Las mamis alfa son una bendición y una condena. Por un lado, llevan la iniciativa, proponen y tiran del carro, de manera que las más retraídas o faltas de tiempo se acomodan. Por el otro, con frecuencia se acostumbran a llevar la voz cantante, se toman como ataques personales otras opiniones o sugerencias de cambio y se vuelven un poco tiranas. Para entonces, ya han hecho su camarilla de madres y tú o estás dentro o estás fuera, repudiada y criticada.

Sabéis de qué madres hablo, ¿no? Esas carismáticas y estupendas a las que siempre les gusta recalcar cómo hacen ellas las cosas con sus hijos. Dentro de este grupo, está el subtipo de la perfecta que lo hace todo mejor que nadie y no da ni un poquito de “chance”: si tú una mañana puedes presumir de algo, ella lo lleva el doble de mejor al día siguiente. Son competitivas hasta el extremo.

Preparando la fiesta final

Mi hijo se iba a despedir de la etapa de Educación Infantil para entrar en Primaria, así que las madres estaban especialmente entusiasmadas con la fiesta final de curso. Hablo en femenino porque, en el grupo de WhatsApp, solo hay dos hombres. Los roles, amigas.

Envidio a los grupos en los que son las maestras quienes llevan la iniciativa, ensayan cualquier bailecito con los niños y nos dicen cómo los tenemos que vestir. Otras veces están sobrepasadas o, simplemente, no es una tarea que quieran asumir, porque no es su obligación. En ese caso, ceden la iniciativa a las madres y, automáticamente, cogen la vara de mando las mamás alfa.

Esos días no hay quien entre en el grupo de WhatsApp. Cada vez que lo haces, más de 200 mensajes fijo, no falla. Yo solo puedo escanear con los ojos e intentar que no se me quede atrás ningún mensaje importante. A más, lamentablemente, no puedo llegar.

Alguien sugirió una canción que a todo el mundo le pareció bien. Era “La bamba”, nada especial, pero todo el mundo convino que cualquier canción quedaría bien con niños de 5 años tan graciosos y adorables. OK, siguiente paso.

Luego llegó la hora del vestuario y ahí fue cuando se formó. La madre que estaba llevando la voz cantante ya había decidido música, local de ensayo y horarios, así que se sintió libre y segura para proponer vestuario: para las niñas, una faldita rosa de tul con muchísimo vuelo; para los niños, cualquier camiseta blanca que tuviéramos por casa y unos vaqueros, sin más. Ella quería que su niña se luciese en la fiesta fin de una etapa, como en cualquier otra fiesta.

Alguna madre experta en no complicarse la vida puso que vale. Entre las demás se hizo el silencio. Yo soy mamá de uno esos niños que tenía que bailar con una camiseta vieja, así que, al par de horas, escribí:

Creo que deberíamos pensar un vestuario más equilibrado entre niños y niñas. Las niñas ya pueden ir vestidas de princesita en cualquier otro momento del año”.

Cerré la app y, cuando pude volver a abrirla, había más de 400 mensajes. La mamá líder había escrito un testamento de varias líneas que parecía general, pero que iba dirigido a mí. Decía que le parecía mal que hubiera gente que solo hablara para tirar por tierra las ideas de los demás, sin proponer nada, y que no eran las formas. Que ella no tenía intención de que su hija se luciera más que ningún otro niño o niña de la clase, que solo intentó proponer algo económico, que había interpretado tono de reproche en mis palabras…

Su tocho tenía los cuatro o cinco corazones de su camarilla, por supuesto. El resto eran madres intentando mediar y proponiendo otras ideas.

El día de la fiesta

Por fin llegó el día de la fiesta. Adiós a las prisas del colegio y a las mamás alfas que se pican. Da mucha pena que los adultos pocas veces aprendamos algo de los niños, la verdad. Entre las madres de mi clase hay tensiones y piques, pero ellos, según la maestra, son una piña. Todos, niños y niñas. Se llevan estupendamente, les encanta estar juntos y van todos a todos los cumpleaños.

El ayuntamiento de mi localidad cedió un espacio público para que, el colegio que quisiera, celebrara allí su fiesta en una fecha que cuadrara con los otros coles. Llegamos a aquel recinto precioso y abarrotado de niños de todos los cursos, padres, madres, tíos, tías, abuelos, abuelas…

Mi hijo llegó con el atuendo que se decidió finalmente: una camisetita con corbata incorporada que compramos en una tienda local, bonita y barata. Cuando vio el percal, se quedó mirando a la muchedumbre y dijo:

—Yo no bailo.

Él siempre ha tenido las ideas claras, y un no es un no.

—Obligatorio no es. Si no quieres bailar, no bailes.

Nuestros familiares cercanos estaban ya en camino, pero él nos pidió ir “a casa o a un bar” y nos largamos de allí sin llegar siquiera adonde estaba el resto de su grupo, madres incluidas. Supongo que vieron cómo nos dábamos la vuelta y nos íbamos por donde habíamos llegado, pero nadie nos hizo un solo comentario.

Mi hijo sabe que, igual que debe cumplir unas normas, tiene gustos y preferencias que merecen respeto. Aquel día le quedó claro, así que creo que sí nos quedó un final de etapa especial. Sé que el resto de niños disfrutó. Cómo lo vivieran las mamás alfas, la verdad, ni lo sé ni me importa.

 

 

[Texto escrito por una colaboradora a partir de un testimonio real]