La semana que viene mi hijo cumple dieciséis años. La adolescencia está siendo muy dura.
Antes mi niño contaba conmigo para todo. Me explicaba lo que le preocupaba y pedía mi opinión para tomar decisiones.
Pero conforme entraba en la adolescencia, se iba alejando de mí. Cada vez hablamos menos, no busca mi compañía ni mi consejo y a casi todo contesta con un gruñido. Sé que es un proceso normal. Yo también pasé por él, aunque creo que en mi caso no fue tan exagerado.
Pero he de reconocer que me duele haber perdido a mi niño.
Para volver a conectar con él, se me ocurrió la maravillosa idea de montarle una fiesta sorpresa por su dieciséis cumpleaños.
He preparado la comida que le gusta. Encargué un pastel con temática de su serie favorita que me costó una pasta. He invitado a toda la familia a comer a casa. Y le hemos comprado la videoconsola que tanto quiere, pero que es cara del copón. Incluso tengo tubos de confeti para cuando haga la entrada y he hecho una lista de reproducción con sus canciones favoritas, esas que últimamente escucha y que me hacen doler los oídos, pero oye, es su fiesta y quiero que él la disfrute.
Y he organizado la fiesta una semana antes de su cumple, para que no sospeche nada. Yo creo que los dieciséis bien valen una fiesta sorpresa, ¿no? Mi marido opina que le estoy dando demasiada importancia, pero quiero que mi hijo vea que puede seguir contando con su madre.
De señuelo, le he pedido a un sobrino mío —con el que se lleva muy bien y son de edades parecidas— que lo convenza para ir a dar una vuelta y que luego vengan a casa, con la excusa de darme algo de parte de su madre.
Lo he preparado todo durante tanto tiempo que no creo que haya dejado nada al azar.
Mi sobrino me envía un WhatsApp diciéndome que ya vienen para casa. Toda la familia ya ha llegado y se ha escondido. Corremos las cortinas, apagamos las luces y esperamos en silencio.
Y mi hijo hace su entrada triunfal. Enciende la luz, todos gritamos “¡Sorpresa!”, mientras salimos de nuestros escondites y disparamos los tubos de confeti por encima de su cabeza.
Encendemos la música y nos dirigimos hacia él para abrazarle y besarle. Nos mira con una cara de alucine total. Bueno, lo hemos conseguido sorprender y me siento súper orgullosa. Se deja abrazar y besar aunque no es muy efusivo devolviendo cariño.
Y entonces suelta la bomba:
Que oye, que muchas gracias por haberle montado la fiesta y tal, y que se alegra de ver a la familia, pero que él ya ha quedado. Que lo siente mucho, pero que se va a duchar y a cambiarse y que se tiene que ir, que ha quedado con los colegas para celebrar su cumple. Que la semana que viene no pueden y lo hacen esta. Y claro: que cómo les va a hacer ese feo a los amigos. Que si hubiese sabido lo de la fiesta sorpresa, no habría quedado, pero como nadie se lo había dicho (es lo que tienen las sorpresas)… Y se mete para dentro, a ducharse.
La familia me mira con cara de no entender nada y yo me dejo caer rendida en una silla, derrotada de nuevo por la puta adolescencia.
Bueno, familia, no vamos a dejar que la comida se desperdicie, ¿no? Todo el mundo a comer.
Pero antes mi marido tiene el buen gusto de cambiar el hilo musical.
