He intentado por todos los medios, incluso yendo a terapia, no ser tan perfeccionista ni tan exigente conmigo misma. Sé que esto os sonará a cliché como la copa de un pino, pero es la realidad; no soy capaz de dejar las cosas a medias y cuando hago algo tiene que quedar perfecto, porque si no, me entra la neura y me dan las siete males. Por eso siempre me ha dado cierta envidia la gente despreocupada, esas personas que dejan las cosas para después con toda la calma del mundo y san se acabó. Mi ex era una de esas personas.
Bueno, eso no es del todo cierto. Mi ex no era despreocupado, era un caradura y yo una imbécil. Estábamos en la universidad y aunque estudiábamos carreras diferentes, ambas guardaban bastante relación, así que algunas veces le echaba un cable. Yo le quería mucho pero no era un lumbreras precisamente, sus notas eran muy normalitas y suspendía con bastante frecuencia. Cómo no iba a hacerlo, si se pasaba los días de fiesta en fiesta. Más que nada estudiaba por callar la boca a sus padres y no tener que ponerse a trabajar, no porque realmente le gustara. Por aquel entonces, se dedicaba a currar en el mundo de la noche como relaciones públicas. Siempre había querido ser representante de dj’s, porque el tío no era muy listo, pero tenía bastante poder de convicción y mucha labia. Y si no, que me lo digan a mí.
Todo empezó un día, cuando me pidió que leyera un trabajo para una asignatura que yo dominaba. Cuando me puse a leer aquellas páginas y vi el millón y medio de faltas de ortografía casi me da algo. Sin que él me lo pidiera, me puse a corregir aquel despropósito y supongo que el tío debió cogerle el gusto, porque desde entonces no hubo trabajo que no me pasara antes de entregarlo. En ese momento yo no veía nada de malo en ayudar a mi chico, porque a mí me gustaba hacerlo y no me costaba nada. Lo que no sabía era que de esta forma, estaba acostumbrando muy mal a una persona con mucho morro y cero ganas de aprender, era como maleducar a un niño ya mimado de por sí.
El curso continuó y cuando llegaron los exámenes me empecé a agobiar como de costumbre, porque quería que todo saliera perfecto. Dedicaba mucho tiempo a mis estudios y redactaba mis entregas como si me fuera la vida en ello. Mientras tanto, él seguía a lo suyo, de fiesta en fiesta, porque según él, «estaba muy concentrado en su trabajo» y si quería montar su propio negocio nocturno, tenía que «salir y hacer contactos». Como si fuera Amancio Ortega. Como os decía, yo le quería y no era capaz de ver la realidad: aquel tío era un fiestero que pasaba de todo y lo único que quería en esta vida era pasárselo bien, aunque para ello me tuviera que utilizar.
Fue entonces cuando me pidió directamente que le hiciera los trabajos. No me lo pidió tal cual, todo fue bastante más sutil. Me dijo que yo era mucho más inteligente que él, que él sólo era un zoquete y que no iba a aprobar, que sus padres le iban a obligar a dejar los estudios si no lo hacía y que nadie comprendía su sueño de ser lo más de lo más dentro del mundo de la noche y las fiestas. A mí me dio pena y como aquel día no tenía nada que hacer, le terminé de redactar un trabajo mientras él salía por ahí. Después de aquel, vino otro y luego otro. Y así fue como terminé metiéndome hasta el cuello de mierda, sacándole las castañas del fuego una y otra vez. Lo peor de todo es que le sacaba notazas y el tío iba presumiendo por ahí.
Ya os he dicho que yo era un imbécil, me sentía genial ayudándole, pensaba que de aquella forma me iba a querer mucho más. Pero un día que mis trabajos se empezaron a acumular por hacer los suyos, le dije que no podía ayudarle y me montó la de dios. Me acusó de mala novia, de no querer que aprobara, de hacerlo aposta para que no pudiera trabajar y tener que ser un pringado más como lo era yo. Una pringada, así es como me veía. En ese momento abrí los ojos y me planté, le dije que ya le había ayudado bastante y que prácticamente era yo quien se había sacado su carrera y la mía. En lugar de quedarse en casa haciendo el trabajo, se fue de fiesta igualmente. Supongo que esperaba que, como siempre, me diera pena y terminase cediendo, pero no lo hice.
¿Queréis saber lo peor de todo? Que no fui yo quien le dejó a él, sino que fue él quien me dejó a mí. A los pocos días, cuando yo me estaba preparando por poner fin a lo nuestro, él se me adelantó. ¿Las razones? No le dejaba ser él mismo y además, necesitaba a alguien a su lado que fuese del mismo rollo. Tócate un pie.
Mar Martín.
