Se me hizo rarísimo cuando me llamó mi padre una tarde y me dijo casi llorando que su padre había sido diagnosticado con un Alzheimer ya avanzado y que no podía vivir solo.
Yo no recordaba a mi abuelo más que de haberlo visto en fotos, con sus casi dos metros de altura y cara de muy pocos amigos. El recuerdo era más que borroso porque además en mi casa no se hablaba del tema. Mi padre tuvo una discusión con él cuando yo era muy pequeña por alguna historia familiar complicada que no me habían explicado bien y desde entonces no habíamos vuelto a visitarle al pueblo donde vivía y de donde viene toda la familia de mi padre.
Mi madre alguna vez me había contado que la cosa empezó cuando murió mi abuela (siendo todavía bastante joven) y hubo mucha discusión sobre qué hacer con la casa familiar. En resumidas cuentas, mi abuelo se quería quedar en el pueblo y mi padre insistía en que vendiera la casa y se mudara más cerca de la ciudad, donde estábamos nosotros, para atenderle y tal. Él se negó, y las broncas fueron a más, hasta que por lo visto ya discutieron demasiado. Pero no sé, algo más habría detrás para que las consecuencias duraran tantos años.
Y de repente, 20 y pico años después, tenía a mi padre pidiéndome por teléfono que me acercara a mi abuelo, puesto que con él no iba a querer tener nada que ver, y que le ayudara, que yo era la única “inocente” a los ojos de mi abuelo y que me necesitaba.
Yo me agobié bastante, pero le noté a mi padre con mucho miedo y bastante arrepentido, así que lo hice en parte por mi abuelo y en parte por él: al día siguiente, me fui al pueblo de mis abuelos.
Cuando llegué, fue la cosa más rara del mundo: no nos conocíamos. Yo podía estar delante de cualquier otro abuelo del pueblo, y él no sabía ni quién era yo. Lo pillé en la puerta de su casa, sentado en una silla de playa, y me confundió con la cartera que repartía el correo.
Me fui acercando a él, sonriéndole y diciéndole que yo no era la cartera, y cuando me tuvo justo delante de la cara, él sonrió también y me dijo “ya sé quién eres, ya”. No dijo mi nombre, pero supe con toda seguridad que me había reconocido. Enseguida me invitó dentro de casa y me llamaba “cariño”, “bonita” y “cielo”, todo el rato.
Lo siguiente que hizo me puso la piel de gallina. Levantó la voz y dijo “Carmen, Carmen, ven que ha venido de visita la nieta”.
Carmen era mi abuela, que como he dicho antes llevaba muchísimo tiempo fallecida, y sin embargo, de alguna manera me había reconocido a mí. Se me cayeron las lágrimas y nos dimos un abrazo que duró un rato largo. Fue sin duda lo más emotivo que me ha pasado en la vida, ese momento.

Yo no tenía idea de pasar noche en su casa, sino que iba con idea de hacer toma de contacto, pero a partir de un punto yo ya no podía irme de allí. Me apañé una cama y decidí quedarme indefinidamente.
Al principio todo era un poco caótico. Descubrí, yo que no sabía nada del Alzheimer, que es una enfermedad que no solo borra recuerdos sino que afecta a muchas otras partes de la personalidad, y les desorienta, y les entorpece el entendimiento.
Empecé a sacarle la ropa (porque iba hecho un cuadro el hombre cuando llegué) y terminé por vestirle yo misma para asegurarme que no se dejaba nada. Me ocupaba de cocinarle y de darle de comer, y a la vez que hacer ese trabajo me resultaba super gratificante, era un bajón horrible ver lo rápido que iba degenerando la cosa.
Aprovechaba a hablar mucho con él, sobre cualquier cosa, fuera real o producto de su imaginación, porque notaba como iba desvariando cada vez más. A todas estas, mis padres estaban al tanto de todo. En ese momento estaba yo en el paro y pensaba quedarme en el pueblo hasta que mi abuelo accediera a venirse a la ciudad, pero para eso tenía que intentar hablarlo con él, y no parecía nada fácil.
Iba a peor, y ya casi ni dormía porque por las noches se despertaba a voces, llamando a gente que o bien estaba muerta, o a famosos de la tele… daba mucha pena.
La música parecía ayudarle a ubicarse un poco, así que tiré del hilo y le puse Los Brincos, un grupo de hace mucho que les gustaba a él y a mi padre. Aproveché y le hablé de mi padre. Le dije que tenía muchas ganas de verle. Mi abuelo sonrió pero no dijo nada.
A los dos días de ese momento concreto, falleció durmiendo a causa de un fallo cardíaco. Es verdad que no lo esperaba tan pronto y que me rompió el corazón, pero a la vez me sentí super agradecida por haber tenido la oportunidad de cuidarle y pasar tiempo con él.
Mi padre tuvo que gestionar sus sentimientos como pudo, pero creo que aprendió una lección vital; quizá haya motivos por los que es inevitable la separación de la familia, no digo que no, pero hay que estar muy seguro, porque es un precio muy alto el que se paga.
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