Por mucho que lo haya intentando, eso de ser el prototipo de mamá perfecta instagramer nunca ha sido lo mío. Cuando veo a todas esas mujeres criando a sus hijos rollo súper zen, sin levantar la voz, haciendo pasteles, cocinando platos de cinco estrellas para la merienda o peinando a sus hijas que ni el mejor tutorial profesional de Tik Tok, además de sentir una pereza tremenda, no puedo evitar preguntarme algo. ¿Cómo demonios lo hacen?
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No es que quiera convertirme en una de ellas, dios me libre. Siempre me ha generado muchísimo rechazo ese mundillo maternal en el que los hijos y la maternidad en general son el único tema de conversación. Hasta hace poco, cuando llevaba a mi hija a jugar al parque, me ponía a leer o a scrollear con el móvil mientras ella se lo pasaba pipa con sus amigas. Y es que no estaba entre mis inquietudes hacer amistad con las madres de esas niñas, más bien todo lo contrario. Reconozco que rezaba para no tener que interactuar con ninguna, sabedora de que, en realidad, yo era una mala madre de manual para todas ellas.
Culpable. No me gusta cocinar -aunque obviamente, lo hago-, no sé peinar a mi hija más allá de una coleta o una trenza de dudosa calidad, algunas veces me enfado con ella y digo palabrotas, la repostería es una absoluta desconocida para mí y tengo silenciado el chat de grupo de mamás del colegio. Vaya por delante que todo esto no suponía un problema ni una vergüenza para mí, hasta que un día mi hija me contó que una amiguita suya le había preguntado por qué yo iba tan a lo mío. En ese mismo momento supe que aquella idea no podía haber salido de la mente de una cría de cuatro añitos y que, casi con total seguridad, había sido su querida mami la encargada de pronunciar aquellas palabras.
Si mi hija no me hubiera dicho aquello con carita de pena, en la vida me habría molestado en tratar de encajar entre semejante fauna de arpías. Pero ya sabéis, el amor de una madre. Desde aquel día, me propuse hacer el paripé e intentar acercarme a ellas para que mi niña no tuviera que volver a escuchar aquellos comentarios. Guardaba el móvil en el parque cuando las mamás estaban allí, entablaba conversaciones absurdas con ellas y era simpática en general. Con el tiempo, supongo que fueron creyéndose aquel teatrillo de Miss Simpatía que me había montado, porque terminaron invitándome a todos los saraos que organizaban para los críos.
Supongo que finalmente me lavaron el cerebro. Fue en una de esas cuando una parte de mí -sigo sin saber por qué-, quiso rematar la faena y coronarse como la mamá entre las mamás. ¿Cómo? Entrando a un lugar casi desconocido para mí: la cocina. Me vi un millón de tutoriales para practicar y, después de conseguir únicamente auténticos culinarios, por fin logré hacer unas tartaletas en condiciones. Decidí que llevaría una hornada al cumpleaños de una de las amiguitas de mi hija en plan Isabel Preysler, porque aunque estaba mal que yo lo dijera, el aspecto era inmejorable. Y allí que nos plantamos las dos a la hora acordada.
Todo el mundo se puso a alabar mis tartaletas, diciendo que les daba hasta pena comérselas y yo, claro está, estaba que no cabía de puro orgullo. Sin embargo, cuando empezaron a dar buena cuenta de aquellos dulces, yo notaba que ponían unas caras muy raras, como si hubiesen chupado un limón. Todas le pegaban un único bocado antes de dejarlo en cualquier sitio. Incluso vi cómo alguna llegaba a escupirlo en una servilleta. Joder, no les ha gustado o qué, me preguntaba yo. Y entonces me llevé una tartaleta a la boca y lo entendí todo. Les había echado sal en vez de azúcar. Está claro que me coroné, sí, pero no de la forma que esperaba.
No hace falta que diga que nunca más volví a llevar nada a esas reuniones a no ser que lo hubiera comprado ya hecho aunque desde entonces, las súper mamis del cole me invitan a muchas menos mandangas. Gracias a dios.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.