Hasta hace bien poco, pensaba que era una tía de lo más moderna y abierta en lo que a darle a la mandanga se refiere y que, a estas alturas de la película, estaba ya de vuelta de todo. Sin embargo, en esta continua sucesión de momentos surrealistas que es mi existencia, siempre hay hueco para una situación bochornosa e innecesaria más, de esas que aportan un total de cero enseñanzas a mi vida. Bueno, en realidad esta vez sí que he aprendido algo y es que, sin duda, hay un antes y un después en la vida de una mujer cuando le plantan a una el fundillo en toda la jeta. Que conste que no tengo nada en contra de los culos y que si a alguna de vosotras es lo que os va me parece estupendo, pero yo prefiero mantenerlos a una distancia prudencial de mi cara.
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Podría mentir y decir que esta historia le ocurrió a una amiga, pero queridas, en esta vida hay que ser valiente: sí, fue mi boca la que, en un giro dramático de los acontecimientos, se dio de bruces con un ojete. Aquel día, la expresión lameculos adquirió un nuevo significado para mí. Veréis, el dueño del culo en cuestión y yo, ya nos habíamos liado un par de veces y estábamos en ese punto súper guarro típico de las primeras veces, cuando te sueltas la melena y el morbo te puede. El tío era un empotrador de primera y, después de haber hecho el sinrespeto como locos por toda la ciudad y de todas las formas posibles, esa noche me propuso ir a su casa para, en palabras textuales, «tener más intimidad y estar más cómodos».
Y allí me presenté más caliente que el palo de un churrero. La cosa empezó a ponerse interesante: besos, caricias, jueguecitos… todo estupendo y perfectísimo, siguiendo su curso habitual. Ahí estaba yo, en medio de esa vorágine de manos y lenguas descontroladas, sentada a horcajadas sobre él, cuando el chaval quiso darle un giro totalmente inesperado a la trama y, de repente, me apartó a un lado, se tumbó todo lo largo que era sobre la cama y me sonrió. Cuando yo, inocente de mi, me dispuse a bajar al pilón creyendo que eso era lo que me estaba pidiendo, el tío levantó las piernas llevando las rodillas a su pecho dejando el rasca y huele ahí, bien a la vista. Las caras Juan, las caras. Si buscáis «postura del arado» en internet, me entenderéis.
Yo no entendía el por qué de esa situación. ¿Qué había pasado? ¿Por qué se ponía a hacer yoga ahora? ¿Por qué sentía que aquello me miraba? Supongo que a él le pareció una postura súper morbosa y que, en su cabeza, realmente me estaba ofreciendo un manjar, como si aquello fueran los bombones de la Preysler en una bandeja peluda. Verle ahí tirado en plan cucaracha con las piernas para arriba sonriéndome como el payaso de It es una imagen que todavía me persigue. En aquel momento yo realmente no sabía si quería que le lengüetera aquello o que le limpiara el culo y le cambiase de pañal. Me sentí como cuando ves un accidente en plena carretera: sabes que no deberías poner atención a una imagen tan desagradable, pero aún así, no puedes dejar de mirar. Fueron los cinco o seis segundos más largos de toda mi vida y sospecho que de la suya también porque, preso de la impaciencia, el chaval empezó a removerse inquieto en plan «vamos, que me va a dar un tirón».
A pesar de todo, me dije a mi misma que quizá debería probar y no cerrarme a experimentar. Después de todo, ¿quién sabe si aquel rechazo que me producía aquello tan sólo eran prejuicios? Así que para allá que me acerqué sin demasiada convicción, avanzando hacia la cueva de Batman muy despacio, temiendo que de un momento a otro pudiera salir algo de ahí que fuera asustarme. Un pedo, un mal olor, un gremlin, qué sé yo.
Cerré los ojos, arrugué la nariz y, sin saber muy bien qué estaba haciendo en realidad, rocé con la punta de mi lengua su anastasio. Fue apenas un leve contacto, pero me bastó para sufrir una arcada como un piano. Si hubiera escuchado esa vocecilla en mi interior que me decía «mete ahora mismo esa lengua en tu boca y lárgate de ahí», ahora mismo no estaría recordando cómo mi cara se contrajo toda arrugada como si en vez de un culo hubiese chupado ocho limones.
Me alejé de ahí conteniendo las ganas de ir corriendo a enjuagarme la boca con colutorio durante las siguientes dos horas, le dije que lo sentía pero que no me gustaban los bombones de la Preysler, que yo era más de dieta mediterránea.
El chaval, un poco contrariado bajó las piernas y con ellas, se terminó de bajar todo lo demás, así que sin mediar palabra, nos vestimos y poco rato después, yo ya estaba de camino a casa. No sé si por vergüenza o simplemente por despecho, pero después de aquello, no he vuelto a saber nada más de él. Consejito del día: amiga, date cuenta, si tu intuición te dice que no, es que no. ¡Hazle caso!
Mar Martín


