En 2011 se nos casó la primera amiga del grupo. 10 años y casi 10 bodas después, contando solo amigas, los planes de despedida de soltera no me pillan con las ganas de la primera vez. Entonces se trataba de un evento exclusivo y éramos mucho más jóvenes.

Se intenta preparar con cariño, pero, sinceramente, no nos podemos hacer cargo de las expectativas que se haya creado la protagonista de cada una de ellas. Si compara o si esperaba algo concreto es cosa suya.

He tomado algunas notas de lo que sí y lo que no para las próximas, por si me toca organizar y para cuando haya que proponer. Obviamente, todo en base a mi experiencia personal.

Lo que sí

Las despedidas, e incluso las bodas (por más que me pese), se han convertido en excusas para juntarnos cuando las responsabilidades de adultas no los ponen más difícil que antes. Por lo general, se pasa bien, aunque los años no pasan en balde y la farra ya no es la que era. Pero hay cosas que me gustaron especialmente.

Mejor homenaje gastronómico que actividad

Casi todo el mundo que conozco aprecia los platos ricos, lo que no implica necesariamente que sean caros. La gastronomía es algo muy cultural y, además de brindarte nuevas experiencias por la vía gustativa, también proporciona su dosis de cháchara y de risas.

Nunca sacrificaría las dos o tres horas de rigor en la comida o en la cena que solemos emplear al ser un grupo grande, con la dificultad añadida que tiene el restaurante. Cuando me siento a compartir tiempo con las amigas en la mesa no quiero llegar cansada ni ir con prisas. Y, afortunadamente, en este despedida no fue así.

Quizás la novia esperara alguna actividad diferente, desde el rafting a las ya manidísimas salas de escape. Pero, como el destino estaba lejos, había poco tiempo y menos ganas, no se hizo. “¿Menos ganas? Pero tendréis que pensar en la novia, ¿no?”, diréis. Pues sí, pero hasta cierto punto. Porque la despedida no sería nada sin las asistentes, y las asistentes tenemos que sentirnos cómodas con el plan.

Integración/interacción

Nunca está de más tener un detalle con alguna persona externa al grupo que tenga mucha relación con la novia, e invitarla a venir. Tengo claro que, si me casara, sería por dos motivos: mi religión y la posibilidad de juntar a personas importantes para mí que solo se juntarán en un evento así. La despedida puede ser otra oportunidad de hacerlo, a menor escala.

En esta última, avisamos a algunas amigas de la universidad. Añadir más gente a un grupo ya nutrido tiene sus riesgos, porque nunca sabes cómo se querrán involucrar las otras partes ni tendrás confianza como para poner límites. Pero ver a la novia llorar de emoción al ver venir a una amiga que no esperaba no tiene precio.

El brunch y a casa

El domingo no hay por qué alargarlo más, porque se corre el riesgo de convertirlo en una agonía después de la fiesta de la noche anterior. Después de dejar el alojamiento, y cada vez obligan a hacerlo más temprano, lo ideal es tomar un desayuno contundente y poner rumbo a casa.

El brunch nos vuelve a la combinación comida+amigas, que insisto en que es un sí. Ofrece una interesante selección de dulce y salado y es algo diferente que hacer cuando no se acostumbra a hacerlo. Nosotras, en particular, no acostumbramos a tomarlo.

Lo que no

Una despedida sería menos despedida sin vivir momentos incómodos que luego generen salseo, lo tengo claro. De algún modo, esas cosas negativas (o menos positivas) también tienen que estar. Y en esta última las hubo.

Hacer un viaje largo

En aquella despedida de hace más de 10 años a la que me referí en el inicio del artículo no hubo viajes. Fue en nuestra misma ciudad, en un local vacío al que llevamos comida fría preparada por una de nosotras, ducha en la materia y que se prestó a hacerlo. Fue eso, un grupo de rumbas y la discoteca de rigor. Y el resultado fue muy satisfactorio.

En algún momento comenzamos a hacer escapadas de fin de semana, alguna incluso con avión de por medio. Y se convierten en una odisea, porque hay madres de familia y/o trabajadoras con turnos extenuantes que no quieren pasar fuera más de una noche, y que hacen el viaje el sábado por la mañana y no el viernes. ¿Hay necesidad de tal caos? En mi opinión, desde luego que no.

Poner bote común

Poner en fondo de dinero común para la novia, que va a gastos pagados, sí. Pero no para el resto. Ni siquiera para cubrir la comida y evitar estar dinero arriba, Bizum abajo.

El dinero es un asunto delicado y, cuantas más personas se agreguen a un plan, más posibilidades habrá de que afloren suspicacias. Porque cada es una ve las cosas de una manera. Para evitar que alguien se moleste porque se ha pagado del fondo común una ronda de copas, cuando ella se está bebiendo una botellita de agua, cada una se paga lo suyo y punto.

Llevar accesorios

A mí no me gusta nada la idea de disfrazar a la novia o de ponerle un accesorio, por glamouroso que resulte. Hay veces en las que incluso ella pide expresamente no llevar nada, y lo manifiesta en despedidas anteriores cuando ve lo que les hacemos a otras novias. Y, aún así, siempre hay alguien que dice que algo habrá que hacerle, como a todas, sin pasarse.

No veo la necesidad de someter a la novia al ridículo ni de llamar la atención, cuando al resto del mundo le importa un pie que estemos de despedida. En esta última llevamos un accesorio de plástico por decisión unilateral de una las organizadoras, que no contó con prácticamente nadie para comprarlos y nos teníamos que poner todas. En fin…

 

Hasta aquí la lista. Termino compartiendo un vídeo de Pantomima Full, en los que me suelo ver dramáticamente representada: https://www.youtube.com/watch?v=-lgLnDRNIwk


Azahara Abril.