Siempre me dijeron que el amor se demuestra con pequeños gestos. Que quien te ama te mira de una forma distinta a los demás y busca tu mirada cómplice aunque estés rodeada de mil personas, que te toca sin miedo y te nombra a pecho descubierto, sin esconderse, sin esconderte. Y yo lo creí así toda mi vida. Viéndolo así, muchos no entenderéis como acabé casada con alguien que no sabía demostrarme ese amor más que en la intimidad.

Cuando le conocí me enamoré perdidamente. Daniel era lo que siempre había soñado: un hombre gentil, amable, sencillo. Era reservado, de esos hombres que hablan poco y piensan demasiado. Su calma me atrajo, a mí, que siempre fui impulsiva y nerviosa. Sentirme cómoda en nuestros silencios era como estar en un refugio en el que solo estábamos los dos.

Era tierno y en la cama éramos compatibles. Nunca fui una persona muy sexual, así que todo me parecía estupendo. Solíamos hacer planes en casa de uno u otro, principalmente por la intimidad. Por eso tardé bastante en darme cuenta de que algo no encajaba.

La primera vez que tuve que hablarlo fue tras ir con él por primera vez al cine. Llevábamos cuatro meses. De manera natural, cuando nos acabamos las palomitas quise cogerle de la mano, pero noté cómo se ponía relativamente rígido. Me sostuvo los dedos unos segundos y poco después la apartó. No fui muy consciente hasta que lo hizo tres veces. Entonces sí me llamó la atención su comportamiento. En cierto momento quise buscar su mirada y darle un beso, pero él ni siquiera giró los ojos hacia mí, ignorando por completo mi intención. Me pasé el resto de la película pensando en qué habría hecho mal para que se enfadase. Pero al salir, para mí sorpresa, no parecía enfadado, lo cual me desencajó más aún. Lo hablé con él y simplemente me dijo que cuando iba al cine le gustaba estar atento a la película y a nada más. Y lo acepté, lo comprendí.

Pero después de aquella vez fui observando otros detalles. No solía cogerme de la mano en la calle ni me besaba o abrazaba, si yo lo intentaba reía incómodo y me soltaba rápido. Cuando quedaba con sus amigos, no me decía que fuese con él, y si yo lo invitaba con los míos solía permanecer callado y algo serio, cortés pero sin apenas relacionarse, como si estuviera a disgusto allí, así que me acostumbré a no hacerle venir conmigo.

En la intimidad todo transcurría con normalidad entre nosotros, y yo seguía enganchada a él. Lo justificaba ante todos diciendo que era una persona muy tímida. Y así pasó el primer año de relación, y en nuestro aniversario, me pidió que nos casásemos. Fue una pedida sin florituras, me dijo que me quería y que le gustaría casarse conmigo, y yo acepté. Ni si quiera hubo anillo, parecía que se le hubiese ocurrido en ese mismo momento.

Ya prometidos, hicimos las presentaciones familiares. He de decir que estuvo bastante agradable cuando conoció a mi familia, pero no olvidaré lo que mi madre me dijo cuando nos quedamos a solas, que quién diría que estábamos prometidos y que no éramos solo amigos, que le extrañaba ver tan poca complicidad o cariños entre ambos. Nuevamente le expliqué lo de la timidez y todo quedó ahí.

Y así, llegó el día de la boda. Fue una celebración sencilla. Yo quería música en todas partes, vals inicial de los novios para bailar con él y con mi padre tal y como había soñado desde niña, hacer un brindis y que dijéramos unas palabras emotivas, etc. Lo normal, imagino. Pero él no quería. Me dijo que no se veía haciendo todo eso, que él me quería y que con que lo supiera yo ya era suficiente. Y yo, tonta de mi, accedí a todo. Reduje hasta mis invitados porque los suyos eran muchos menos y me dijo que entonces la boda estaría descompensada.

Mi madre fruncía el ceño cada vez que me veía renunciar a algo que yo quería y él no, pero sabía que la decisión tenía que ser solo mía. Mis amigas sí que me hicieron una «intervención». Querían saber si de verdad era feliz, y creo que realmente lo era en ese momento, así que todo siguió adelante.

Me casé enamorada y aceptando todo lo que él quería. Pero todos sabemos que el matrimonio pasa factura a todo el mundo, hasta a los más enamorados, y que los problemas acaban saliendo a flote por más que los ignoremos. Y yo no iba a ser la excepción.

Cuando la euforia del matrimonio fue pasando, todo empezó a pesar cada vez un poco más. Empecé a sentir que envidiaba a las parejas que caminaban de la mano por la calle, me di cuenta de que si quería flores me las tenía que comprar yo porque a él nunca se le ocurrió hacerlo, iba sola a las reuniones de amigos y familiares, y si venía conmigo pasaba de mí e incluso se largaba sin esperarme cuando se aburría, y yo fingía que me lo tomaba a risa frente a los demás y volvía sola a casa. Y como estos feos, muchísimos más. Y la cercanía que al menos antes mostraba en la intimidad, se fue diluyendo como sal en el agua. Casi tenía que suplicar por su cariño. No me trataba mal, pero no me sentía amada ni un poquito.

Lo intenté hablar con él muchas veces, explicarle cómo me sentía, intentar que colaborase y volviésemos a ser la pareja de antes, pero él no veía el problema. Según decía, me seguía queriendo y no entendía por qué «yo me lo tenía que tomar a mal todo». Que me ponía muy pesada, que no todo el mundo tiene tanta necesidad de atención. Y conseguía que yo dudase de mí. Pero al final, cuando el desencanto se apropió de mi por completo, le pedí el divorcio. Y lo más doloroso fue ver que él se lo tomó a mal, que no entendía lo que había hecho para que lo echase de mi vida, que a pesar de mis toques de atención, ni siquiera se lo esperaba.

A día de hoy a veces aún dudo, no sé quién llevaría la razón. Quizás yo. Quizás él. Quizás los dos y solamente éramos agua y aceite. Lo que está claro es que no éramos compatibles y lo vi demasiado tarde. Aunque, al fin y al cabo, mejor tarde que nunca, he de decir. Eso lo tengo claro.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.