Debe hacer más de treinta años que empezaron a aparecer los primeros chats online. A mi se me abrió un mundo. Como en casa me aburría con la pareja de entonces, mi vida social era muy extensa y ocupaba mucho tiempo de mi vida. Me pasaba las tardes en el gimnasio y haciendo todo tipo de actividades que me sacaban de una soledad en la que por aquel entonces no sabía apreciar ni la disfrutaba.

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Y con internet llegó lo inevitable, los contactos virtuales, los foros, los nicks, los chats… Me enganché a alguno que era realmente cutre.  Abrías una página en la que entrabas directamente a una especie de ventana donde veías en lista toda la gente que estaba conectada en ese momento y todos hablaban a la vez, los comentarios se iban ordenando en una casilla, por orden de llegada, y Dios y ayuda te costaba poder interpretar lo que ahí se estaba cociendo. 

Había otras comunidades más decentes informáticamente hablando, como vilaweb o el Messenger, pero si he de sincerarme, esta en concreto la utilizaba para chatear con mi amante de turno, una manera más de estar en contacto, tras haber echado el cafelito de medio día o el polvo de la tarde.

Aquello no dejaba de ser una exhibición a escondidas. Coincidíamos en el mismo espacio con gente que ni siquiera conocíamos y alardeábamos de nuestro estado. Al final siempre éramos los mismos, cada uno con su perfil, sus expresiones, sus ideas y sus ideales, y en medio de todo, nosotros dos: Retsa (así se hacía llamar él, que era aster al revés: estrella) y Pollet, que era yo, que la verdad, no sé por qué elegí ese nombre. Quiero pensar que me parecía algo entrañable, como un pollito de peluche o algo así.

La cuestión es que nos aficionamos a habitar aquel espacio virtual, supongo que era el único sitio donde no teníamos que escondernos. Podíamos hablar tranquilamente de nuestra relación. Había alguien en el mundo que nos tenía en cuenta como pareja, aunque no supieran ni qué cara teníamos.

Retsa estaba en línea y cuando aparecía Pollet, todos se alegraban y le daban la bienvenida.

Pollet estaba en lína, se conectaba Retsa, y todos celebraban que pudieran coincidir un ratito.

Y así pasábamos las tardes.

Pero un día, no sé ni por qué, accedí al chat con un nick diferente. Podías hacerlo, no había ningún tipo de registro ni cuenta de usuario ni nada. Sencillamente entrabas a la página, te asignabas el mote que te apetecía en ese momento, y para adentro que te vi.

Quería “espiar”, supongo. Entré para ver qué se cocía y me la comí doblada.

En aquella “sala” entraban y salían intrusos sin que el resto de participantes se inmutaran, cada uno seguía la conversación que le interesaba, y allí estaba Retsa, en una conversación con otro miembro, hablándole de su mujer (la de verdad), de lo guapa y bien conservada que estaba (tenía casi veinte años más que yo), lo peazo mujer que era y lo muy orgulloso que se sentía de ella. Se jactó de alabarla sin saber que yo lo estaba leyendo con una identidad falsa. 

Y desaparecí tal como había entrado. Pero triste y decepcionada, con un no sé qué clavado en mi orgullo y con una lección bien aprendida. Que quien busca, encuentra. Y que los hombres al final, son todos iguales.