensando ese clásico “pues no haberlos tenido”. Seguiré sin responder esos ataques. Yo no pretendo que nadie crie a mis hijos, que nadie les regale nada ni a mí por haberlos tenido. Solamente pretendo un sistema público justo y equitativo. Que si necesitamos criaturas que paguen nuestras pensiones en el futuro, que no se lo pongamos tan difícil en su niñez, señalando desde el inicio al que no puede permitirse un septiembre de ilusión y estreno.
Se viene un mes complicado y no sé cómo lo afrontaremos, pero sé que saldremos adelante y que ellos sentirán la ilusión de estrenar (dentro de las posibilidades que podamos permitirnos) y que nosotros, los adultos, apretaremos todo lo posible para que ellos no sientan nuestro agobio.
Luego llega octubre, el de las extraescolares. Que sí, que yo tampoco podía ir “y no me pasó nada”, pero creo que no soy la única que pretende que sus hijos no sean unos autómatas y que puedan explorar sus intereses en nuevos círculos sociales.
Todo es complejo, la vida de hoy no está pensada para las familias, pero seguiremos buscando un mundo más justo y que cuando ellos crezcan, no sientan el miedo que nosotros sentimos a veces.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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