He escuchado a muchas de las familias que conozco quejarse de los grupos de WhatsApp del cole de sus hijos. Que si se preguntan tonterías como si fueran asuntos de vida o muerte, que si están sonando notificaciones constantemente… Parecía que nadie estaba contento con sus grupos cuando yo entré en uno y me eché a temblar. Sin embargo, os puedo prometer que es un grupo muy útil donde solamente se hablan de cosas importantes en momentos puntuales y todas las familias tenemos muy buen trato entre todas. Después de un par de años, mezclaron las aulas al pasar de ciclo y el grupo fue dejando de ser útil, por lo que solamente se habla cuando se trata de un evento del cole o si alguien tiene un problema importante.

Entonces se creó otro grupo con la clase de mi otro niño y parecía seguir la línea del anterior. Era un grupo donde se hablaba del regalo de la profe, de la quedada en el parque para fin de curso, de las excursiones… Entonces se mezclaron las clases de nuevo y siguió quedando este grupo para eventos, como el del mayor, por lo que apenas sonaba una vez al mes. Cuando un día, como cualquier otro en que, en principio no había pasado nada, una mamá del grupo empezó a mandar los típicos enlaces de redes sociales de “Las diez mejores frases del principito”, “Las afirmaciones que tu hijo debe oír al menos una vez en la vida” y otros pocos más en la misma línea.
Como pasa siempre que se envían enlaces similares, habrá quien lo mire y de Like, habrá quien lo mire y siga con su vida, habrá quien ni siquiera lo abra… Lo normal, sobre todo en un grupo tan grande y con personas tan diferentes. Pero después de un rato de haber enviado estos enlaces, esta misma mamá escribió un mensaje totalmente lapidario que sería el inicio de una batalla campal encarnizada sin sentido.
Decía: “Os he mandado estos enlaces para que algunas sepáis por dónde empezar a enseñar valores en casa. Supongo que precisamente quien más lo necesita seréis las primeras en ignorar estos mensajes, pero al menos no se puede decir que no lo he intentado”.
Yo estaba saliendo del súper con mis tres criaturas, una tarea que no me permite seguir una conversación de WhatsApp (a veces no me permite siquiera salir de ese lugar con la dignidad intacta), así que, sabiendo que la niña de esa persona ya no estaba en el aula del mío y esperando que no tuviera que ver conmigo, decidí posponer el leer el resto de los mensajes a llegar a casa y hacerme unas palomitas, porque se venía culebrón.

Y así fue. Tardé unos 30 minutos en poder coger mi teléfono de nuevo entre llegar a casa, acomodar a los niños y guardar los productos refrigerados. Me hice una infusión y abrí ese grupo que echaba humo. Más de 150 mensajes sin leer, varios de ellos audios, os hacéis una idea.
La primera en contestar quiso ser pacifista y dijo “Me han gustado mucho los enlaces, no creo que fuera acertada tu forma de expresarte después, pero prefiero pensar que lo haces con buena intención. En caso de que no sea así y tengas algún problema con alguien del grupo te recomiendo que lo hables con esa o esas personas por privado.” Asentí con la cabeza a modo de aprobación porque me pareció muy conciliador por su parte, mucha asertividad y sinceridad, muy correcto. Pero la respuesta fue casi inmediata. Un audio de casi 4 minutos de la autora de la disputa en el que le agradecía su respuesta y le aclaraba que obviamente no iba por ella pero que había muchas familias que estaban dejando que sus hijos se criasen sin saber lo que era la empatía ni la moral y que estaba harta de que a su hija se le dijesen cosas inapropiadas por la falta de educación de sus compañeros.
Un aluvión de mensajes en respuesta en los que le llamaban desubicada, le decían que de falta de empatía no podía dar ella ejemplo con lo que estaba haciendo, alguna la mandó a trabajar un poco para ocupar tanto tiempo libre…

No es necesario que os cuente cómo eran todos esos mensajes y que ella contestaba a cada uno de ellos. Seguía diciendo que no iba por una, no iba por la otra… Era un mensaje al aire, hasta que alguien dijo que no se daba por aludida y seguía con su vida. De ahí otros casi 100 mensajes, pues sí que iba por esa mamá y así lo aclaró al momento “¡Veis! Ya os dije que justo quien tenía más que atender sería la que no hiciese caso”. Se trataba de una mamá que se llevaba bien con todo el mundo. Su hija era una niña que sacaba muy buenas notas y no solía tener conflictos con nadie, así que todas las demás saltaron en su defensa sin saber muy bien de qué se le acusaba.
Al parecer, esa niña “culpable” había organizado una pijamada en su casa y había invitado a 3 niñas de clase pero no a la suya y cuando esta se enteró, la “niña sin empatía ni moral” le dijo “lo siento mucho, solamente puedo invitar a tres, pero si me dejan hacer otra más adelante te invito”.
Os juro que no entiendo en absoluto qué lleva a una madre a juzgar a otra, más aún sin conocer sus circunstancias, más aún sin tener en cuenta que los niños a veces dicen cosas de forma inocente sin saber que pueden hacer daño, pero más más más aún si esa niña ha dado en realidad una lección de empatía brutal tranquilizando a esa niña para que sepa que si no la invita es porque no quiere dejar fuera a sus amigas con las que juega dentro y fuera del cole todos los días, pero que si puede repetir contará con ella.
Esta mamá insistía en que esa niña era un demonio de dos caras que había excluido deliberadamente a su hija de un plan escolar… Realmente nada en su razonamiento estaba bien, y por lo que se comentó después, esta mamá no está pasando un buen momento familiar.
Me pareció que esta historia os podría interesar y os quería transmitir un razonamiento al que me llevó todo esto (para que podáis corroborar que sigo siendo muy intensa), y es que es muy importante cuidar la salud mental de las mamás, sobre todo cuando son (somos) mamás sin un trabajo remunerado fuera de casa, pues si no nos cuidamos bien no podemos ser muy buenas cuidadoras y, además, corremos el riesgo de entrar en bucles peligrosos, obsesionarnos con nimiedades y buscar refugio de nuestros problemas reales de adultas metiéndonos de lleno en los problemillas sin importancia de nuestras criaturas.
Ella lo hizo muy mal, desde mi punto de vista, y ahora las familias la evitan en el colegio, pero me da mucha pena pensar en lo mal que lo estará pasando. Y antes de que penséis en por qué no le pregunto, sé de alguna que lo intentó y la metió en medio enfrentándola a las demás. La terapia no está al alcance de todos los bolsillos, pero seguro que si en vez de esto hubiese pedido ayuda en este mismo grupo, hubiese recibido apoyo de muchas de nosotras.
Luna Purple.
