Nunca he sido demasiado competitiva, aunque quien dijo aquello de “donde tengas la olla…” seguramente vivió algo similar a lo que me ocurrió. Encontrar pareja en mi lugar de trabajo no era lo que tenía pensado, pero si tenemos en cuenta que paso la mayor parte del día trabajando, las probabilidades eran bastante altas. En mi empresa hay mucho tránsito de gente, bien porque hacen prácticas, bien porque no les gusta y se marchan, o porque no cuadran y los echan. El caso es que yo soy una de las trabajadoras que más tiempo lleva, aunque hasta hace unos años no tenía un puesto de responsabilidad. Allí fue donde conocí a mi ex. Era un chico inteligente, ambicioso y muy guapo. Desde el principio destacó por su desempeño y empezó a llamar mucho la atención de los jefes. Trabajaba muy bien y tenía muy buenos datos, pero se notaba que aún no conocía bien el sector. Sin embargo, tenía un futuro muy prometedor.

Tuvimos que trabajar codo con codo en algunas campañas y enseguida conectamos. A mí me embelesaba su forma de trabajar, su genio, su eficacia, y él alababa mucho mi trabajo. Sinceramente, creí que una de las cosas que le atrajo de mí fue mi profesionalidad. Pero pensándolo ahora, creo que estaba equivocada.

El caso es que empezamos a salir y las cosas empezaron a ponerse serias, ya sabéis. Conocer a la familia, hacer viajes y empezar a plantearnos vivir juntos.

Por aquella época, la supervisora de mi departamento se marchó a trabajar como freelance, así que su puesto quedaba vacante. Yo siempre había querido ese puesto y desde el primer día que entré a trabajar en aquella empresa estuve aprendiendo los pormenores del oficio para conseguirlo algún día. La oferta se abrió y yo solicité la plaza. Era muy importante para mí. Lo que jamás me imaginé era que, el que era mi pareja en ese momento y a sabiendas de lo que aquel trabajo significaba para mí, también lo solicitó.

Confieso que me enfadé un poco al principio, pero después comprendí que todos tenemos ambición y que estaba en su derecho. Le dije que me alegraba de que quisiera comprometerse con la empresa de aquella forma y le deseé suerte. Él solo me dijo: “Que gane el mejor.”

Supongo que estaba muy seguro de sí mismo y que no tenía ninguna duda de que el mejor era él. Así que, a la semana siguiente, cuando la dirección informó que el puesto era mío, se llevó un gran batacazo. Ni siquiera me felicitó.

Desde ese momento apenas si me hablaba. Cuando le pedía que me mostrase su trabajo, podía sentir su rabia. No soportaba que yo tuviese que darle el visto bueno a lo que él hacía. Intenté hablar con él, explicarle que debíamos separar el trabajo de nuestra relación. Pero en ese momento se echó a reír y de alguna manera insinuó que, si yo había conseguido aquel puesto, era porque no me tomaba demasiado en serio lo que había entre nosotros.

No me lo podía creer. No sabía si lo que quería decir era que, si él me importaba, no debería haber aceptado el puesto, o que había hecho algo que, por su naturaleza, iba en contra de nuestra relación. Me pareció una insinuación baja y sucia.

Aquello era surrealista. Todo lo que teníamos, toda nuestra relación no importaba nada. Lo único importante para él era aquel puesto y su magullado orgullo.

Le dije que si seguía por aquel camino no terminaríamos bien y me dijo, con odio en la voz, que lo nuestro era un error y que no tendría una relación con la persona que le había boicoteado en el trabajo y se había quedado con un ascenso que era suyo.

Y después se fue. Me costó mucho superarlo. Desde el primer día intenté ayudarle, ser una buena compañera. Me alegraba de sus éxitos y le apoyaba en todo. Pero estaba claro que solo pensaba en sí mismo. Desde ese día me prometí que no volvería a liarme con nadie del trabajo, por muy guapo e inteligente que pudiera parecerme. Aunque en esto último también me equivoqué porque, aunque como la profesional que soy decidí ser imparcial con mi ex en el trabajo, para ser sinceros, comportarse así con su nueva jefa no había sido precisamente la mejor jugada de su vida.

 

Lulú Gala