No diré su nombre, pero su historia puede ser la de miles de mujeres. Nació en Colombia, país del que se fue para meterse a misionera durante unos años. Regresó, estudió una carrera y se casó porque quería tener hijos. Su marido le dijo que quería ser padre, pero cuando ella perdió su virginidad con él, a los 27 años, se dio cuenta de dónde se había metido. Él era un tirano que estaba siempre borracho y con mujeres. Ella siempre trabajando. Cuando él llegaba del bar, la violaba poniéndole una navaja en el cuello.

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Un día, ella decidió suicidarse para escapar de semejante tortura. Llegó a subirse a la baranda del balcón, pero sus vecinos la vieron y llamaron a la policía. Él la bajó de un tirón, les dijo a los agentes que se fueran y comenzó a estrangularla mientras comentaba que le daba vergüenza que todos supieran que era un hijo de puta. Ella, con el último soplo de aire, agarró una lámpara, se la estampó en la cabeza y salió corriendo para no volver jamás.

Durante el divorcio, él se quedó con todas sus posesiones. Luego, ella se casó por poderes con su actual marido, un vecino de la infancia que vivía en el País Vasco. Desde el primer momento, él le dijo que casarse con ella era un gran sacrificio porque era «de segunda mano». A los quince días de firmar, ella llegó a España para descubrir que él tenía cuatro amantes.

Decidió marcharse, pero terminaron trabajando juntos sin descanso: él en una fábrica, ella en una pizzería y, los fines de semana, en una discoteca. Consiguieron dinero, regresaron a su país e invirtieron en propiedades. Ella se quedó embarazada y quiso que su hija naciera en España. Al día siguiente del parto, el marido le soltó que no iba a trabajar más. Ella encontró trabajo en mi ciudad; la conocí en la piscina y entablamos una amistad. Ha pasado por la muerte de su padre, una artrosis prematura, una histerectomía y el trauma de su primer matrimonio, escapando de varios ERE mientras sacaba a su familia adelante.

La última vez que la vi, me contó que su marido se había ido a Colombia y que solo volvería a ratos. Él llegó allí, echó a su suegra del piso que compraron juntos y ahora hace lo que le da la gana. Incluso así, ella sigue diciendo que «son cosas de la vida» y que «es normal» que él se haya marchado porque ella estaba estresada por la menopausia.

Llámala idiota, buena, o lo que quieras, pero delante de mí, no digas nunca que tiene dos ovarios para seguir adelante, aunque sea con media sonrisa. Va este texto por ella y por todas las que siguen soportando a tíos que no merecen ni el aire que respiran.

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