Existe un mantra que repetimos las madres con más de un hijo como si fuera una verdad inquebrantable: “Yo quiero a todos mis hijos por igual”
Canal de mamis en whatsapp, vente!
Pues perdonadme que os diga, pero no me lo creo. Todas tenemos a nuestro ojito derecho. Y la que dice que no lo tiene, miente.
Y antes de ser madre, he sido hija, y en mi casa el favorito de mi madre siempre ha sido mi hermano, aunque ella lo niegue. Que también os digo, yo soy la niña mimada de mi padre.
Igual que se tiene una abuela favorita (la mía es mi abuela paterna), una tía favorita o un primo con el que siempre has tenido más afinidad y lo consideras casi tu hermano, pues también se puede tener un hijo que sea tu debilidad. Y no pasa nada.
Hay que ser realistas y las madres, antes que madres, somos personas. Somos imperfectas, cometemos errores, tenemos nuestros gustos y nuestras preferencias. Y si todas fuéramos completamente honestas, si nos quitáramos la capa de súper-madre-ejemplar y nos permitiéramos un momentito de sinceridad, tendríamos que admitir que todas tenemos un hijo preferido.

No significa querer más a uno que a otro. Yo amo a mis dos hijos con locura. Va de afinidad, de química, de compatibilidad de caracteres, de puro instinto.
A mí me pasa una cosa muy curiosa y es que, depende del día, me cae mejor uno de mis hijos. Hay momentos en los que conectas más con uno. Días en los que el pequeño te ha montado el pollo porque le has quitado la tapa al yogur, o le has pelado el plátano, y entonces prefieres al mayor.
O días en los que el mayor te desafía, te vacila o te contestas y en ese momento miras con ojitos tiernos al pequeño que aún apenas habla, Son días en los que uno te desespera y el otro te enternece. Así que también puede ocurrir que, según el momento, el niño de tus ojos sea uno y no el otro.
Cada hijo viene con su propia personalidad, y por lo tanto, con su propio nivel de compatibilidad contigo. Hay hijos que parecen fotocopias de uno de los progenitores, que físicamente son iguales que su padre o su madre, y de forma de ser, muchas veces también.
Yo, por ejemplo, tengo un hijo que es mi clon: entienden mis bromas (porque el sentido del humor es hereditario, lo descubrí con mi hijo), reacciona como yo lo haría ante ciertas situaciones, es responsable, inteligente, y muy sociable. Es que lo veo y pienso “así era yo de pequeña”. Tiene hasta las mismas manía que yo.

Por otro lado, hay críos que son absolutamente maravillosos, pero que parecen haber salido de un laboratorio donde decidieron experimentar con los genes. Poseen lo mejor de cada casa, parecen que han cogido todos los defectos del padre, los han combinado con los de la madre y han creado una criatura perfecta, capaz de volver locos a ambos progenitores.
Por lógica, el preferido siempre va a ser el que no da problemas, el que se porta bien, el que trae buenas notas… ¡Pues no! El favorito suele ser ese que te remueve, que te desafía, que te obliga a estar más pendiente. El que te necesita de una forma distinta. El que, por algún motivo inexplicable, te despierta un instinto protector todavía más exagerado.
Las madres tenemos un fuerte instinto de protección, y si uno de tus hijos es más vulnerable, a ese es al que vas a proteger de este mundo cruel.

Y ahora que soy madre, soy consciente de que esto no es justo. Que la madre siempre va a mirar más por el hijo que es una bala perdida, porque el otro es más independiente, más responsable y puede sólo con todo. Pero ese hijo a veces también necesita ayuda. A veces necesita caer y que la mano de su madre esté allí para levantarlo.
El problema viene cuando favoreces a uno por encima de sus hermanos. Una cosa es sentirte más unida a uno de tus hijos y otra muy distinta es coronar a uno como el rey de la casa, y hacer desprecios y feos a los otros. Suena fuerte, pero pasa mucho. Es un rasgo muy característico de las madres narcisistas: siente devoción por uno de sus hijos, al que consideren perfecto, mientras machacan al resto con constantes reproches.
Lo que está claro es que las relaciones humanas son complejas, que la maternidad también es aceptar que no conectas igual con todas las personas, ni siquiera con las que has parido.