Hace años que me dio muy fuerte con el origami. Me pasaba el día doblando papeles de colores y consiguiendo formas geométricas imposibles. Cuando me aburrí vino la fiebre de las gomitas. Empezaron las adolescentes haciendo pulseritas y de pronto estaba todo el mundo haciendo figuras de pokemon, tartas de cumple, personajes de películas, etc. y ahí estaba yo, con mis mil cajas de gomitas de colores y mi ganchillo, haciendo todo el día figuritas para regalar. Cuando llené varios cajones de trabajos hechos con los que no sabía ya qué hacer, pasé a la siguiente manualidad con la que llevo años y de la que no me canso, los Hama Beads. Son pequeños cilindros de colores con los que puedes hacer formas en 2D y pasarles la plancha para que se adhieran unos a otros, o puedes hacer varias planchas de 2D y superponerlas para hacer una figura en 3d.

Reconozco que me costó muchísimo cogerle el tranquillo y que al principio me salían verdaderas chapuzas, pero soy muy perseverante cuando el hiper foco direcciona a un punto concreto, así que dediqué horas y horas y bastante pasta en comprar material para ir perfeccionando hasta convertirme en una experta. Había encontrado un hobbie que realmente me alucinaba, se me daba bien, podía incluso reportar algo de dinero si aceptaba algún encargo, pero me sentía muy sola e incomprendida por mi entorno. A nadie a mi alrededor le gustan especialmente las manualidades, ninguno de mis amigos sabe siquiera pronunciar Hama Beads correctamente. No entienden la importancia que tienen para mí los materiales, las distintas marcas, los colores, los patrones… No es que lo necesitase, pero sí me gustaba la idea de tener con quien conversar sobre algún patrón nuevo, sobre los proyectos que quería hacer…
Por todo esto me decidí y me creé una cuenta en redes sociales y entré en todos los grupos que encontré que tuvieran que ver con mi afición. Al principio me costó encajar, pero pronto empecé a compartir mis trabajos y empecé a acumular humilde cantidad de seguidores con quien compartir mis frustraciones cuando me pasaba con la temperatura y estropeaba alguna placa, mi alegría cuando encontraba buenas ofertas de colores básicos y, pronto, me animé a hacer lives mientras montaba las placas para charlar con otras aficionadas y para ayudar a las personas que estaban empezando a saber cómo montar.
En uno de estos directos, una chica (que era ya casi amiga de tantas horas como habíamos pasado en videollamada) me comentó que había descubierto la cuenta de un chico que hacía unas figuras increíbles. Que había pasado toda la tarde viendo vídeos antiguos suyos porque era hipnótico y que, además, era realmente guapo. Le dije que me la mandase porque me gustaría verlo, ya que no era habitual ver chicos en este mundillo. Ella me dijo que no recordaba su nombre, entonces alguien con un nombre bastante común escribió “Hasta que dijisteis lo de guapo creí que hablabais de mí”. Mi amiga se desconectó al momento de la vergüenza que le dio y yo, que seguía a lo mío con mis palillos y mi cola, le dije que suponía por su reacción que así era.
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Él me escribió un par de mensajes sobre lo que yo estaba haciendo en ese momento y le ofrecí unirse al directo para hablar. Aceptó y empezamos a hablar. Me contó de los prejuicios que tenía la gente sobre él por ser un chico en un “mundo de mujeres”, que muchas daban por hecho que, o era gay, o estaba aquí para ligar, y que por eso no entraba ya nunca con su cuenta específica de manualidades, que la quería dejar porque estaba cansado de las burlas y las mofas, más normales en otras décadas, pero que no tenían ya cabida en este siglo.
Me pareció un chico muy simpático y tenía una forma de hablar muy peculiar, con una voz grave y seductora. Si, desde el principio se puede decir que me entró más que por el ojo. Entonces, durante la conversación, llegamos a la conclusión de que el pueblo a donde viaja en vacaciones a ver a la familia de su madre está muy cerca de la ciudad donde yo vivía en ese momento y fantaseamos con quedar un día para compartir trucos en persona. Realmente yo compartiría mucho más con él, estaba segura, pero el hecho de poder compartir mi mesa de trabajo con alguien interesante era ya bastante emocionante.
Todo quedaba en promesas al aire y muchas horas de lives públicos donde jugábamos al coqueteo que, como era en presencia de más gente, se suponía inocente. Mi amiga dejó atrás la vergüenza del primer día y hacíamos un buen trío de manualidades. Yo estaba totalmente en mi salsa con ellos.

Hasta que llegaron las vacaciones de semana santa. Él vendría al pueblo solamente 4 días, pero me ofreció ir solamente 3 si a mí me apetecía que uno de ellos lo pasase en mi ciudad conmigo. No me atreví a ofrecerle mi casa y él tampoco a pedírmela, pero se nos notaba a ambos las ganas de vernos en persona y comprobar si tantas horas de charla nos habían llevado realmente a algo más.
Allí apareció él con su maletín transparente llenos de miles de colores, su neceser de herramientas y sus jugosos labios carnosos deseosos de ser besados (o eso quería yo). Preparamos café y fuimos directos al lío. Desplegué mi mesa, encendí la plancha y, como si llevásemos toda la vida juntos, nos pusimos a montar una figura juntos, que llevábamos tiempo proyectando por mensaje.
Varias horas después, con restos de pizza en sus cajas por el suelo, estábamos terminado aquella manualidad a medias. Nos movíamos con gracilidad, no era necesario coordinarnos con palabras, cada uno sabía cuál era su función en cada momento y lo hacía. Era magia. Y ahí estaba, nuestra figura conjunta totalmente terminada. Nunca había hecho algo tan grande en tan poco tiempo y había sido tan sencillo, tan agradable, tan bonito… Yo la miré mientras él la giraba en busca de imperfecciones, entonces se percató de mi mirada y, sin más, me besó.
No era algo solamente mío, no era una sensación mía, había algo muy especial entre los dos y aquella figura significaba mucho más de lo que nos pudiésemos imaginar en aquel momento.
Hoy, unos añitos más tarde, esa figura preside el salón de nuestra casa, donde vivimos juntos y somos muy felices proyectando nuevas figuras y quizá una familia.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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