Cuando era niña, mi película favorita era Cenicienta. Y no, no era por los tacones de cristal, el precioso vestido azul o los simpáticos ratoncitos, sino porque me sentía identificada con ella.
Mi padre había conseguido mi custodia completa tras el divorcio. No fue difícil, pues mi madre no había mostrado interés alguno en compartirla siquiera. En cuanto se liberó de nosotros, se volvió a su país, Inglaterra, y no volvimos a saber de ella. El problema es que mi padre volvió a casarse cuando yo tenía siete años. Y la señora en cuestión no era mejor que la madre que tuve. Para colmo, tenía dos hijas de ocho y diez años que se pasaban el día metiéndose conmigo y ella jamás les reñía. Mi padre, que siempre ha sido bastante sumiso, no se atrevía a decir nada por miedo a que ella se enfadase, pues se escudaba en aquella maldita frase de «son cosas de niños».
Ella tenía mucho carácter, desde que entró en nuestras vidas se hizo dueña y señora del cotarro. Decidía, hacía y deshacía a su antojo. Ahora, con la distancia de los años, pienso que mi padre se sintió aliviado al poder delegar las cosas importantes en otra persona, pues criarme en solitario durante mis primeros años tras el divorcio había sido bastante complicado para él. Nunca se le dio bien tener que tomar decisiones y, con su nueva mujer en casa, ya no tendría que tomar ninguna. Pero eso hizo que yo saliera perjudicada.

Mi infancia no fue feliz. Mi madrastra no me quería, era algo evidente, al menos para mí, porque mi padre parecía no verlo. Siempre me trataba con frialdad, nunca tuvo un gesto de cariño hacia mi y se notaba que el trato hacia sus hijas era completamente diferente. A ellas las protegía y las mimaba en exceso. En resumen, aguanté todo lo que pude y en cuanto tuve oportunidad y edad me busqué un trabajo para poder salir de esa casa lo antes posible. Por mucho que me identificase con Cenicienta, no pensaba adoptar su pose sumisa y lastimera.
Debido a todo esto, mi visión de las madrastras en general siempre se ha visto afectada por mis vivencias. Para mí eran las malas de la historia, las víboras que cazaban a los padres y maltrataban a sus hijas, a las cuales detestaban. Quién me iba a decir que la vida me daría la oportunidad de ver ese rol de una manera completamente distinta.

Cuando le conocí, no me lo contó de inmediato. Tuvimos cuatro citas que fueron bastante bien y en la quinta se sinceró conmigo. Tenía una hija de tan solo cinco añitos, cuya custodia compartía con su madre. Reconozco que me entró el vértigo y mi primer impulso fue salir corriendo. No quería ser la villana en la historia de esa niña, no quería hacerla pasar por lo que yo pasé, así que le dije que debía pensarlo un poco porque no tenía claro si quería seguir conociéndole. Él se quedó decepcionado, pero lo aceptó. Me dijo que yo le gustaba bastante y que no me presionaría, que me tomase todo el tiempo que necesitase.
Pasé esa noche en vela dándole vueltas al asunto. ¿Y si alteraba la vida de la niña y luego la relación con su padre no salía bien?¿Y si ella me rechazaba por intentar ocupar un lugar que no me correspondía? O peor aún, ¿y si yo no era capaz de sentir afecto por ella, tal y como ocurrió con mi madrastra? Me moría del horror solo de pensarlo. Pero por otro lado él me gustaba muchísimo. Era muy diferente a los hombres con los que había salido hasta entonces. Era un poco mayor que yo, aunque no demasiado, yo tenía treinta y tres y él treinta y ocho. Su matrimonio se acabó cuando la niña tenía un año y desde entonces no había tenido nada serio con nadie. Su hija había sido su prioridad, cosa que yo valoraba muchísimo, dado mi pasado.

Decidí quedar con él y expresarle mis miedos. Le conté mi historia y entendió los motivos que me llevaban a no tener claro si quería seguir adelante con lo nuestro. Pero me dijo algo que me hizo reflexionar: quizás el pasado no me estaba permitiendo ver con claridad el futuro y mi miedo lo estaba empañando todo, como una niebla. Me hizo ver que ese miedo hacía que no me diese cuenta de que yo no era mi madrastra, sino que éramos personas totalmente diferentes, que sentíamos diferente y actuábamos diferente. Y que él no era mi padre, que jamás dejaría que yo me comportase como mi madrastra con su hija, pero que no creía que eso pudiera suceder. Al fin y al cabo, solo había considerado abrirme la puerta a mí después de años sin dejar entrar a nadie en sus vidas por protegerla, y eso era porque confiaba en mi. Al final accedí, con la condición de que no me la presentaría hasta que llevásemos saliendo al menos seis meses, para asegurarnos de que todo iba bien y en serio, y siempre y cuando la madre de la pequeña estuviera de acuerdo.
Los seis meses pasaron volando y cuando me quise dar cuenta estaba camino al parque donde había quedado con él y con la niña para pasar la tarde. Su padre me presentó como la amiga especial de papá, y ella, como respuesta, me cogió de la mano toda sonriente y dijo «¿Me llevas a los columpios?». Pasé la tarde jugando con ella. Era una pequeña adorable y fácil de querer y supe desde aquel día que todo iba a ir bien.
Hace tres años de aquello. Ahora soy más consciente que nunca de que mi infancia no fue feliz, todo lo contrario, resultó ser bastante traumática, tanto que casi me hace rechazar al que hoy es el hombre de mi vida, lo cual habría tenido la terrible consecuencia de haberme perdido el formar parte de la vida de esta gran niña, a quien hoy por hoy, considero como una hija. Menos mal que, en esta ocasión, el valor le pudo al miedo y la razón al prejuicio.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.