Existen las influencers y las “nini-influencers”, diferenciadas básicamente porque las primeras son personas reconocidas que ofrecen su visibilidad a las marcas para dar publicidad a sus productos, lo que viene siendo la definición de “influencer” de toda la vida, mientras que el segundo grupo abarca a todas y todos aquellos ninis (NI estudia NI trabaja) que lo que quieren es sumarse al carro de lo que está en tendencia pensando que así cobrarán por tocarse los ovarios / cojones.
Yo no pertenezco a ninguno de los dos grupos, pero sí que me encanta fotografiarlo todo y subirlo a las redes para que más gente pueda disfrutar de las cosas mágicas que encuentro en mi día a día. Y creo que por ello me confundieron con una influencer…

Todo sucedió en un viaje que hicimos mi pareja y yo a Almería. Un lugar increíble y precioso, con playas que ya podría envidiar Mallorca. En una de nuestras noches, decidimos adentrarnos en el centro de la ciudad y cenar en el primer sitio que viéramos.
Se llamaba “La Consentida” y es un bar de tapas y especializado en carne, cervezas y vinos con un ambiente vintage. Te atienden fabulosamente y comes hasta reventar.
Entre plato y plato, no paraba de hacer fotos y videos comentando lo que me parecía aquel lugar. Yo de refilón veía a los camareros mirarme, pero no le di importancia. Supuse que estarían pensando “vaya flipada la rubia, se creerá influencer”. Coño, pues ellos sí que se lo creyeron.
Cuando pedimos la cuenta y pagamos, justo antes de salir por la puerta, vino un camarero a preguntarnos si podíamos esperar un momento, que quería hablar el gerente con nosotros.
“Joder, ¿qué hemos hecho?” pensé. Y es que por naturaleza, soy desconfiada, y más que pensar en algo bueno siempre tiendo a lo malo. Además, mi filosofía de vida se basa en “si puede salir algo mal, saldrá”.

Cuando por fin se acercó a nosotros el gerente, se presentó y nos comentó que quería invitarnos a unas cervezas a cuenta de la casa, que les había encantado tenernos y que, por supuesto, agradecerían mucho que hablase bien del bar en las redes. Le insistimos en que no hacía falta invitarnos a nada.
Primero porque realmente nos daba cosita, no sabíamos el motivo de esa invitación y no queríamos que se pensaran algo que no era, y segundo NO BEBEMOS. Mi pareja puede tolerar una copa o una cerveza pero yo… YO POTO.

Sí, lo sé, tengo 30 años y no bebo. Pero oye, hay mucha gente como yo ehh?
En fin, que por más que le comentamos que no hacía falta y darles las gracias, insistieron, por lo que me encontraba yo con una jarra de cerveza bien llena y a cada sorbo con arcadas.
Al rato, no podía más, me estaba poniendo malísima y tuve que dejar la mitad. Nos marchamos y todo quedó en una curiosa anécdota y una pregunta que me ronda la cabeza todos los días… ¿Cómo será realmente la vida de una influencer famosa?