Queridos hombres del mundo, por muy tentadora que pueda resultaros la idea de que las mujeres somos esos seres delicados e ingenuos a los que debéis guiar continuamente en la vida con esa extraordinaria sabiduría innata vuestra, dejadme que sólo por esta vez, intercambiemos los papeles y sea yo, quien, en nombre de todas las mujeres os de un consejito que en realidad ninguno de vosotros ha pedido. No hace falta que nos empujéis la cabeza cuando os sacamos brillo al sable, aunque pueda sorprenderos, todas conocemos el camino y no necesitamos vuestra ayuda. Gracias.
Vaya por delante que soy una fan total y absoluta del sexo oral y que me vuelve loca ver cómo un tío se retuerce de placer gracias a esta boquita que dios me ha dado pero en serio, amigos… cuánto daño ha hecho el porno. Estoy segura de que si nosotras nos dedicásemos a intentar incrustaros el whopper contra la cara cuando estáis amorrados a la frambuesa como si aquello fuera una tarta que os quisiéramos estampar en vuestra linda carita de cumpleañeros, a más de uno se le quitaba la tontería. Lo peor de todo es que no se trata de uno o dos casos aislados, yo por desgracia me las he tenido que ver en varias ocasiones (demasiadas) con este especimen masculino al que le parece sumamente fascinante empujar mi cabeza hasta sacarme el nepe por el lagrimal.

Ojo, que si a alguna de vosotras el rollo arcadas de la muerte os pone más calientes que la tetera de una sorda, me parece perfecto. Pero chica, qué quieres que te diga, a mí nunca me ha gustado que me metan prisas comiendo. Y si no, que se lo digan al último empujacabezas con el que me topé hace algún tiempo.
Nos habíamos liado varias veces y aquella noche, como tantas otras, me dispuse a bajar al pilón porque lo cierto es que siempre me ha gustado ese chute de poderío que me entra cuando les tengo cogidos por las pelotas. Y nunca mejor dicho. Ahí estaba yo, tan tranquila, a lo mío, cuando de repente el tío en cuestión empezó a empujarme la cabeza hacia abajo cada vez más fuerte.
En aquel momento, se me cortó el rollo y le dije que me dejara a mí o que simplemente me dijera que lo quería más rápido, pero que no hacía ninguna falta que me empujase la cabeza contra su ciruelo como si estuviera botando un balón porque si lo que buscaba era que le vomitase encima lo estaba haciendo muy bien.
¿Me hizo caso? Pues claro que no. Al principio se disculpó y yo volví a mis cosas, pero si por algo se caracteriza el hombre empujacabezas es por su insistencia, así que al rato ya estaba otra vez el tío empecinado en asfixiarme con aquello y yo con un cabreo de tres pares de narices. El que avisa no es traidor, así cuando llegó la siguiente acometida y con ella, una arcada de órdago, noté como me subía hasta la primera papilla a la garganta.
¡Ay dios, ay dios! Me saqué aquello de la boca corriendo y me aparté todo lo rápido que pude, pero no lo suficiente; vomité por todas partes: la cama, las sábanas, el nepe, parte de su estómago… Puse todo perdido. Mi cara era un poema pero la suya era para enmarcarla. Se quedó muy quieto (ahora sí, ¿no?) con los ojos muy abiertos y con una mezcla de sorpresa y asco pintada en la cara, sin saber muy bien qué hacer.

Los primeros segundos fueron muy vergonzosos para mí, pero lo cierto es que, quitando el malestar físico, después me sentí muy bien conmigo misma y le solté: esto es lo que pasa cuando te empeñas en atragantar a una chica con el pito como si te fuera la vida en ello.
¡Digo! No iba a dejar que me hiciera sentir vergüenza por haber echado la papa por todas partes cuando llevaba avisándole media hora de lo que iba a pasar, ¿qué esperaba que saliera de ahí? ¿confeti?
Él se disculpó de inmediato pero en el fondo sé que pensaba «qué puto asco todo, lárgate de aquí». Y eso es lo que hice después de que se duchara mientras yo le ayudaba a limpiar todo aquello y ventilaba la habitación. Sobra decir que aquella fue la última vez que nos vimos.
Nunca entenderé por qué lo hacen. ¿Es por quitarnos la sensación de dominio a nosotras? ¿Les molesta que tengamos el control aunque sea en ese único momento y necesitan reafirmar su hombría a base de pollazos? Sea como fuere, al menos este tío se lo va a pensar mucho la próxima vez que tenga a una mujer entre sus piernas. Mar Martín.