Yo antes era la peor enferma del mundo. Una mísera décima por encima de 37º y ya estaba medio muriéndome tirada en el sofá. Era la típica que lo pillaba todo. Llegaba el frío y no me deshacía de los mocos y los catarros.

Además, me encantaba hacerme un poco la víctima y que me mimaran. Lo admito: yo era de las que exageraban hasta un dolor de garganta solo para que me pusieran una manta por encima o me trajeran un caldo calentito. Disfrutaba ese papel de pobre criatura indefensa, ser el centro de atención, ese “ay, tú descansa que ya lo hago yo”. Era mi pequeño placer culpable.

Pero llegó la maternidad. Y, de repente, enfermar dejó de ser una opción. No es que ya no me ponga mala porque haya desarrollado algún tipo de anticuerpos inmunes a los virus. Es que ahora cuando enfermo no puedo permitirme el lujo que estar tirada en el sillón de mi casa.

Puedo estar con fiebre, vómitos, diarrea, migraña o una regla criminal, y aun así sigo funcionando. Hago desayunos, preparo mochilas, recojo juguetes del suelo y reviso agendas escolares como si nada. Da igual lo que me pase por dentro: por fuera mantengo la maquinaria en marcha porque cuando eres madre no queda otra.

Ser madre es renunciar al derecho universal de enfermar. No por heroicidad ni por querer presumir de resistencia, sino porque la vida no se detiene cuando tú estás hecha polvo. Los niños, esos seres egoístas y caprichosos, no van a dejar de ser hiperactivos para que tú descanses una tarde porque tienes un catarrazo.

La maternidad te convierte en ese ser extraño casi superpoderoso que hace malabares entre su propio malestar y las necesidades de los demás.

 

Y si no, que se lo digan a mi yo de hace unos años. Pillé una gastroenteritis de las gordas, de esas que no te dejan levantar del retrete y que te provocan unos dolores de barriga mortales. Para más inri, estaba embarazada de mi segundo hijo, con la tripa ya enorme y con un dolor tan intenso que llegué a temer que pudiera ser algo más serio. Aún era pronto para ponerme de parto, pero preferí ir a urgencias para confirmar que era solo una gastroenteritis y que el bebé estaba bien.

Yo me levanté aquella mañana hecha un guiñapo, pero aun así desperté a mi hijo mayor, le preparé el desayuno, lo vestí, le puse el abrigo y lo llevé al colegio. Todo eso con sudores fríos, contracciones falsas y un dolor que me hacía plantearme si estaba de parto.

Después de dejarlo en el cole, me fui directa al hospital… en metro. Porque no tengo coche. Y porque estaba sola: mi marido trabajando, mis padres en otra ciudad y, sinceramente, la única forma de no meterme a mi hijo de tres años en unas urgencias conmigo era aparentar normalidad, dejarlo en el colegio y rezar para no cagarme encima de camino al hospital.

Al final no estaba de parto. Como yo sospechaba, era un virus estomacal. Me pusieron suero, me dieron un analgésico y me dio tiempo a volver a recoger a mi hijo a la salida del colegio.

Otra vez me pasó que mis dos hijos y yo nos pusimos malísimos. Fuimos a comer a un restaurante y nos debimos de intoxicar con algo que comimos. Ellos vomitando y yo recogiendo los vómitos y poniendo lavadoras de sábanas vomitadas. Estás que se te escapa el bazo por la boca y lo único que oyes es “¡mamáááá me duele la tripa!” veinte veces por minuto.

Y lo peor es que esta capacidad de aguante se normaliza. Te sorprendes a ti misma funcionando con un nivel de dolor o malestar que, antes de tener hijos, te habría dejado inmóvil y metida en la cama mínimo tres días. Ahora te pones una mano en la frente, notas fiebre y, en lugar de meterte en la cama, piensas: “Puedo sobrevivir hasta que acueste a los niños”.
Y que conste que no es fortaleza: eso es supervivencia pura.

 

La fantasía de enfermar tranquila

A veces fantaseo con la idea de caer enferma y meterme en la cama un día entero. Solo uno. Cerrar la puerta, dormir, sudar la fiebre, beber agua, ver una serie, de esas que he visto 50 mil veces, y dejar que el cuerpo descanse. Es un deseo que suena tan simple pero tan imposible cuando eres madre…

Que te cuiden a ti en lugar de ser tú la que cuida a otros. Lo más curioso es que, cuando estoy enferma, mi mente viaja al pasado. Me acuerdo de cuando era niña y mi madre me preparaba sopa de estrellitas, que era la que más me gustaba, venía a mi habitación a ver como estaba, me tocaba la frente con la mano fresquita y me preguntaba si quería ver la tele desde la cama. Ese gesto, tan simple y tan tierno, me hacía sentir importante, como si mi malestar mereciera atención exclusiva.

Me ponía el termómetro, me arropaba bien fuerte y me dejaba dormir con la puerta entreabierta para escucharme si la llamaba. Y yo me sentía segura, protegida, acompañada. Supongo que ahora, que me toca a mí hacer el papel de madre, valoro tanto a la mía. Ahora entiendo por qué ella nunca se ponía mala, por qué nunca se quejaba. Siempre cuidó de todos nosotros, y nosotros jamás cuidábamos de ella.

Al final, las madres no somos superwomans. Merecemos poder enfermar como seres humanos normales. Merecemos poder bajar la guardia y meternos en la cama a descansar. Porque si una madre no se cuida, todo lo que sostiene acaba tambaleándose.