Esta es la típica historia que nunca jamás piensas que te va a pasar a ti.

Llevaba dos años y pico con mi novio. Nos fuimos a vivir juntos hace tres o cuatro meses y todo marchaba genial. Todo menos las típicas cosas de la convivencia, que no tenían mucha importancia, pero cabe destacar que una de las más importantes tenía que ver con la tele y el fútbol.

Yo odio el fútbol y a él le encanta, así que hemos tenido muchas discusiones por ese tema. En dos años él no ha conseguido más que que lo deteste todavía más, y yo solo he conseguido que quiera ver todos los partidos que se celebran en el mundo, porque ya le da exactamente igual quien juegue. Bueno, igual del todo no, claro.

Es fanático de nuestro equipo local, prefiero no decir cuál, y cuando juega este equipo, él pierde los papeles del todo, grita como un energúmeno, insulta al árbitro, en fin, odioso.

Uno de los jugadores de este equipo es cliente del Spa en el que trabajo yo. Lo conocí hace medio año aproximadamente, sin saber quién era.

Yo cada vez que venía hablaba con él, porque es un tío súper agradable, hasta que un día vi como una clienta le pedía un autógrafo para su hijo. Cuando se fue, le pregunté con mucha vergüenza a ver quién era, y me dijo su nombre y que era jugador titular del equipo local.

 

Me dediqué a buscarlo en internet y mirar fotos suyas el resto del día, y esto no hizo más que alimentar el morbo, claro. La siguiente vez que vino yo ya lo veía de otra manera, totalmente idealizado. Me parecía todavía más majo, todavía más humilde, todavía más guapo, teniendo en cuenta que mi idea de futbolista “famoso” es un imbécil, hortera y prepotente.

Se lo conté a mi novio, solo la parte de que este chico era cliente del Spa, claro, omití la parte de que se me caía la baba cada vez que le veía aparecer con el albornoz blanco que yo misma le había entregado.

A la vez me sentía muy rara, porque de verdad que el prototipo de futbolista nunca me había resultado nada atractivo. Mi novio se vino muy arriba y me pidió que le llevara su camiseta para que la firmase. Yo me resistí pero vi que se iba a enfadar si no lo hacía, así que lo hice, pero en vez de decirle que era para mi novio, le dije que era para mi hermano.

Y coge y encima de la firma escribió: Para Raúl (y su hermana Sofía), y se fue riéndose. Vamos, que se olió lo que había, totalmente. Yo, muerta de vergüenza y agobiada porque lógicamente no podía volver con esa camiseta a casa, me fui a la tienda oficial del equipo y compré una nueva. Y sí, lo hice. Copié la letra, copié la firma, y se la di a mi novio con todo mi papo.

El tío volvió al día siguiente, creo, no perdió el tiempo. Tenía clarísimo que me gustaba y me dijo a ver a qué hora salía, a lo que yo no pude resistirme y le dije que a las 10 con una sonrisa que dejaba clarísimo que estaba abierta a propuestas.

Fuimos directamente a un hotel en las afueras, a cenar y a la cama, para qué perder el tiempo.

Primero entró él y pidió dos tarjetas, luego salió y me dio una, y al rato entré yo. Me imagino que esta gente tiene estas cosas súper controladas, y a mí también venía bien el anonimato. Lo pasamos muy bien, quizá no fue para tanto, es lo que tiene cuando idealizas mucho a alguien famoso, pero me queda buen recuerdo. Ambos tuvimos claro en todo momento que era una sola vez, así que todos de acuerdo. Todos menos mi novio, que no sospecha nada cada vez que me ve quejarme al poner en la tele un partido del equipo local.

Anónimo.