El lenguaje configura la realidad para darle otra forma según la perspectiva. El léxico carga de nuevos significados algo que parece lo mismo. La palabra ligar significa unir o atar, muy similar a conquistar, que aunque también quiere decir reunir tiene connotaciones más militares. Cuando hay ganadores y perdedores en el amor y en el sexo, los sentimientos y el deseo también son un juego de poder.
En muchos grupos se instala esta dinámica social: el éxito a través de la atracción de los demás. En lugares de trabajo, viajes y grupos de amigos es común este fenómeno. Cuando alguien llega nuevo a un sitio, no es raro que su presencia haga tambalear estructuras sociales e intereses cruzados. Es conocido (aunque no deseable) utilizar como arma o premio este tipo de dinámicas. Coquetear con alguien para dar celos a otra persona. Ir detrás de la más atractiva para conseguir un galardón en una competición invisible pero palpable.
Vemos a menudo alfas imitando al mundo animal como excusa para ser unos capullos. Abejas reina que utilizan a personas como juguetes. Más que amor e intimidad, parece muchas veces que hablamos de caza o de guerra. No deja de ser un círculo en el que también abundan depredadores y víctimas.
La actitud más agresiva es también un arma de doble filo. La intimidad, aunque deje de ser privada, tampoco puede ser siempre pública. Se actúe o no en función a ellos, todos tenemos deseos e intereses. Las acciones de otra persona pueden poner en marcha fuerzas imperceptibles para ella. El patriarcado premia a los hombres que ligan mucho y castiga a las mujeres que pretenden lo mismo.
Hay una falsa libertad sexual que no está exenta de prejuicios, desigualdad y peligro. Incluso sin hacer nada, habrá muchas personas que hablen y consigan un efecto parecido con etiquetas nocivas: puta, estrecha, virgen, golfo, pajero, mojabragas, maricón… Sobran los calificativos para ubicar a una persona en el espectro del juicio sexual.
En mis primeras experiencias en el tema, todavía me dejaba llevar por la tendencia social sin reconocer los patrones patriarcales. Estaba deseando “estrenarme” para poder ser un “tío tío”. No me hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que algo en ese juego no encajaba. Lo deseable para los compañeros era ligar, pero parecía que se priorizaba la cantidad en vez de la calidad. El que llevaba desde siempre con la misma novia a veces era el más pringado. Las hormonas, los complejos y el condicionamiento mandaban.
Tras pocos encuentros, supe que ese modelo, como tantos otros, no me funcionaba. Empecé a conocer a otras personas, a mi tiempo y a mi manera. Abrí los ojos y el corazón. Pude empatizar y cambiar de esquema. Entiendo que una relación debe basarse en la reciprocidad para que sea auténtica. También he visto cómo hay gente que busca casi patológicamente el cariño y la cercanía inmediatas por una soledad muy grande, que muchas veces no son capaces de abordar.
Se me sigue atragantando oír a mis tíos, en reuniones familiares, preguntar inquisitivamente a mis primos pequeños si ya tienen novia, para luego asegurarse de que sus hijas siguen intactas en sus torres de marfil.
Confío en que, con el tiempo y la educación, podamos dejar visiones tan arcaicas y forzosas detrás. Pienso que podemos encontrar el amor y el cariño de maneras más auténticas y menos perjudiciales.
¿Alguna vez has ligado con alguien por encajar socialmente? ¿Has sentido, por el contrario, que eras el “premio” de algún “conquistador” de turno? ¿Las intenciones sexoafectivas han afectado a tus grupos sociales?
Tío Vivo.