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Lo único que no odio de la Navidad es el Suchard

La Navidad es esa época tan bonita en la que tienes que estar feliz sí o sí pase lo que pase.

Es obligatorio porque si no eres un amargado. Y yo pues la odio. Podría dar mil motivos por los que odiarla, pero voy enumerar los más obvios para que todos los que os encanta la Navidad tengáis que odiarme a mí y entonces no será tan maravillosa porque os habré contagiado el sentimiento.

Desde que un primo tuyo listillo (todos tenemos uno) te suelta que los Reyes son tus padres, llega el primer trauma de tu vida que te aventura que todo lo que va a seguir va a ser más falso que el rey Baltasar pintado con betún.

En ese instante ya se empieza a torcer la navidad porque hasta entonces te regalaban todo lo que pedías en la carta y a partir de que son tus padres te tienes que adaptar al presupuesto familiar y compartir. “Compartir” es una de las palabras más desagradables del diccionario junto a la de “conformarse”.

¡Que monos, unos de cada color!

Así es que desde los diez más o menos ya empiezas a darte cuenta que eso de la Navidad no va a molar tanto.

Luego te haces mayor y llegan las maravillosas cenas familiares. Esas que son exactamente iguales a las del anuncio del Almendro. Que tú llegas a casa y todos te esperan para abrazarte y suena una música navideña y la mesa está adornada como las del Zara home. Y vas a comer pavo en armonía y paz. ¡Qué asco le tengo al publicista que creó ese puñetero anuncio! Seguro que era Marco cuando se hizo mayor que como jamás encontró a su madre y las tenía que pasar con un puñetero mono, dijo: “Os voy a poner unas expectativas que os vais a cagar. Nunca llegaréis a cumplirlas”.

¡Vuelve tú asqueroso, y aguanta a mi suegra!

Total, que tú llegas a casa de tus padres, y tienes que ir a las dos de la tarde emperifollado como si fuera fin de año, pero cuando vuelves del after. La mitad de los que están allí te caen mal, porque una familia sin un cuñado plasta, una cuñada insoportable y una suegra listilla que lo sabe todo no es una familia real.

Tus sobrinos no son como los niños de las fotos de las revistas, son puñeteros gremlins, que tú te pasas toda la comida sufriendo porque se caiga una copa de cava y los moje porque entonces pueden acabar matándoos a todos.

Pero todo esto sin perder la sonrisa porque es Navidad y TÚ TIENES QUE ESTAR FELIZ. Y comer hasta que te falte la respiración y que llegue un momento que abras la boca y con el dedo te toques un polvorón en el cuello. Ese es el instante en que tu madre te dirá: “¿Pero cómo que no quieres más? ¿Para eso llevo yo un mes cocinando?”. Y no te queda más remedio que ir al baño a vomitar para seguir comiendo con la esperanza de que te dé un infarto y el Samur te salve de esa casa de los horrores.

Y luego llegan los regalos, porque aunque todos sabéis desde hace 30 años que los reyes son los padres y tú no tengas hijos, te toca regalar a la familia. Las más listas hacen el amigo invisible y así cada uno tiene un regalo y listo. O sea que tú te recorrerás todas las tiendas del universo para encontrar un regalo adecuado al que te ha tocado que generalmente es el que peor te cae. Y luego él te regalara a ti unos calcetines. Y al recibirlos sonreirás y dirás: “Uy que falta me hacían”. Porque si no te los llegan a regalar hubieras pasado todo el invierno con los pies congelados ¿cómo vas a ir tú a comprarte unos calcetines por ejemplo al Primark que tienes 40 pares por 3 euros? Eso no se le ocurre a nadie.

Y todo este horror si vas de invitado a casa de alguien aún lo puedes soportar, con una alta dosis de trankimazin y alcohol, lo soportas.  Pero como te toque celebrarla en tu casa, ya puedes coger la paga doble y olvidarte de ella porque te la vas a gastar íntegra en dar de comer a un montón de personas a cambio de unos calcetines de mierda.

Con lo que hay en la mesa me podría haber comprado unos Jimmy Choo. Dime egoísta pero tendría unos zapatos preciosos y el colesterol más bajo.

Y luego los fans de la Navidad dirán: ¡Pero qué materialista! Y el espíritu navideño donde queda.

Pues mira intenta pasar unas Navidades sin un duro ni para comer ni para regalos y luego me cuentas donde se va a ir el espíritu navideño. Pues por el retrete que es por donde quieres tirar los puñeteros calcetines cuando te los dan envueltos en papel de los chinos.

Así es que después de todo esto solo tengo que desearos una Feliz Vanidad a todos. Que yo voy a aprovechar a atiborrarme de Suchard que es lo único que me parece bueno de todo esto, y que además cuando se acaban las fiestas lo dejan de vender. Que si lo piensas bien, es un puñetero Crunch mejorado, y ¡tampoco es para tanto!

 

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