Hace muchos, muchos años, yo tenía el vientre plano. Bueno, plano tampoco, pero digamos que mi barriga no estaba colgando. El caso es que, tras dar a luz, yo ingenua de mí, pensaba que, con un poco de suerte, tiempo y haciendo ejercicio en casa con un video en Youtube de Patry Jordan, mi cuerpo volvería a ser el mismo. Que mi barriga haría como los políticos cuando se equivocan: fingir que aquí no había pasado nada.

Pero es que habían pasado cosas. Dos embarazos, dos cesáreas y dos bebés.

Mi nueva tripa colgona se había convertido en un souvenir permanente de los embarazos. No se iba con nada. Ni con dieta, ni con ejercicio, ni con agua caliente. Lo único bueno de tener la tripa así colgando es que me tapa la cicatriz de las cesáreas.

Y qué decir de mis estrías, esas que pensé que no me saldrían porque llevaba echandome crema desde que vi el positivo en el predictor. Pues de nada me sirvieron las cremas, muy caras, por cierto, porque ahí están las estrías decorando mi cuerpo.

Con mi primer hijo me recuperé un poco. Perdí los kilos que había cogido durante el embarazo, y puede que alguno más. Pero cuando mejor me veía, me volví a quedar embarazada y vuelta a empezar. Otra vez las cremas antiestrías que no sirven de nada pero aún así las usas, otra vez a vigilar la comida para no coger muchos kilos, y otra vez cesárea.

Si con la primera cesárea ya me quedó una bonita cicatriz, con la segunda se hizo más evidente. Tengo que agradecer a los médicos que al menos se tomaron la molestia de abrir por el mismo sitio, así que tuve dos cesáreas, pero sólo una cicatriz, eso sí, quedó más grande con la llegada al mundo de mi segundo hijo.

Mi cuerpo no era ya mi cuerpo

Lo pasé fatal, especialmente después ser madre por segunda vez. Me miraba en el espejo y no me reconocía. Me enfadaba. Me frustraba. Me culpaba. Las hormonas y las depresión postparto no ayudaron. Tienes un recién nacido al que cuidar que te lleva todo tu tiempo, y otra criatura de cuatro años que también te necesita. Mientras, no te gustas físicamente y vas perdiendo poco a poco tu identidad.

No tienes tiempo de cuidarte, ni de ir a la peluquería, las canas se van reproduciendo por tu cabello y de repente parece que has envejecido 10 años de golpe. El pelo sucio y un moño mal hecho se convierte en tu peinado habitual. Y el pantalón de chándal es tu mejor aliado porque, de momento, no entras en tus vaqueros de antes de ser madre.

Volver a tener relaciones con mi pareja fue durísimo. No porque no lo quisiera, sino porque sentía que mi cuerpo ya no tenía nada de deseable. ¿Cómo iba a desnudarme si ni yo podía mirarme sin sentir vergüenza?
Lo evitaba con excusas: el cansancio, los horarios, el bebé. Pero, en el fondo, lo que más me pesaba era pensar que él me miraría con los mismos ojos críticos con los que yo me veía a mí misma.

Quererte a ti misma y volver a ser tú

Pero al final, todo pasa, y poco a poco aprendí que ese nuevo cuerpo era mi cuerpo también. Un vientre dado de sí y lleno de estrías, pero que había dado vida y eso era lo más importante.

Poquito a poco, comencé a reconciliarme con lo que veía en el espejo. A dejar de castigarme por no ser como antes. Porque ya no soy como antes. Y está bien. Ya no quiero ser la de antes, porque la de ahora es mamá, con cicatrices para demostrarlo.

Dejé de usar chándal a todas horas y comencé a vestirme como me apetecía. En verano, volví al bikini y tiré a la basura los bañadores que me había comprado tras ser madre por primera vez.

Comencé a hacerme fotos con mis hijos sin tratar de que no se me viera la barriga. Porque el día de mañana querré tener fotos con ellos, querré tener recuerdos. No quiero que mis hijos miren los álbumes en un futuro y se pregunten por qué mamá nunca salía en las fotos. Merecen vernos juntos, felices, reales.

Y lo más importante, volví a tener sexo con la luz encendida y volví a sentirme deseada (aunque mi marido nunca había dejado de desearme, eran paranoias mías) Me permití disfrutar sin estar pensando si se me movían los michelines o si me veía desde un ángulo malo. Entendí que la intimidad no está en la perfección, sino en la conexión. Y que cuando me miro con amor, es mucho más fácil creer que los demás también me miran así.

No fue un milagro, fue un proceso de aceptación. Así que no, mi cuerpo no volvió. Y tampoco lo estoy esperando. Aprendí a querer a mi nueva yo.