Nunca imaginé que el día de mi boda traería de vuelta a mi vida fantasmas que creía enterrados para siempre. La mañana comenzó con la calma perfecta: el aroma a flores frescas que mi madre había encargado para el día especial inundaba la casa, la brisa suave entraba por la ventana, el murmullo de mi familia arreglándose, sus risas y conversaciones suaves que se mezclaban con la música que había elegido para poner en el salón donde, vestida con un camisón precioso de encaje, me maquillaban y me peinaban con mimo. Todo iba según lo previsto. Estaba ilusionada, nerviosa pero inmensamente feliz.
Entonces llamaron al timbre y fui a abrir rápidamente, pensando que sería mi ramo de novia. Pero nada más lejos de la realidad, por desgracia. Abrí el portón y me encontré a mi ex plantado en el rellano, en carne y hueso. Me quedé sin habla. «Solo he venido a traerte algo, no te entretengo, sé que será un día complicado». Me soltó una caja blanca no muy grande en las manos y sin más se marchó. Me arrepentí casi al instante de no haber dicho algo, de no haber preguntado qué hacía allí y qué era lo que me traía. Y sobre todo, por qué. Pero reconozco que me pilló tan de sorpresa que no supe reaccionar.

Os pongo en contexto: relación de cuatro años que acabó cuando me enteré de que me ponía los cuernos. Podéis imaginar que, dadas las circunstancias, no acabamos de manera demasiado amistosa. Intentó volver conmigo varias veces pese a mis constantes negativas. Y, no mucho después, conocí a la persona con la que me iba a casar ese día, tras tres años de feliz noviazgo. Tres años en los que no habíamos sabido casi nada el uno del otro más allá de ser cordiales y educados si nos encontrábamos en cualquier sitio. Dicho esto, creo que se puede entender mejor el por qué de mi perplejidad al encontrarlo en mi puerta el día de mi boda con otro hombre.
Cerré la puerta y volví al salón. Mi madre vino a ver el ramo y me miró con extrañeza al ver que lo que reposaba en mis brazos era la caja y no las esperadas flores. Me senté y la abrí. Fotos. Decenas de fotos del pasado. Fotos riendo, besándonos, abrazándonos, posando de viaje, en la playa, fotos con mi perra que tenía locura con él… Más y más fotos. Se me revolvió el estómago y las metí todas de golpe de nuevo en la caja. No entendía nada, pero aquello me estaba jodiendo el día y no lo pensaba permitir.
El día siguió como estaba previsto, pero aquello me dejó un poso de inquietud en mi interior. De vez en cuando volvía a mi cabeza la imagen de mi ex con la dichosa caja y empezaba a pensar de más. ¡Qué rabia me daba! ¿Cómo había podido hacerme eso precisamente ese día? Me preguntaba si su gesto era una disculpa tardía, una forma de cerrar el ciclo para sí mismo, un intento desesperado de reavivar lo nuestro in extremis el día de mi boda, o simplemente una provocación calculada, un gesto para tratar de hacer daño y desequilibrarme precisamente aquel día.

El día transcurrió así. Fui feliz, lo era, me había casado con el hombre al que amaba, estaba rodeada de la gente a la que más quería, comimos, bebimos, reímos, recibimos y dimos sorpresas emotivas, bailamos un vals precioso para abrir la barra y bailamos hasta que no pudimos más. Y sin embargo, ahí estaba, entre todo aquello, el resquemor, el amargor de la sorpresa envenenada de mi ex.
Una vez estuvimos en el hotel, me metí en la ducha, agotada. Y mientras el agua caliente desentumecía mis músculos, las fotos volvieron a mi mente. Y allí, me permití recordar. Rememoré sus mensajes, nuestras llamadas eternas de madrugada, sus besos y caricias, el viaje a Roma, el candado que colgamos en el Ponte Milvio con nuestros nombres… días hermosos y especiales. Y entonces recordé también el dolor, el engaño, las mentiras, la infidelidad. Esa historia me marcó la piel, el corazón y el alma. Me dejó fisuras y traumas. Pero ya no dolía más que como duele un triste recuerdo, y eso hizo que me sintiera mejor. Había estado a punto de volver con él en el pasado, porque aún le amaba a pesar del daño que me había hecho. Sin embargo, una parte de mí supo mantenerse en su decisión y no volver a dejarle entrar en mi vida. Y gracias a eso, ahora estaba casada con un hombre maravilloso, que me respetaba y me amaba igual que yo a él.

Aún perdida en un torbellino de pensamientos, unas manos se posaron suavemente en mis caderas y mi recién estrenado marido me besó en el hombro. Y yo no necesité nada más para sentirme completa. Me abandoné a sus brazos, bajo el chorro de agua caliente. Y ya no volví a pensar en él en toda la noche.
A día de hoy, aún no sé qué pretendía mi ex. Espero que no esperase que saliera corriendo tras él. Quizás solamente esperaba que le llamase o le enviase un mensaje. O quizás no esperaba nada. No tengo ni idea, y creo que moriré con la duda. Pero así está bien. Porque al fin y al cabo su gesto solo fue una muestra más de su egoísmo, de su falta de respeto por mi felicidad, alterando el día de mi boda con otra persona con su presencia y sus inoportunas fotografías del pasado solamente por capricho personal, fueran cuales fuesen sus motivos.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.
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